Forja interior

16.7.26


En mí, el cultivo de la sensibilidad artística comenzó siendo adolescente, cuando asistía a la Escuela de Artes. Una de las prácticas que más me deslumbraba era contemplar el taller de forja: el maestro y los alumnos se esforzaban en retorcer, a golpe de martillo, el hierro candente hasta arrancarle formas exóticas de belleza a un simple trozo de metal. Allí aprendí algo que todavía me acompaña y es que en la vida también hay que golpear con el corazón y la voluntad. Golpear no para destruir, sino para modelar. Golpear nuestros sueños, nuestras ideas y nuestros deseos mientras aún están incandescentes, antes de que se enfríen y se vuelvan rígidos, porque toda forma verdadera exige temperatura, paciencia y resistencia. Nada noble nace del metal intacto ni del espíritu intacto. Hay que pasar por el fuego, aceptar el golpe, soportar la transformación. Quizás vivir sea eso, aprender a forjar belleza con aquello que, en principio, solo parecía dureza.


0 apostillas: