Dipsómana

12.7.26


Amelia, una mujer mayor, escéptica y vital, que charla conmigo cuando nos encontramos en esa ágora moderna que es el súper, me confiesa:
—Cuando pienso en todo el vacío que nos queda por delante me da por emborracharme de vida cada mañana. Lo dijo mientras comparaba dos marcas de tomate frito, como quien comenta que mañana lloverá.
—¿Y funciona? —le pregunté.
—Depende del día. Hay mañanas que con un café bien cargado basta. Otras necesito un paseo largo, hablar con alguien, comprar flores aunque no tenga jarrón o reírme de cualquier tontería —sonrió—. Lo importante es no beber siempre de la misma botella.
Pagó la compra, me dio un golpecito cariñoso en el brazo y se fue empujando el carro. Yo me quedé un rato mirando los estantes y busqué sin éxito la sección donde vendían esa clase de vida.


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