Mano alzada

13.10.26


Igual que el escolar que, en gesto sincero, levanta la mano para reconocer su error, quiero ser honesto y exponerme al extravío de lo que escribo. No al error que se tacha y se corrige, que tiene arreglo y casi consuelo, sino al otro: a la frase que se me fue por donde no quería, a la palabra que dijo más de lo que yo sabía, al texto que releo años después y ya no me reconoce. El niño alza el brazo un poco tembloroso, a medias entre la vergüenza y el alivio, y la clase entera se vuelve a mirarlo. Nadie le ha preguntado nada, podría callar, pero hay algo en confesarse en voz alta que limpia, aunque no salve. Escribo así, o lo intento, dejando que se vea por dónde me perdí, porque sospecho que fue en el extravío, y no en el acierto, donde alguna vez estuve más cerca de lo que buscaba.


La noche

12.10.26

Hay un parecido entre las palabras que nombran la noche y las que nombran el ocho en varias lenguas europeas. Noche y ocho, notte y otto, night y eight. Al oído le basta esa proximidad para empezar a imaginar parentescos. Después llega la filología, comprueba los papeles y nos devuelve a una realidad menos complaciente. Pero queda el ocho, que al acostarse adopta la figura del infinito. Me gusta pensar en ese número cansado de contar. Durante el día hemos sido una contabilidad: horas, pasos, llamadas, asuntos pendientes. Hasta el descanso tenía una duración prevista. Ahora el ocho se tumba y pierde la cuenta. Nosotros también nos tendemos. Dejamos sobre una silla la ropa que nos daba forma ante los demás. El cuerpo encuentra entre las sábanas una postura antigua, anterior a las obligaciones, y durante un rato no hay que sostener el nombre, la edad, las opiniones. Alguien apaga una luz. Al otro lado de la pared todavía se oye una televisión. El sueño tarda. Regresa una conversación de hace años, aparece la cara de alguien que ya no vive, una preocupación pequeña ocupa media cama. El reloj conserva sus medidas, pero aquí dentro las horas se ensanchan, se atascan, desaparecen. A mi lado, una respiración empieza a hacerse más lenta. Busco con el pie el lugar fresco de la sábana.

