El último hablante

26.10.26


Tomás hablaba una lengua que nadie más entendía. No era un capricho: tenía su gramática, sus palabras para el miedo y para la luz de ciertas tardes, y él la hablaba con una precisión que asustaba. Su familia aprendió a asentir. Los médicos le pusieron nombre en la lengua oficial y le dieron con qué volver a ella algunos días. Durante años tradujo a medias, cansado, como quien vive en un país extranjero sin permiso para quedarse. Un invierno dejó de hablar. Su hermana guarda unas libretas llenas de aquella lengua y a veces las abre, sin entender nada, solo para que alguien siga mirándolas. No sabe si fue él quien no aprendió nuestro idioma o nosotros quienes nunca quisimos aprender el suyo.


Por error

25.10.26


Cogió la mochila por equivocación. Era idéntica a la suya: el mismo negro desvaído, la misma cremallera que se atascaba en la esquina, el mismo llavero sin llaves colgando del asa. Terminó la última serie de abdominales, se la colgó a la espalda y se marchó sin despedirse de nadie, como cada martes. En la escalera del metro notó algo raro. El peso parecía el de siempre; lo que cambiaba era la manera de pesar. Su mochila llevaba una toalla húmeda, unas zapatillas y una botella, y pesaba hacia abajo, como pesan las cosas. Aquella pesaba hacia dentro. En casa la dejó sobre la mesa de la cocina y abrió la cremallera. Dentro había algo. Fue lo único que llegaría a decir de ello con certeza.

No era grande ni pequeño. Ocupaba la mochila entera y, sin embargo, cabía en el hueco de la mano. Tenía un color que estaba a punto de ser azul y no lo era, una superficie que parecía lisa hasta que los dedos se acercaban y entonces dejaba de parecer nada. Cuando lo miraba de frente, la vista se le resbalaba hacia los bordes, como cuando se intenta leer en sueños. Lo sacó y lo dejó sobre la mesa. Se apartó un paso. Desde allí, por un instante, le pareció entenderlo, igual que se entiende de golpe una palabra en un idioma que no se habla. Al acercarse, lo perdió. Le hizo una foto con el móvil. En la pantalla aparecía la mesa, el frutero y, en medio, un pequeño desenfoque, como si alguien hubiera respirado sobre el cristal.

Esa noche durmió mal. A la mañana siguiente lo metió en la mochila y volvió al gimnasio. Preguntó en recepción si alguien había reclamado una mochila negra. Nadie. La recepcionista quiso saber qué había dentro, por si acaso. Él abrió la boca y dijo: «Una cosa». Lo intentó otra vez y dijo: «Algo que no es mío». Colgó una nota en el corcho, entre las clases de pilates y el cartel de un gato perdido: «El martes se cambió una mochila por error. Tengo lo suyo». No supo escribir qué. Pasó una semana y nadie llamó. Descubrió pronto la regla. Si sabía dónde estaba, no sabía qué era. Si se esforzaba en comprender qué era, dejaba de saber dónde estaba.

Una tarde se sentó a estudiarlo, decidido a entenderlo de una vez, y cuando levantó los ojos ya no estaba en la mesa. Lo encontró dos horas después en el cajón de los cubiertos, sin haber entendido nada. Intentó dejarlo en un banco del parque. Caminó tres manzanas sin volverse y, al llegar al portal, la mochila estaba apoyada contra la puerta, con la cremallera a medio cerrar, como un perro que se ha adelantado. La tiró al contenedor de escombros de una obra, y al día siguiente apareció en el maletero del coche. La arrojó al río desde el puente y esa noche la encontró debajo de la cama, seca.

Empezó a pesar más. La mochila no: él. Subía las escaleras como si llevara a alguien en brazos. Dejó de ir al gimnasio y de contestar algunas llamadas. Llamó a su hermana para contárselo y, al llegar al punto, se oyó hablar de una avería del coche. En el trabajo le preguntaron si estaba bien y no supo qué responder, porque lo cierto es que no le pasaba nada, salvo algo.

Una madrugada comprendió que no se trataba de averiguar qué era. Quien lo había llevado antes tampoco lo supo nunca. Solo había aprendido a dejarlo. Volvió al gimnasio un martes. Se cambió, hizo sus ejercicios sin ganas y en el vestuario dejó la mochila en el banco, junto a otra exactamente igual: el mismo negro desvaído, la misma cremallera atascada, el mismo llavero sin llaves. Se duchó despacio. Cuando salió, solo quedaba una. Se la colgó a la espalda. No pesaba nada. No quiso abrirla hasta llegar a casa.


Emisarios de noticias

24.10.26


De repente, alguien llega y nos sopla al oído algo que ya sabíamos desde hace bastante tiempo. Las primeras veces solemos contestar «eso ya lo sabía yo», con una prisa que se parece demasiado al orgullo. Con los años aprendemos a callar, a abrir un poco los ojos, a asentir, a dejar que el emisario dé su parte completo, porque la noticia era lo de menos. Quien llega con el secreto en la boca trae sobre todo el placer de contarlo, el de ser por un momento el que sabe, el que tiene en las manos algo importante o valioso. Quitarle eso sería devolverle el paquete sin abrir. Y sin embargo, cada vez que fingimos sorpresa, no sabemos bien si callamos por generosidad o porque también nos gusta que alguien venga a contárnoslo.



Cuarenta mil fotos

23.10.26


Lucía tiene veintitrés años y cuarenta mil fotos en el teléfono. Una noche, sin sueño, intenta recordar la risa de su madre y no la encuentra. Busca en la galería: su madre en la playa, en una boda, de espaldas en una cocina. Ninguna ríe, o todas ríen sin sonido. Recorre años en un minuto con el pulgar, como quien hojea una vida ajena. Su abuela conserva una sola fotografía de su propia madre, cuarteada, en la que apenas se le distingue la cara. Pero cuando habla de ella le cambia la voz, y en la cocina huele por un momento a algo que Lucía no sabe nombrar. Esa noche lo entiende, su abuela no tiene una foto, tiene a su madre. Ella tiene cuarenta mil fotos. Y ni una risa.


Divagantes

22.10.26


El instinto que guía a las aves en sus migraciones también extravía a algunas, cada otoño, lejos de su ruta. Los ornitólogos las llaman divagantes: un pájaro nacido en Siberia que amanece en un jardín del sur, desorientado entre limoneros. La mayoría no sobrevive. Unas pocas, sin embargo, inauguran caminos que generaciones después seguirán otras. Nadie sabe si ese error es un fallo del instinto o una forma de su sabiduría. La especie se permite perder a unos cuantos para que alguno, a solas, encuentre lo que la ruta conocida no podía darle. Lo que para el pájaro es extravío para la bandada es tanteo.


A un paso

21.10.26


El amor siempre está un paso más allá de donde lo buscamos. Nunca a más de un paso. Cuando tiene que suceder, ya estaba ahí, a punto de eclosionar, como el polluelo que golpea la cáscara desde dentro mientras afuera solo se oye un leve crujido. Nadie lo trae ni lo provoca. Basta una mirada que dura un segundo de más, una mano que roza otra al pasar el pan, y lo que llevaba tiempo madurando en silencio se abre. Por eso al enamorarnos tenemos la sensación de reconocer, no de descubrir. Lo contrario no es la lejanía sino otra clase de distancia. Hay dos personas que comparten mesa, ascensor, incluso cama, y sin embargo habitan polos opuestos del universo. Entre ellas no cabe la chispa porque no hay cáscara que romper. No se trata de metros, sino de cercanía en lo que todavía no ha nacido. Un paso o la eternidad: el amor no conoce término medio.


En el espejo

20.10.26


Al mirarnos en el espejo de nuestras mentiras es cuando sabemos la verdad. No en el espejo del baño, que solo devuelve ojeras, sino en ese otro que vamos puliendo cada día: la excusa repetida hasta creerla, el recuerdo retocado, la versión de nosotros que contamos en las sobremesas. Ahí nos vemos más altos, más justos, más queridos. Y nos gusta lo que vemos, pero la admiración delata. Nadie se detiene tanto ante un reflejo fiel porque lo verdadero se mira de pasada como se mira la hora. Si nos quedamos absortos, si volvemos una y otra vez a contemplarnos, es porque algo en nosotros sabe que la imagen necesita vigilancia para no deshacerse. La mentira nos favorece, la verdad es saber que nos favorece. Y aun así, sabiéndolo, no apartamos los ojos.


