—Es mi hijo —dijo la mujer enlutada de pies a cabeza.
—Parece muy joven —contestó mientras miraba a la mujer envejecida, pequeña y de cabellos blanqueados.
—Sí que lo era —precisó con aire de abuela arquetípica.
—¿Murió hace mucho? —preguntó a la vez que colocaba un ramo de flores sobre el mármol de un nicho sin nombre.
—Hace más de 50 años —calculó resignada.
—¿De qué murió? —volvió a preguntar a no parecerle inoportuno por el tiempo pasado desde el óbito.
—De estupidez —hizo una pausa—. No por ello lo he querido menos.