Viaje sin destino

11.10.26


Me marché a ninguna parte una mañana en la que habría podido quedarme, y acaso fuera esa posibilidad, la de dejar la maleta abierta sobre la cama y volver a colocar las camisas en el cajón del que acababa de sacarlas, lo que me decidió a cerrarla con una precipitación que ahora me parece sospechosa, porque nadie me esperaba, nadie me había pedido que viajara y tampoco había en aquella casa nadie que pudiera preguntarme, al oír el golpe de la cerradura, si pensaba ausentarme mucho tiempo. Durante años había sido viajante, y conservaba ciertos hábitos del oficio: comprobar el bolsillo interior de la chaqueta antes de salir, llevar una camisa de más, solicitar habitaciones alejadas del ascensor, como si aún necesitara descansar para acudir a una cita a primera hora y hubiera alguien dispuesto a comprar lo que yo llevaba conmigo. Hacía tiempo que no llevaba nada. La empresa había cerrado, los clientes se habían dispersado y el muestrario permanecía en un armario del pasillo, donde a veces tropezaba con él al buscar unos zapatos, sin que me resolviera a tirarlo, quizá porque su peso me recordaba una época en la que todavía podía dar razón de mis desplazamientos. En la estación pedí un billete para el primer tren que saliera. La empleada me dijo el nombre de una ciudad y yo asentí; habría asentido a cualquier otro, pero recuerdo que, al repetirlo ella mientras imprimía el billete, tuve la impresión de haberlo oído recientemente, en una conversación o en un sueño, y estuve a punto de pedirle otro destino. Me contuvo la vergüenza de tener que explicarme. A cierta edad uno acepta viajes, comidas e incluso desgracias menores por ahorrarse la explicación que exigiría rechazarlos. Me senté junto a la ventanilla y dejé la maleta entre las rodillas, aunque había sitio de sobra en el portaequipajes. Enfrente viajaba una mujer que llevaba los guantes puestos y que, antes de que arrancáramos, llamó a alguien para decirle que ya estaba de camino.
—Sí, esta tarde —dijo. Después escuchó durante unos segundos y añadió:
—Te lo prometo.
No sé por qué me fijé en que no se quitaba los guantes. Tal vez porque resultaba más fácil mirar sus manos que desatender aquella promesa, que ya había empezado a repetirse dentro de mí con una voz distinta de la suya. Yo también había dicho una vez «esta tarde». Lo había dicho de pie, con el abrigo puesto, mientras ella permanecía sentada a la mesa de la cocina y hacía girar una cucharilla dentro de una taza vacía; recuerdo el roce del metal, aquella pequeña insistencia que me irritó porque me obligaba a advertir su nerviosismo, y recuerdo haber mirado el reloj con una ostentación innecesaria, pues todavía me sobraba tiempo para llegar a la estación. Me había pedido que me quedara un momento. Un momento, había dicho, y yo entendí que pretendía hablar de algo que llevábamos semanas evitando, aunque hoy no sabría asegurar quién lo evitaba ni si aquellas semanas existieron de ese modo, bajo la amenaza de una conversación, o si las he ido oscureciendo después para concederme el atenuante de haber tenido miedo. Le dije que hablaríamos a mi vuelta.
—Esta tarde. Y ella dejó quieta la cucharilla.
Durante el viaje pensé varias veces en llamar, con esa facilidad con la que pensamos en hacer lo que todavía creemos que podremos hacer más adelante, cuando lleguemos, cuando terminemos la visita, cuando encontremos un lugar menos ruidoso, y así fui dejando pasar las ocasiones hasta que su hermana me telefoneó y me preguntó dónde estaba. Lo primero que quiso saber fue dónde estaba, y yo le di el nombre de la ciudad, el del hotel, incluso el de la calle, como si una localización exacta pudiera servir de algo o como si ya estuviera procurando demostrar que me encontraba lejos. Desde entonces he contado muchas veces aquella jornada. He mencionado el retraso del tren, la visita al cliente, una comida que se prolongó más de lo previsto; he explicado que llevaba el teléfono en silencio y que, cuando lo miré, devolví la llamada inmediatamente. Todo eso es cierto. La gente escucha los hechos ciertos y les concede una autoridad que a veces basta para ocultar lo que falta. Nunca he contado lo de la cucharilla. Tampoco que, antes de cerrar la puerta, me quedé unos segundos en el recibidor, esperando que ella insistiera, que dijera mi nombre o viniera a buscarme, y que al no oírla sentí alivio. La mujer de los guantes bajó dos estaciones antes que yo. La vi alejarse por el andén y buscar a alguien entre las personas que aguardaban; en cuanto reconoció una cara levantó el brazo, y hubo en aquel gesto algo tan resuelto, una confianza tan sencilla en la presencia del otro, que aparté la vista y fingí interesarme por el teléfono apagado que llevaba en la mano. Cuando llegué ya había oscurecido. Caminé hasta un hotel cercano a la estación y pedí una habitación para una noche. El recepcionista me preguntó si había estado allí antes. Le dije que no, pero mientras rellenaba la ficha reconocí el dibujo de las baldosas y el espejo situado detrás del mostrador, en cuyo borde inferior faltaba un pequeño fragmento de azogue. Quizás la empleada había pronunciado el nombre de aquella ciudad con toda claridad y yo había preferido no escucharlo. Quizás lo había escuchado y llevaba desde la mañana obedeciendo una decisión que aún quería atribuir al azar. En la habitación dejé la maleta sobre una silla y me senté en el borde de la cama, sin quitarme el abrigo. Desde allí veía una mesa estrecha, un teléfono y una taza que alguien había dispuesto junto al hervidor. No era la misma habitación; comprobé la posición del baño, la altura de la ventana, buscando diferencias que me permitieran permanecer allí, pero al cabo alargué la mano hacia el teléfono. Tenía que decirle que me retrasaría. La mano se quedó un momento sobre el auricular, y en ese momento, antes de retirarla, comprendí adónde había llegado. Me había marchado a ninguna parte. Ahora estaba allí, todavía con tiempo de llamar, todavía dejando la llamada para después.


Sin rendición

10.10.26


En la vida te rindes o no te rindes. El final es el mismo aunque el camino cambia. Hay una resistencia que consiste en querer detener lo inevitable, y otra en no aceptar que todo deba suceder como está establecido. La primera nos agota; la segunda puede abrir una posibilidad. No rendirse no es impedir que pase el tiempo. Es seguir tomando parte en la vida mientras pasa. Dejar que nos transforme sin permitir que decida por nosotros qué deseos debemos abandonar, qué palabras ya no podemos decir, qué lugar nos corresponde. El tiempo no es cobarde: transcurre. La cobardía, quizá, sea relegarnos antes de que lo haga nadie, dar por terminado lo que todavía nos importa. El final puede ser el mismo, pero el haber vivido a nuestra manera cambia lo que llevamos hasta él.


La mañana

9.10.26


La mañana pasa ligera, con ese aire de quien tiene tiempo para todo y, sin embargo, nunca se queda. Entra en casa, descorre las cortinas, pone claridad sobre los muebles y enseguida se ocupa de sus cosas. Apenas la oímos. Anda entre nosotros con los pies descalzos mientras limpiamos, trabajamos, preparamos la comida. Nos presta sus horas y nosotros las vamos convirtiendo en una mesa despejada, una tarea resuelta, el olor que empieza a salir de una olla. Parece tranquila. Nadie diría que lleva tanta prisa. Deja un poco de sol en el suelo, se demora en el borde de un vaso, nos toca las manos cuando las acercamos al agua. Y mientras creemos tenerla entera por delante, ella va recogiendo su luz de las habitaciones. Hasta que levantamos la vista y vemos cómo se ha ido, ligera como el pájaro que alza el vuelo, sin un resuello. Queda un temblor de claridad donde estuvo. Quedan las cosas que se fueron haciendo, cada una con un poco de su tiempo dentro: la ropa tendida, el trabajo terminado, la comida dispuesta. En esos pequeños quehaceres gastó su cuerpo la mañana. Quizá por eso cuesta decir adónde se marchó. La buscamos en el reloj, pero algo suyo humea todavía en los platos. Nos sentamos a comer y, sin saberlo, nos llevamos a la boca su última hora. Mañana: la que se va haciendo nuestra vida mientras parece que pasa.


Oquedades

8.10.26


Antes la carta tenía un tiempo de espera incorporado. Escribías sabiendo que el otro tardaría días en leerte, y que tú tardarías otros tantos en recibir su respuesta. Ese intervalo era un espacio de calma, de digestión: mientras el sobre viajaba, las palabras se iban asentando en los dos extremos del camino. Incluso el teléfono fijo tenía su ritual, aquel preguntar si era buen momento, como quien llama con los nudillos antes de entrar. Ahora hemos confundido estar comunicados con tener que estar comunicando todo el tiempo. El móvil en la mano en el supermercado, en el semáforo, a media conversación con alguien que sí está delante. No es que hablemos más, es que no dejamos huecos sin hablar. Y esa cercanía sin pausa no nos ha acercado; nos ha vuelto inquietos. Un mensaje sin respuesta en cinco minutos ya parece un gesto, y uno sin abrir, un desaire. Hemos aprendido a mirar en lugar de atender, a recordar dónde estaba algo en vez de lo que era, a querer la respuesta antes de que la pregunta haya terminado de llegar. Antes, el silencio entre dos cartas también era una forma de escribirse. Ahora no sabemos qué hacer con él, y lo llenamos de cualquier cosa, por miedo a que el otro lo lea.


Quietudes calmas

7.10.26



Recorriendo pasillos hacia la esperanza, esperando a que cambien los días para que vengan buenos, mejores. Un pasillo es una distancia que se habita sin llegar del todo, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en la puerta del fondo, bajo una luz que todavía no es la que buscamos, sino apenas su atisbo, una rendija tibia por la que entra lo justo para resistir el vaivén de los días malos. Mientras tanto, se nos van juntando cosas pequeñas, como piedrecitas que uno recoge en la orilla sin saber para qué: ganas de decir algo bonito, ganas de abrazar a alguien sin motivo, ganas de volver a sonreír sin vigilar la sonrisa. Pedimos calma. Pedimos sosiego, un sitio donde posarnos después de tanto ir y venir, como el pájaro cansado que por fin encuentra su rama. Estar en paz con todo. Alegrarse, sin más, de estar vivo. Mirar hacia el infinito con la mirada perdida y la emoción incendiada. Y entonces echar a volar el día, y que no nos detenga nada. Aunque quizá no se trate de volar, sino de aprender a quedarse quieto en mitad del pasillo. Sacar las manos de los bolsillos. Sentir cómo esa poca luz también nos pertenece.




Inventor de libros

6.10.26


Soy un inventor de libros, una persona que imagina un libro antes de que existan las palabras que lo habitarán. Su materia es esa niebla donde todavía no se distinguen los personajes de sus sombras. Allí encuentra una puerta, escucha una voz, descubre que una historia necesita la forma de un laberinto o que una sola pregunta puede sostener un techo de trescientas páginas. El inventor de libros concibe la casa y la manera en que entrará la luz. Decide qué ventana dará a la infancia, qué escalera descenderá al miedo, qué habitación permanecerá cerrada hasta el último capítulo. Puede ignorar aún el color de las paredes y, sin embargo, saber exactamente qué debe sentir quien cruce el umbral. Después me entrega esa arquitectura invisible y me pide que la escriba. Yo propongo palabras, levanto escenas, tiendo puentes entre una intuición y otra. Él recorre lo construido: aquí falta aire; esta voz no es la que escuché; ese pasillo debe conducir más lejos. A veces, una frase le revela una estancia que tampoco había previsto, y el plano crece. Así trabajamos: su imaginación da rumbo a mi escritura; lo escrito regresa a sus ojos para encontrar su medida. Cuando dice «invento libros», nombra ese oficio de darle a lo que todavía no existe una forma lo bastante precisa como para pedir que exista.


Escritura entre tiempo

5.10.26


No le debo obediencia a nadie cuando escribo. Tengo deudas, sí: libros que me cambiaron la respiración, voces que siguen hablando debajo de mi voz, palabras de otros con las que aprendí a tocar lo que dolía. Las llevo conmigo. A veces una de ellas aparece en mitad de una frase y tengo que detenerme, escucharla, decidir si la dejo pasar. Mi libertad empieza también ahí: en la posibilidad de apartarme de aquello que amo. Soy un escritor de intertiempos, salpicado por la literatura de todos los tiempos. Escribo en esa zona donde las épocas se rozan y dejan algo de sí: el aliento de un poema antiguo en una habitación iluminada por una pantalla, una voz del Siglo de Oro entre mensajes sin responder, la fractura de las vanguardias en mi manera de recordar la infancia. Mis lecturas tienen edades distintas y conviven en el presente de una frase. Cuando escribo, alguna despierta, se mezcla con las otras, adquiere un sentido que no tenía cuando llegó a mí. Habito esos intertiempos en la encrucijada del mundo tecnológico actual. Llevo una biblioteca de siglos en un dispositivo que reclama mi atención a cada instante. Con el mismo dedo paso de una elegía a una noticia, de la noticia a una fotografía que un programa ha compuesto sin que nadie estuviera allí. Esa cercanía me fascina y me desorienta. Hay algo de mi escritura que nace precisamente en ese desconcierto: intento averiguar qué sucede con la memoria, con la imaginación, con la experiencia de estar vivo cuando todo comparece sobre una misma superficie luminosa. Escribo desde un cuerpo que vive ahora. Un cuerpo que duerme cerca de un teléfono, que paga por habitar unos metros de aire, que recibe imágenes de una guerra mientras espera a que hierva el agua. Esa simultaneidad entra en las frases. Les altera el pulso. Hay días en que apenas consigo escribir una línea sin que se abra en ella una ventana ajena: una cifra de muertos, un anuncio, la voz grabada de alguien que ya no está. Con todo eso intento hacer una página. Con lo que alcanzo a comprender y con lo que todavía me mantiene despierto. La forma se decide en ese contacto. Una historia comienza y algo la interrumpe; sigo la interrupción. Una voz dice «yo» y, al escucharla mejor, descubro cuánta gente vive en ese pronombre. Dejo que entren sus desacuerdos. Que una conversación recordada desplace al argumento. Que el lenguaje administrativo de un desahucio aparezca junto a la descripción de la luz que daba en aquella cocina. Hay palabras cuya violencia solo se percibe cuando se las deja quietas, solas, sobre el papel. Si todavía necesito la palabra vanguardia, la necesito para nombrar ese instante en que lo aprendido deja de bastarme. Estoy escribiendo, conozco el camino, podría terminar el párrafo con cierta destreza. Entonces algo se resiste. Una palabra demasiado hermosa para lo que cuenta. Una cadencia que lo vuelve todo soportable. Y toca deshacer, perder la música, acercar la frase a eso que estaba evitando. A veces encuentro ayuda en un autor remoto: una página escrita hace siglos abre un paso que yo no había visto. Desde mis intertiempos, también avanzo así. Desconfío de mis gestos de ruptura. Puedo acostumbrarme a romper de la misma manera, disponer los escombros con buen gusto, encontrar una firma entre las ruinas. Por eso vuelvo a leerme. Quito lo que solo exhibe audacia. A veces, después de muchas páginas, queda una oración sencilla que me cuesta más sostener que todas las anteriores. Quiero poder fracasar. Llegar a una zona del texto donde mis recursos hagan ruido, donde se vea la costura y yo aún no sepa resolverla. Habrá que trabajar allí: cambiar una palabra, escuchar otra vez, guardar durante meses una página. Habrá que admitir que algunas búsquedas terminan en un cajón. También eso forma parte de la libertad que reclamo. Elegir el riesgo y responder después por cada línea. El tiempo que me toca vivir deja marcas incluso en lo que callo. Está en la prisa con que miro, en mi cansancio, en aquello que he terminado por considerar normal. Escribir me obliga a permanecer un poco más. La pantalla ya ha pasado a otra imagen y yo sigo en aquella cocina, mirando el rectángulo más claro que ha dejado un cuadro en la pared. Allí se demora algo que busco: la vida que hubo, la ausencia de ahora, una luz que seguirá entrando sin nosotros. Desde ahí escribo, entre tiempos que se atraviesan. Con una lengua recibida que pasa por mi boca y sale alterada por mis límites, mis lecturas, mi deseo. Las voces antiguas llegan hasta esta mesa; al lado, una máquina completa palabras antes de que yo termine de pensarlas. Me detengo. Escucho lo que iba a decir. Todavía puedo cambiar de dirección. No sé cuánto podré hacer con esta lengua. La trabajo, la fuerzo, dejo que me corrija. A veces una frase llega más lejos que yo. Voy detrás.



 

Un disfraz para Halloween

4.10.26


La invitación llegó el martes. Marta la mandó al grupo con una calabaza y tres signos de exclamación. Sábado, 31. Disfraz obligatorio. Dejé el móvil bocabajo en la encimera y fregué la taza. Era la única taza en el fregadero. Por la noche abrí el portátil. Busqué mujeres raras de la historia. Encontré a Catalina de Erauso, que se escapó de un convento, se cortó el pelo y cruzó el mar para pelear como un hombre. A La Maupin, que cantaba ópera y se batía en duelo. A Fátima al-Fihri, que llegó a Fez desde Cairuán y levantó una escuela con la herencia de su padre. La escuela sigue abierta. A Ching Shih, que mandó sobre miles de piratas y murió vieja, en tierra, con una casa de juego. Apunté los nombres en un pósit. Los miré un rato. Todas se habían ido de algún sitio. Luego pensé en cosas más fáciles. Un ticket de la compra. Un router con la luz roja. Una baldosa floja. Me reí sola en la cocina. El frigorífico hizo su ruido de siempre. El jueves llamé a Marta.
—¿De qué vas tú?
—De bruja. Como todos los años.
—Yo no sé de qué ir. Nada de sangre. Nada ridículo.
—Ve de algo gracioso. Te vendrá bien.
No pregunté por qué me vendría bien.
—Había pensado ir de horizonte —dije—. Una línea. Cielo arriba, tierra abajo. Cuando alguien se acerca, me alejo. El horizonte no se alcanza.
Marta tardó en contestar.
—¿Y Javier?
—Javier no va.
—Vale.
—Vale.
Esa noche bajé la caja del altillo. Ponía ‘Disfraces’ con rotulador negro. Dentro había una peluca rubia, un parche de pirata y una diadema de gato con una sola oreja. Al fondo, un sombrero de vaquero que no era mío. Lo dejé sobre la cama. Luego lo metí otra vez en la caja. Luego subí la caja al altillo. Seguí con la lista. Un agujero negro. La declaración de la renta. Un lunes por la mañana en la oficina. El wifi inestable, con el círculo de carga girando en un cartel. Un déjà vu, pero para eso hacía falta otra persona igual que yo, tres segundos por detrás. Lo taché. El algoritmo de Netflix. La tele todavía me recomendaba documentales de barcos. A mí no me gustan los barcos. El viernes me duché. Me puse los vaqueros y la camisa azul. Me miré en el espejo del pasillo. Me pinté los labios. Me los quité. Me los volví a pintar. En la puerta de Marta había una calabaza con una vela dentro. Abrió una bruja con gafas.
—¿Y el disfraz?
—Voy de mí misma.
Me miró de arriba abajo.
—No se nota.
—Ya. Es lo difícil.
Dentro había un vampiro, dos esqueletos y una enfermera con sangre de bote. Un chico llevaba un cartel colgado del cuello: Error 404. Alguien me puso en la mano un vaso de plástico con algo rojo. Un hombre se acercó. Iba cubierto con una sábana con dos agujeros.
—¿De qué vas?
—De nadie.
Asintió.
—Muy conseguido.
Se quedó a mi lado. Por los agujeros de la sábana solo se le veían los ojos. No dijimos nada más. En el salón alguien apagó la luz y todos gritaron a la vez. Yo no grité. Tampoco me alejé.


Ovillo

3.10.26


Barthes mató al autor para que naciera el lector. Fue una muerte generosa: alguien se apartaba del texto para que otro pudiera entrar. La segunda muerte es más silenciosa y no deja herederos. Hoy el que lee es también el que escribe, y lo que escribe se lo devuelve una máquina siempre dispuesta a darle la razón. Pregunta y se responde; se responde y se aplaude. Nunca hemos estado tan acompañados al escribir, ni tan solos al leer. La literatura era, sobre todo, el roce con otra conciencia: una frase que no habríamos escrito nunca, un mundo que se resistía a parecerse al nuestro. Alteridad viene de alter, el otro de dos; solipsismo, de solus ipse, uno mismo a solas. Texto viene de textus, tejido, y para tejer hacen falta urdimbre y trama, dos hilos que se cruzan. Con uno solo no se teje: se hace un ovillo. Quizá no hayan muerto ni el autor ni el lector, sino el hueco entre ambos, ese lugar donde uno podía perderse. El ovillo, al menos, no se deshace. Tampoco abriga.


La condición

2.10.26


Límite dentro del cual nos ha sido dado sentir, conocer y querer. Deja de parecer una desgracia cuando se entiende así, y nos vuelve atentos a lo que, por no durar, merece que nos demoremos: una conversación que se alarga, la tibieza de un cuerpo cercano, la luz en la ventana mientras alguien a quien echaremos de menos habla de cualquier cosa. Se ama más la vida cuanto mejor se sabe que se acaba, pero una cosa es saberlo y otra hacerse a la idea, y en esa distancia, que nadie termina de recorrer, vivimos.


