Contra el maniqueísmo de la desolación

14.7.26


Se puede vivir del vacío, de la calamidad y de la desolación, siempre que no apostemos por un maniqueísmo existencial. Porque incluso en lo quebrado hay matices, y hasta la ruina conserva zonas habitables si no la convertimos en sentencia absoluta. El vacío no siempre es ausencia, a veces es espacio disponible. La calamidad no siempre clausura, a veces revela lo que permanecía oculto bajo la normalidad. La desolación no siempre destruye, a veces desnuda la vida hasta dejarla en su forma más elemental. El peligro está en dividir la existencia entre salvación y condena, plenitud o fracaso, luz o sombra. Ese maniqueísmo nos impide percibir las pequeñas persistencias como una conversación, una memoria, una tarea mínima, una belleza inesperada en medio del derrumbe. Quizás vivir no consista en escapar del vacío sino en no permitir que el vacío lo explique todo. Ahí empieza una forma humilde de resistencia, la de no negar la desolación pero tampoco concederle la última palabra.


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