Vílchez

19.10.26


A Vílchez todavía lo recuerdo corriendo descalzo y medio desnudo detrás del autobús del viaje de estudios. Habíamos arrancado y, al hacer el recuento, el profesor notó que faltaba uno. El conductor frenó y todos nos volvimos a mirar por la luna trasera. Bajo un sol tórrido de verano, sobre el asfalto ardiente de una carretera de La Mancha, apareció a lo lejos la figura de Vílchez agitando los brazos como las aspas de un molino. Cuando por fin subió, jadeante, parecía que le iba a dar algo. Hace unos días, después de muchos años, me lo volví a encontrar. Al principio no lo reconocí: el pelo completamente blanco, unas gafas de sol, nada que ver con aquel muchacho que perseguía autobuses en mi memoria. Charlamos largo rato, sin prisa, resumiendo con cierta filosofía la vida que nos ha tocado. Entonces me confesó que no le tenía miedo a la muerte, porque la había rozado demasiadas veces. Siendo apenas un niño, se derrumbó el edificio del que había salido cinco minutos antes, y hubo que rescatar a su abuelo de entre los escombros. Años después, un caballo se le cruzó en la autovía y salió volando con coche y todo. En un viaje a Rumanía estuvo a punto de morir asfixiado porque el inhalador se le había quedado en la maleta, que llegó al aeropuerto con un día de retraso. Y, para terminar, me habló de una operación de estómago en la que también estuvo a punto de quedarse. Nos dimos un abrazo y, al despedirnos, nos deseamos otro encuentro casual como este, que es la única manera que tenemos de asegurarnos de que seguimos vivos. Al menos, Vílchez.


Leyendas de mar

18.10.26


Era una playa fantasma. Bajo sus arenas reposaban miles de esqueletos de medusas. Los pescadores juraban oírlos crujir en las noches de levante; las abuelas prohibían a los nietos cavar más allá del codo; un erudito local publicó, a sus expensas, una monografía de trescientas páginas sobre su probable origen fenicio. Vinieron los biólogos, con sus redes y su paciencia, y explicaron que las medusas son casi todo agua y no tienen hueso alguno. Los escucharon, los invitaron a vino y les enseñaron, al atardecer, la playa. Que las medusas no tengan esqueleto nunca ha estorbado a una buena leyenda.



El libro del mundo

17.10.26



Dos escritores conversan en la terraza de un café. Uno, J, ha dejado de frecuentar los círculos literarios. El otro, S, imparte talleres de escritura creativa. Sobre la mesa hay dos cafés, un libro subrayado y un periódico que nadie ha abierto.
S—No comprendo esa desconfianza tuya hacia la literatura. Es como si un músico renegara de escuchar música.
J—No reniego de la literatura. Reniego de quienes solo se alimentan de ella. Una mente que únicamente lee literatura acaba pudriéndose como escritora.
S—Qué manera tan literaria de despreciar la literatura.
J—Será que todavía no he conseguido desintoxicarme del todo.
S—¿Y de qué debería alimentarse un escritor?
J—Del mundo. De lo que sucede fuera de los libros. De la gente que no sabe escribir una sola línea y, sin embargo, lleva dentro una novela entera. De la ciencia, de la filosofía, de la calle, de los errores de la memoria. Hay más literatura en una conversación de autobús que en muchos talleres de escritura.
S—Eso último me concierne.
J—Lo sé. Por eso lo digo.
S—Mis alumnos aprenden a construir personajes, a dominar el tiempo narrativo, a distinguir una voz propia de una impostada. Leemos a Chéjov, a Kafka, a Borges. No veo qué puede haber de perjudicial en ello.
J—Nada, mientras no confundáis aprender a escribir con aprender a imitar a quienes escribieron. Me preocupa esa literatura que nace de otra literatura, que a su vez nació de otra. Una descendencia de palabras que termina perdiendo cualquier parentesco con la vida.
S—Toda escritura procede, en alguna medida, de otras escrituras.
J—Y toda persona procede de otras personas. Pero no por eso tiene que vivir la vida de sus antepasados.
S—No puedes negar que leer a los grandes escritores ensancha nuestra percepción de la realidad.
J—Naturalmente. Pero también puede estrecharla. Hay escritores que no contemplan un atardecer: contemplan todos los atardeceres que han leído. No ven a una mujer llorando; buscan la frase que habría escrito Dostoievski sobre sus lágrimas. La literatura acaba interponiéndose entre sus ojos y las cosas.
S—También puede enseñarles a ver aquello que antes les resultaba invisible.
J—Hasta que terminan viendo únicamente lo que la literatura les ha enseñado a reconocer.
S remueve el café. La cucharilla golpea tres veces el borde de la taza.
S—Según tú, ¿qué debería enseñar entonces en mis talleres?
J—A desaprender.
S—Eso se dice mucho. Explica cómo se hace.
J—Llévalos a un mercado. Que escuchen a los vendedores. Que observen cómo una anciana selecciona tres tomates y devuelve uno a la caja. Que se pregunten por qué. Que acompañen a alguien a una sala de espera de un hospital. Que lean un tratado de física, una sentencia judicial, un manual de anatomía. Que descubran la realidad antes de aprender a describirla.
S—Eso también es un taller de escritura.
J—Entonces quizá debieras impartirlo fuera del aula.
S—Te obsesiona la autenticidad. Como si la experiencia vivida garantizara una buena página.
J—No garantiza nada. Tampoco la lectura de mil novelas.
S—Pero proporciona recursos. La literatura es una conversación de siglos. Ningún escritor empieza desde cero.
J—Y esa es precisamente mi objeción: demasiados escritores empiezan donde terminaron otros y pasan el resto de su vida intentando no salir de allí.
S—Confundes la tradición con el servilismo.
J—Y tú, a veces, la destreza con la literatura.
S—¿Insinúas que escribir bien no importa?
J—Importa. Lo que cuestiono es que escribir bien equivalga a tener algo que decir. Puedes enseñar a colocar admirablemente las palabras y no enseñar a nadie a pensar. Una prosa impecable puede ser una forma muy elegante de no decir absolutamente nada.
S—También se puede tener mucho que decir y ser incapaz de expresarlo.
J—Ahí sí te necesito como profesor.
Ambos sonríen. El camarero retira las tazas vacías y pregunta si desean otro café. S asiente. J observa a una pareja que discute al otro lado de la cristalera.
S—Admites, entonces, que la técnica es necesaria.
J—Admito que puede ser útil. Pero me inquieta la fabricación de escritores. Esa creencia contemporánea de que la literatura puede aprenderse como se aprende contabilidad. Alumnos que llegan con el deseo de escribir y salen con la ambición de parecer escritores.
S—Algunos descubren su voz precisamente porque han leído muchas otras. La originalidad no crece en el aislamiento.
J—Tampoco en el hacinamiento.
S—¿Y tú? ¿No has aprendido de los libros?
J—Muchísimo. Tanto que he tenido que pasar años intentando olvidarlos.
S—Eso es una contradicción.
J—La escritura está llena de ellas. Necesitamos palabras heredadas para decir algo que todavía no ha sido dicho.
S—Entonces nuestra diferencia no está en la lectura, sino en lo que hacemos con ella.
J—Puede ser. Tú lees a los escritores para enseñar a escribir. Yo leo el mundo para descubrir si todavía queda algo que merezca ser escrito.
S—Pero el mundo también se interpreta. Nunca lo observas desnudo. Lo miras desde tu memoria, desde tu lenguaje, desde todo cuanto has leído.
J—Desde luego. No pretendo una mirada virgen. Pretendo que todavía sea capaz de sorprenderme algo que no haya sido escrito.
S—Quizá la buena literatura sirva precisamente para conservar esa sorpresa.
J—Y quizá la mala enseñanza literaria consista en sustituirla por un procedimiento.
Llegan los cafés. S aparta el libro subrayado para hacerles sitio. J mira su cubierta.
S—Mañana voy a proponer a mis alumnos que escriban una página sin recurrir a ninguna referencia literaria. Solo algo que hayan observado y no sepan explicar.
J—Me parece un buen comienzo.
S—Después les pediré que lean a Chéjov.
J—Y yo esta noche volveré a leerlo.
S—No tienes remedio.
J—Ninguno. Pero mañana saldré a la calle.
S abre el libro por una página señalada. J sigue mirando a la pareja de la cristalera. La mujer se ha marchado. El hombre permanece sentado ante dos cafés, uno de ellos intacto.
S—¿En qué piensas?
J—En que ese hombre acaba de quedarse solo y nosotros llevamos dos horas hablando de literatura.
S—Podrías escribir sobre él.
J—Podría. Pero no sé nada de su vida.
S—Para eso existe la imaginación.
J—Y para eso existe también la prudencia.
S cierra el libro. Los dos miran al hombre, que acaba de beber, sin advertirlo, de la taza de ella.


El pozo del conocimiento

16.10.26


Cada paso en el conocimiento atómico y cosmológico nos precipita a un pozo más profundo de desconcierto. Cuanto más penetramos en la intimidad de la materia y en la inmensidad del universo, más se ensancha el territorio de lo inexplicable. Lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande parecen encontrarse en una misma paradoja: cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestra ignorancia. La ciencia ilumina regiones de la realidad que ni siquiera sospechábamos pero cada descubrimiento desplaza las fronteras del misterio. Hemos aprendido a interrogar a los átomos y a escuchar los ecos del origen del universo, sin haber resuelto del todo qué es la realidad que interrogamos ni qué lugar ocupa en ella nuestra conciencia. Quizás conocer no consista en salir de la oscuridad sino en descubrir su verdadera profundidad.


Escenarios

15.10.26


Siempre he desconfiado de los escenarios, los púlpitos y los pedestales. No tanto por su altura como por la distancia que establecen con el suelo. Machado aconsejaba no perder nunca ese contacto, el único desde el que podemos medir nuestra verdadera estatura. La cultura institucional corre el riesgo de convertir el pensamiento crítico en un elemento más de su escenografía. El poder no siempre necesita silenciar las voces discrepantes; a veces le basta con incorporarlas a su representación de la pluralidad, pero también hay contradicciones que duelen. Renunciar a un escenario puede significar renunciar al encuentro de los versos con sus lectores y al afecto de quienes nos invitan. Participar, por el contrario, puede comprometer esa independencia que uno procura conservar. Acaso la dificultad no esté en subir o bajar del escenario sino en averiguar cuánto suelo perdemos cuando nos elevamos sobre él.


Sujetarse a la palabra

14.10.26


No hay decepción posible que justifique la rendición. La escritura puede contrariarte, dejarte ante una página donde nada parece responder a lo que buscabas. Pero incluso ahí queda una palabra a la que sujetarse, una frase desde la que continuar. Decir que nada puede detenerte no significa que seas invulnerable. Significa que también puedes escribir desde la grieta. Lo que te quiebra encuentra una forma; lo que no comprendes empieza a mostrar sus contornos cuando intentas nombrarlo. A veces escribir consiste apenas en permanecer junto a una pregunta. Tienes que sujetarte a cada palabra, a cada frase escrita, a cada texto encarnado. Poner atención en aquello que has conseguido decir y escuchar cuánto queda todavía por decir. Una palabra exige otra, una frase descubre una fisura, un texto te devuelve a la experiencia de la que nació. Habrá días en que debas borrar casi todo. Que al menos una línea sobreviva al examen. Y si ninguna merece quedarse, que permanezca la disposición a volver: la mano cerca de la página, la atención despierta. La escritura no te exige salir intacto. Te exige encontrar palabras con las que seguir.


Mano alzada

13.10.26


Igual que el escolar que, en gesto sincero, levanta la mano para reconocer su error, quiero ser honesto y exponerme al extravío de lo que escribo. No al error que se tacha y se corrige, que tiene arreglo y casi consuelo, sino al otro: a la frase que se me fue por donde no quería, a la palabra que dijo más de lo que yo sabía, al texto que releo años después y ya no me reconoce. El niño alza el brazo un poco tembloroso, a medias entre la vergüenza y el alivio, y la clase entera se vuelve a mirarlo. Nadie le ha preguntado nada, podría callar, pero hay algo en confesarse en voz alta que limpia, aunque no salve. Escribo así, o lo intento, dejando que se vea por dónde me perdí, porque sospecho que fue en el extravío, y no en el acierto, donde alguna vez estuve más cerca de lo que buscaba.


La noche

12.10.26

Hay un parecido entre las palabras que nombran la noche y las que nombran el ocho en varias lenguas europeas. Noche y ocho, notte y otto, night y eight. Al oído le basta esa proximidad para empezar a imaginar parentescos. Después llega la filología, comprueba los papeles y nos devuelve a una realidad menos complaciente. Pero queda el ocho, que al acostarse adopta la figura del infinito. Me gusta pensar en ese número cansado de contar. Durante el día hemos sido una contabilidad: horas, pasos, llamadas, asuntos pendientes. Hasta el descanso tenía una duración prevista. Ahora el ocho se tumba y pierde la cuenta. Nosotros también nos tendemos. Dejamos sobre una silla la ropa que nos daba forma ante los demás. El cuerpo encuentra entre las sábanas una postura antigua, anterior a las obligaciones, y durante un rato no hay que sostener el nombre, la edad, las opiniones. Alguien apaga una luz. Al otro lado de la pared todavía se oye una televisión. El sueño tarda. Regresa una conversación de hace años, aparece la cara de alguien que ya no vive, una preocupación pequeña ocupa media cama. El reloj conserva sus medidas, pero aquí dentro las horas se ensanchan, se atascan, desaparecen. A mi lado, una respiración empieza a hacerse más lenta. Busco con el pie el lugar fresco de la sábana.

