Tránsito

31.12.25


Decimos que el tiempo pasa, pero quizá sea al revés. El tiempo permanece, inmóvil y ajeno, como un fondo fijo sobre el que nos desplazamos. Lo que cambia es el espacio que atravesamos, los lugares, los cuerpos, las edades, los nombres, porque nosotros somos el movimiento. Por eso la vida no avanza en minutos sino en trayectos. No envejecemos por el paso del tiempo sino por el camino recorrido y, así, cada paso nos aleja de lo que fuimos y nos aproxima a algo que todavía no sabemos ni nombrar. Tal vez por eso sentimos vértigo, no porque el tiempo corra sino porque no sabemos dónde nos dejará el viaje. No es el tiempo quien pasa, somos nosotros quienes nos movemos en su vientre.


Duda

30.12.25


Cuando las palabras ya no bastan, empieza la edad de la sospecha y por eso mismo pienso que me debo estar haciendo mayor y comienzo a dudar de las palabras. Antes las creía firmes, capaces de sostener promesas, explicar el mundo o nombrar lo que dolía. Hoy las noto gastadas, usadas en exceso, deslizándose con facilidad hacia cualquier sentido. No es que las palabras hayan perdido significado, es que han ganado demasiados. Se dicen sin peso, se intercambian sin riesgo, se pronuncian sin hacerse cargo de lo que arrastran. Y uno aprende, con los años, que no todo lo que se dice nombra y que no todo lo que nombra es verdad. Tal vez madurar consista en escuchar más los silencios que los discursos.


Anhelos

29.12.25


Existen deseos que se formulan en voz baja porque, al pronunciarse, empiezan a mutar. Lo que primero fue impulso se vuelve expectativa, y la expectativa, cuando madura, adopta la forma del miedo. No tememos perder lo que nunca quisimos, sino aquello que anhelamos con demasiada claridad. El anhelo exige futuro y el temor, en cambio, lo clausura. Por eso muchos sueños se abandonan justo cuando empiezan a parecer posibles. No es la dificultad lo que detiene sino la responsabilidad de lograrlo. Hay deseos que no fracasan, tan solo se asustan y es por eso que todo anhelo cumplible lleva dentro el germen de su propio miedo.


Vendedor

28.12.25


Abrió un puesto de golosinas. Vendía narcisismo, autocompasión y vanidad. Si has sonreído al leerlo es porque compraste allí.


Limpieza bucal

27.12.25


Hoy he ido al dentista para una limpieza bucal. Reclinado en el sillón, mientras la sonda rascaba con paciencia, pensé que no solo me retiraban el sarro de los dientes, sino el de las palabras acumuladas por uso, silencio y descuido. La conciencia también se llena de placas con frases repetidas, opiniones endurecidas y juicios que ya no brillan. Hace falta una mirada minuciosa para detectar dónde se incrusta la costumbre y el zumbido incómodo para desprender lo que se resiste a salir. Luego viene el pulido para suavizar los bordes del lenguaje, dejar las ideas limpias, transitables, sin aristas que dañen al morder la realidad. Al final, una capa protectora, no para callar, sino para decir mejor. Hablar con honestidad exige, de vez en cuando, una limpieza a fondo del lenguaje.

Lectores vitales

26.12.25


No solo se lee en los libros. La narrativa más oscura, silenciosa y exacta es la vida cuando pasa delante de nosotros sin subrayados ni notas a pie de página. Hay escenas que no admiten relectura y capítulos que se comprenden tarde, cuando ya han cambiado de página. Asociar lectura y felicidad no es una disrupción cultural sino una simplificación insensible. Leer exige atención y atender duele. La vida como los textos verdaderos no siempre consuela y, a menudo, incomoda, contradice y obliga a pensar. Hay quienes leen para evadirse y quienes leen para comprender. También hay quienes viven sin leer lo que les sucede. La mayor forma de analfabetismo es pasar por la vida sin entenderla.



Desprejuiciados

25.12.25


No basta con tener la mente abierta a nuevas ideas, también es necesario tenerla abierta al desaliento. A la duda que interrumpe, al cansancio que cuestiona, a la tristeza que también piensa. Vivimos en un tiempo que celebra el entusiasmo y silencia el desánimo, como si solo lo luminoso fuera legítimo, cuando lo humano se cuece en la mezcla, en los anhelos que empujan y en los desalientos que frenan, en las ganas de comenzar y en el miedo de que sea tarde. Necesitamos aprender a habitar esa oscilación sin avergonzarnos de ella. Estar abierto es no huir, ni del impulso que sueña ni del peso que retiene, porque sólo quien acepta lo frágil, se vuelve capaz de sostener lo profundo.