Reivindicando

1.10.26


Necesitamos reivindicar la duda, necesitamos reivindicar la pausa, y ya en la manera de decirlo se nos nota la prisa, ese necesitamos que golpea dos veces el mismo clavo, como quien pide silencio a gritos en una sala donde nadie escucha. Reivindicar, que es reclamar lo que fue nuestro, lo que alguien se llevó mientras mirábamos hacia otro lado, porque hubo un tiempo en que dudar no era torpeza ni detenerse era derrota, y ahora vivimos —o creemos vivir, que no es lo mismo aunque a menudo se confunda— entre pantallas que contestan antes de que terminemos de preguntar, opiniones que se sirven calientes y se tiran frías, certezas de usar y tirar, cuando la duda —esa encrucijada donde todavía todo es posible— quizá sea el último lugar donde el pensamiento sigue vivo, porque la certeza, bien mirada, no es más que una duda que dejó de respirar. Y la pausa. La pausa que en música no es ausencia sino signo, que se escribe en la partitura con la misma tinta que las notas, con su medida exacta, su silencio contado, y encima de ella a veces el calderón, ese ojo abierto que le dice al intérprete quédate aquí lo que haga falta, la pausa del que respira entre dos frases, del que se sienta en un banco sin mirar el reloj, del que deja la carta sin contestar hasta mañana porque mañana sabrá mejor lo que quiere decir, la de la tierra en barbecho, la de la estoa, ese instante en que la marea se queda quieta antes de volver; la del corazón entre latido y latido, que no es descanso sino el momento en que se llena. Y sin embargo, quien reivindica la duda con tanto aplomo ya ha dejado de dudar, y quien proclama la pausa a toda velocidad, entre dos compromisos, con el pulgar sobre la pantalla mientras cruza la calle, no ha hecho más que añadir otra consigna al ruido. Quizá la duda no se reivindica, solo se practica en voz baja. Quizá la pausa no se proclama, tan solo se guarda, como se guarda un silencio en la partitura, sin anunciarlo, a la espera de


Claridad

30.9.26


Nuestra vida es una mano que pasa por el cristal empañado de una ventana y abre, por un instante, un pequeño claro por donde mirar el mundo. Al otro lado están la luz, los rostros queridos, la belleza de las cosas que no piden ser miradas y también el dolor que nos reclama. Después, la mano se retira y el vaho vuelve a cubrir el cristal, despacio, hasta borrar la huella de los dedos. De nuestra vida parece no quedar nada, nada. Quizá todo dependa de lo que quisimos o pudimos ver durante ese breve instante de claridad, de si nos atrevimos a mirar, de lo que hicimos o dejamos sin hacer con aquello que vimos o de si, antes de desaparecer, esa mano nuestra alcanzó a buscar otra mano.


Cauce

29.9.26


De repente todo se vuelve inestable, como si algo se arrepintiera de estar donde estaba, y no hay forma de pararlo, es el río que cambia de curso y arrastra toda el agua hacia otro lado, aunque un momento antes corría tranquila. Y tú eres esa agua, no eliges el cauce, el cauce te elige a ti, y de pronto miras lo de siempre y ya no sabe a lo que sabía, y sospechas que algo está cambiando, y no sabes si este cauce nuevo lleva a alguna parte o si solo has dejado de reconocer el tuyo.



Testamento vital

28.9.26


Dejo testimonio de que estuve caminando por este mundo, a veces dulce y a veces hostil, porque me di a los días y a esos momentos que compartí con afán, con esmero, con compromiso de tiempo otorgado a los demás, con el denuedo de quien no tiene prisa en acabar. Y que vital fui porque abrí el corazón para que floreciera en el cálido afecto de quienes quise, porque me desgasté en sonrisas y mimos y cuidados, fui vital también en todo cuanto anhelé, y sin nostalgia tuve la vida que amé. Y no me llevo nada que no haya dejado ya en aquellos a quienes di mi cariño: dejo lo vivido, que fue mucho, y dejo el sosiego de saber que no hizo falta nada más para ser feliz. Con eso basta, y no llevo prisa, como nunca la llevé.


El sueño de despertar

27.9.26


Dormida o no, el caso es que ella no despertó aquella mañana y nada hacía sospechar que no fue un sueño enmarañado quien la tuviera retenida entre las sábanas. A las siete y cuarto sonó la alarma. La apagó sin abrir los ojos. Fuera, la ciudad ya llevaba dos horas despierta. Un autobús frenó en seco en la esquina. Alguien insultó a alguien desde una ventanilla. El semáforo cambió tres veces para que pasaran seis coches y ningún peatón. A las siete y veinte llegó el primer WhatsApp: «¿Vienes o qué?». A las ocho, el vecino puso reguetón. A las ocho y diez empezaron las obras del edificio de enfrente. Dos obreros discutían sobre una tubería mientras una mujer paseaba al perro mirando el móvil. En la acera, un hombre dormía dentro de un saco junto a un cajero automático que no dejaba de ofrecer préstamos. Ella conocía aquel paisaje de memoria: la panadería con la cola hasta la puerta, los patinetes cruzados sobre la acera, el bar que olía a fritanga desde las nueve, las terrazas llenas de gente trabajando con el portátil para no trabajar en casa. A las nueve y cinco abrió los ojos. La habitación parecía la misma, pero la ciudad había cambiado. No sabía explicar qué. Se asomó a la ventana. El autobús seguía pasando. Los coches seguían pitando. Una ambulancia avanzaba a duras penas entre una doble fila. En la pantalla gigante de un edificio alguien anunciaba pisos de lujo con piscina comunitaria. Todo estaba donde tenía que estar. Eso fue precisamente lo que le dio miedo. Cogió el móvil. Veintisiete llamadas perdidas. Todas de ella. La última había entrado hacía un minuto. Su propio nombre ocupaba la pantalla. Contestó.
—¿Sí?
Su voz respondió desde el otro lado.
—No salgas de la cama.
Ella miró la calle. Una multitud cruzaba el paso de peatones. Entonces vio a una mujer detenerse en mitad del tráfico. Era ella.
—¿Por qué?
La mujer de abajo levantó la cabeza y la miró directamente.
—Porque ya has salido una vez.
Y la ciudad, como si hubiera estado esperando esa frase, se quedó en silencio.


Escala

26.9.26


En una escala: los buenos materiales, el dolor, la vida que succiona y, llegada la hora, la mordida del tiempo. Se sube sin mirar atrás, un peldaño encima del otro, sin saber que cada uno sostiene al siguiente. El material bueno aguanta el dolor; el dolor aguanta la succión; la succión aguanta el diente que espera arriba, ya abierto, desde el principio. De los cuatro peldaños, solo el primero se elige: lo que uno trae al nacer, o construye pronto, antes de saber para qué. Los otros tres no se suben, se sufren. Y aun así seguimos llamándolo escala, como si hubiera un arriba, como si alguien llevara la cuenta de los pasos. No subimos la escala: es ella quien nos sube, peldaño a peldaño, hasta ponernos al alcance del diente.


Puertas

25.9.26


Cuando leo en un libro, rápidamente acuden ideas creativas a mi mente. Cuando leo con ayuda de una IA, las ideas llegan antes, y al principio lo llamé portal: la palabra parecía a la altura de la sensación, todo se abría de golpe, como quien entra en una casa o en una página sin llamar. Pero portal viene de puerta, y una puerta no promete solo llegada. Promete también fuga — y fuga tiene tres salidas: la del que huye, la del agua que se escapa por una grieta, y la del músico que deja entrar un tema y enseguida lo persigue con otra voz, como si el eco quisiera adelantarse al original. Por la misma que entra lo nuevo se me puede vaciar lo que ya tenía: la pregunta que no llegué a hacer, el esfuerzo que otro hizo por mí, el pensamiento que dejé de pensar porque ya venía pensado. Y lo vaciado, cuando se seca, deja una forma: un molde hueco con la silueta exacta de lo que antes pensaba yo solo. Cuando leo despacio, cuando discuto lo que se me ofrece antes de aceptarlo, la puerta se queda abierta y algo se queda dentro. Cuando me dejo llevar, sigue abierta igual, pero solo para que todo salga, y entonces ya no sé si lo que siento en la piel es corriente de aire o corriente eléctrica. No sé todavía, después de tantas páginas —de libro, de pantalla—, si lo que tengo es una casa más grande o una casa con corriente de aire. Ni siquiera sé, a estas alturas, quién de los dos se ha quedado leyendo al otro.


Encuentros

24.9.26


Hay cosas que parece que están ahí para que las descubras y cambien tu vida. Me ocurrió con ciertas películas, con ciertas músicas, con la poesía de Machado, y con tantos otros nombres: Lorca, Cernuda, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Rimbaud, Vallejo. Me ocurrió con Cien años de soledad, y con Cortázar, Borges, Vargas Llosa. Y cuando el mundo parecía haberse quedado sin sorpresas, me ocurrió con Internet, que me devolvió un lugar en él. Aquellas cosas ya estaban ahí, esperándome, y de todas conozco el aterrizaje. Esta llega a la vez que yo: la inteligencia artificial, un salto al vacío sin saber dónde me hará aterrizar.