Préstamos

20.7.26


No soy una persona religiosa, aunque sí algo espiritual, en el sentido de que muchas cosas inmateriales me satisfacen y me dan plenitud más allá del hedonismo material. Hay una forma de hondura que no necesita dogma, una intimidad con lo invisible que no exige templo, pero sí silencio, gratitud y atención. Los seres humanos vivimos bajo la ley de lo absurdo y de lo efímero, rodeados de ausencia, desolación y vacío. Todo cuanto creemos poseer es, en realidad, prestado: el cuerpo, la casa, los días, los nombres, incluso las certezas que nos sostienen durante un tiempo y luego se deshacen. Sin nada vine y sin nada me iré, excepto quizá aquello que no se puede guardar en las manos como el amor entregado y el amor recibido. Lo demás pasa, cambia de dueño, se pierde o se olvida. Solo el amor parece dejar una forma de permanencia en medio de tanta intemperie. Quizá la espiritualidad consista precisamente en eso, en entender que nada nos pertenece del todo y, aun así, amar como si cada gesto pudiera salvarnos un instante del vacío.


0 apostillas: