Intertiempo
7.6.26
Horacio Guardia, maestro cocedor de azúcar de la fábrica Nuestra Señora de las Angustias, dijo, en el cambio de turno de las diez de la noche del 22 de julio de 1911: «quien no se contagie del virus de la revolución no padecerá de esa enfermedad llamada libertad». Después del turno de noche desapareció y nunca más se supo de Horacio. No hubo huellas. Ni despedida. Ni cuerpo. Solo el azúcar. A la mañana siguiente, los obreros encontraron los cristales de melaza endurecidos en formas extrañas: espirales, letras incompletas, figuras que parecían hombres alzando los brazos. Nadie quiso tocarlas. El capataz dijo que Horacio había escapado. El cura dijo que había sido castigado por su soberbia. Los trabajadores, en voz baja, comenzaron a decir otra cosa. Afirmaban que el maestro cocedor había aprendido a leer el tiempo dentro de las calderas, que el azúcar, antes de solidificarse, mostraba fragmentos del porvenir y que, aquella noche, Horacio vio algo insoportable que no eras otra cosa que un país entero intentando despertar mientras otros trataban de devolverlo al sueño. Desde entonces, algunos obreros aseguraban verlo. No como un fantasma. Peor. Como un hombre detenido entre dos épocas. Aparecía junto a las máquinas apagadas, cubierto de vapor dulce, observando con tristeza a quienes seguían obedeciendo sin hacerse preguntas. Nunca hablaba y solo miraba los relojes como esperando que alguno, por fin, se atreviera a detenerse.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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