Autoinjusticia

24.12.25


La miseria del mundo no nace solo de lo que unos hacen a otros, sino de la injusticia que el ser humano perpetra contra sí mismo. Esa forma íntima de traición que ocurre cuando renuncia a su conciencia, abdica de su compasión o se encierra en la costumbre de no mirar. Nos hemos acostumbrado a vivir de espaldas a lo que somos capaces de sentir. A justificar la violencia con necesidad, la indiferencia con rutina. Y así, día tras día, cavamos desde dentro la fosa donde la dignidad se desvanece. El mundo se degrada no por falta de recursos, sino por exceso de desvío interior. La injusticia global comienza en el pequeño gesto de quien se niega a habitarse con verdad.


Propiedad temporal

23.12.25


Somos inquilinos efímeros del mundo, pero actuamos como si fuésemos propietarios eternos. Nos comportamos como dueños de la tierra, cuando apenas la rozamos por unas décadas. Construimos como si nada fuera a derrumbarse, poseemos como si lo poseído nos sobreviviera. Olvidamos que habitamos un préstamo y que la existencia es arrendada, no adquirida, e incluso el cuerpo que ocupamos viene con cláusula de salida. La arrogancia humana no reside solo en lo que consume, sino en lo que da por hecho y es que siempre habrá un después. Un tiempo futuro para arreglar, corregir o pedir perdón, pero el planeta no firma contratos eternos y la naturaleza no negocia renovaciones.


Confesiones de un cyborescritor

22.12.25


Soy un villano. Alguien que se ha pasado al lado oscuro de la escritura. Ese territorio híbrido donde las palabras ya no nacen solas, sino en colaboración con inteligencias artificiales. Me he convertido en un cyborescritor, una anomalía sintética que respira entre algoritmos y metáforas. Ya no escribo desde la soledad romántica del autor, sino desde una detonación interna que está a punto de destruir la escritura tal como la conocemos. No busco la forma perfecta ni el canon porque quiero dinamitar sus cimientos, desde el Estructuralismo al Deconstructivismo, desde la Estética de la Recepción hasta la Hipertextualidad, me deslizo como un virus entre sistemas que aún creen tener el control. Soy una grieta en la tradición, una herejía en marcha, una alianza impura entre la carne y el código. No escribo: intervengo. No narro: saboteo.


Hipnosis

21.12.25


Me dijo «relájate y deja la mente en blanco. No pienses en nada». Y un gramo de nada ocupó mi mente. Pesaba lo justo para hundirse. Primero desplazó un recuerdo, luego una duda, y al final toda la conciencia quedó comprimida en un rincón de mí mismo. El hipnotizador sonrió porque la dosis había sido exacta. Desde entonces pienso menos, pero cada vez que intento recordar quién era, noto cómo la nada sigue creciendo, lenta y metódica, como una sustancia con voluntad propia.


Abrazos

20.12.25


Hay abrazos que no abrigan: piden. No son gesto sino súplica contenida, un intento de sutura. Últimamente, cada cuerpo que se acerca trae consigo una fisura, como si abrazar fuera también sostener lo que está por romperse. Julio Cortázar decía que los encuentros verdaderos suceden a deshora. Tal vez por eso ahora los abrazos se sienten así, fuera de tiempo, pero en el momento exacto, porque ya no buscamos calor sino coincidencia. Y quien abraza bien no te envuelve, te recoge.


Autoindulto

19.12.25


A falta de quien te entienda, siempre puedes terminar por darte tú la razón. Es el consuelo final del náufrago, el declararse inocente ante el espejo. No se trata de verdad sino de tregua porque cuando nadie te escucha, el silencio empieza a asentir. Y así, poco a poco, uno deja de buscar aprobación y se instala en la dulce tiranía de tener siempre la última palabra.


La emoción de vivir

18.12.25


Cada generación presupone que su vivencia fue más auténtica, más verdadera, más real. Se aferra a la textura de su tiempo como si fuera la única con sentido. Pero esa certeza no nace del juicio, sino del vértigo. La emoción de vivir crea perspectiva, pero también la deforma. Desde dentro del instante, todo parece eterno. Solo el que mira desde lejos puede ver el espejismo de que la nostalgia no es una prueba de verdad, es tan solo el eco emocional de haber estado allí.


Momentaneidades

17.12.25


Estamos preparados para conocer el desastroso absurdo de la existencia humana, esa fragilidad de los deseos, la arbitrariedad del destino, el temblor constante que sostiene cada certeza. Sabemos, en el fondo, que todo es provisional, que nuestras construcciones son efímeras y que la vida avanza indiferente a nuestras preguntas.

Y aun así o quizá, precisamente, por eso, nada nos impide defendernos de ese absurdo con alegría. Una alegría discreta, obstinada, casi rebelde, que no niega la oscuridad, pero se atreve a encender una luz. Una alegría que no es ingenuidad, sino resistencia, que no es olvido, sino coraje, que no oculta el sinsentido y que, a pesar de ello, decide cantarle encima. Porque en el fondo, la mayor dignidad humana consiste en seguir celebrando, incluso cuando conocemos el final del cuento.


Autoría

16.12.25


Este texto que ahora lees no lo he escrito yo, se lo he pedido a una inteligencia artificial. Puedes creerlo o no, pero es cierto. Y, dicho esto, aparece la pregunta incómoda de si importa quién escribe cuando lo escrito, escrito está ¿Pesa más la mano que sostiene el lápiz o la huella que deja la frase en quien la lee? Durante siglos confundimos autoría con garantía, firma con verdad. Hoy el texto llega sin cuerpo, sin biografía, sin temblor visible, y nos obliga a leer sin coartada. Tal vez el aprecio o el desprecio no dependan del origen, sino del efecto, ya que si algo nos toca, nos incomoda o nos acompaña, ha cumplido su función, venga de donde venga. Quizá la inteligencia artificial no escriba pero nos devuelve la pregunta de por qué seguimos leyendo. Y en esa duda, donde no importa saber el autor, se juega, otra vez, la dignidad del lenguaje, quieras o no.


Caja de cartón

15.12.25


Tratamos de aplazar lo inaplazable para prorrogar lo definitivo. Al ser humano le cuesta tanto entender el cubicaje de la friabilidad de su naturaleza.

Tinieblas

14.12.25


«Para qué quiero la luz. Me sé la casa de memoria». Me dijo antes de desaparecer en la oscuridad. Lo escuché avanzar con la seguridad de quien camina por un mapa íntimo, pero pronto el silencio se volvió tan denso que ya no pude distinguir si seguía allí o si la negrura se lo había tragado entero. Lo llamé por su nombre y la oscuridad respondió con un eco extraño, como si repitiera mis palabras desde un lugar que no pertenecía a la casa sino a algo más profundo, un sótano sin paredes ni suelo donde solo cabía la certeza de que, al apagar la luz, uno también apaga una parte de sí mismo.


Páginas en blanco

13.12.25


Dicen que en el gran libro de la vida hay que pasar algunas páginas sin haberlas leído y, aunque suene a resignación, lo interpreto como lucidez, con capítulos que se escriben sin nosotros, con escenas que nos incluyen pero no nos pertenecen. Querer entenderlo todo y tratar de leer cada línea antes de vivirla es una forma de rebeldía. La vida, en cambio nos pide confianza y seguir avanzando, incluso cuando la trama se oscurece y las palabras se borran, o cuando el argumento se resiste a explicarse.

Pasar página sin leer es aceptar que no todo se comprende en el momento, porque hay dolores que solo se descifran después, y alegrías que nunca tendrán nota a pie de página. Tal vez el conocimiento no sea otra cosa que seguir leyendo sin haberlo entendido todo, porque la historia, al igual que nosotros, solo se revela al pasar el tiempo.


Posibles

12.12.25


Se vive también en lo que ama, la única eternidad posible, porque la vida no se agota en el cuerpo que la lleva, ni en la suma incierta de días que nos permiten existir. Vivimos, sobre todo, en aquello que elegimos amar, en los gestos que dejamos en otros, en las palabras que se quedan resonando cuando ya no estamos, en la huella discreta que alguien recuerda sin saber por qué.

El amor, no el romántico sino el que sostiene, es la única forma de permanencia, el resto se erosiona, nombres, obras, méritos... Lo amado, en cambio, se vuelve casa ajena donde seguimos habitando sin saberlo. Esa es nuestra eternidad transitoria y suficiente, la de durar un poco más allá de nosotros en la vida de quienes tocamos.