Enemistad

1.7.26


En la naturaleza, un lobo teme al hambre, una gacela al león y un pájaro a la tormenta. Entre los seres humanos ocurre algo singular porque el mayor peligro para un hombre suele ser otro hombre. No porque las demás especies no compitan entre sí. Lo hacen. Luchan por el territorio, por el alimento o por la reproducción, pero rara vez convierten la destrucción del semejante en un proyecto sostenido, organizado y justificado mediante ideas. El ser humano, en cambio, ha sido capaz de levantar imperios sobre cadáveres, fabricar armas para matar a distancia, convertir el odio en doctrina y la violencia en institución. Es la única especie que puede planificar el sufrimiento del otro durante años, perfeccionar los medios para infligirlo y, al mismo tiempo, escribir tratados sobre la paz y los derechos humanos. Esa contradicción constituye tanto su grandeza como su tragedia. Y quizá, por eso, la verdadera inteligencia no consista en dominar la naturaleza sino, más bien, en aprender a no convertirnos en nuestra propia amenaza, ya que ninguna fiera ha devastado la Tierra tanto como el hombre cuando decide tratar a otro hombre como si dejara de serlo.


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