Viaje sin destino

11.10.26


Me marché a ninguna parte una mañana en la que habría podido quedarme, y acaso fuera esa posibilidad, la de dejar la maleta abierta sobre la cama y volver a colocar las camisas en el cajón del que acababa de sacarlas, lo que me decidió a cerrarla con una precipitación que ahora me parece sospechosa, porque nadie me esperaba, nadie me había pedido que viajara y tampoco había en aquella casa nadie que pudiera preguntarme, al oír el golpe de la cerradura, si pensaba ausentarme mucho tiempo. Durante años había sido viajante, y conservaba ciertos hábitos del oficio: comprobar el bolsillo interior de la chaqueta antes de salir, llevar una camisa de más, solicitar habitaciones alejadas del ascensor, como si aún necesitara descansar para acudir a una cita a primera hora y hubiera alguien dispuesto a comprar lo que yo llevaba conmigo. Hacía tiempo que no llevaba nada. La empresa había cerrado, los clientes se habían dispersado y el muestrario permanecía en un armario del pasillo, donde a veces tropezaba con él al buscar unos zapatos, sin que me resolviera a tirarlo, quizá porque su peso me recordaba una época en la que todavía podía dar razón de mis desplazamientos. En la estación pedí un billete para el primer tren que saliera. La empleada me dijo el nombre de una ciudad y yo asentí; habría asentido a cualquier otro, pero recuerdo que, al repetirlo ella mientras imprimía el billete, tuve la impresión de haberlo oído recientemente, en una conversación o en un sueño, y estuve a punto de pedirle otro destino. Me contuvo la vergüenza de tener que explicarme. A cierta edad uno acepta viajes, comidas e incluso desgracias menores por ahorrarse la explicación que exigiría rechazarlos. Me senté junto a la ventanilla y dejé la maleta entre las rodillas, aunque había sitio de sobra en el portaequipajes. Enfrente viajaba una mujer que llevaba los guantes puestos y que, antes de que arrancáramos, llamó a alguien para decirle que ya estaba de camino.
—Sí, esta tarde —dijo. Después escuchó durante unos segundos y añadió:
—Te lo prometo.
No sé por qué me fijé en que no se quitaba los guantes. Tal vez porque resultaba más fácil mirar sus manos que desatender aquella promesa, que ya había empezado a repetirse dentro de mí con una voz distinta de la suya. Yo también había dicho una vez «esta tarde». Lo había dicho de pie, con el abrigo puesto, mientras ella permanecía sentada a la mesa de la cocina y hacía girar una cucharilla dentro de una taza vacía; recuerdo el roce del metal, aquella pequeña insistencia que me irritó porque me obligaba a advertir su nerviosismo, y recuerdo haber mirado el reloj con una ostentación innecesaria, pues todavía me sobraba tiempo para llegar a la estación. Me había pedido que me quedara un momento. Un momento, había dicho, y yo entendí que pretendía hablar de algo que llevábamos semanas evitando, aunque hoy no sabría asegurar quién lo evitaba ni si aquellas semanas existieron de ese modo, bajo la amenaza de una conversación, o si las he ido oscureciendo después para concederme el atenuante de haber tenido miedo. Le dije que hablaríamos a mi vuelta.
—Esta tarde. Y ella dejó quieta la cucharilla.
Durante el viaje pensé varias veces en llamar, con esa facilidad con la que pensamos en hacer lo que todavía creemos que podremos hacer más adelante, cuando lleguemos, cuando terminemos la visita, cuando encontremos un lugar menos ruidoso, y así fui dejando pasar las ocasiones hasta que su hermana me telefoneó y me preguntó dónde estaba. Lo primero que quiso saber fue dónde estaba, y yo le di el nombre de la ciudad, el del hotel, incluso el de la calle, como si una localización exacta pudiera servir de algo o como si ya estuviera procurando demostrar que me encontraba lejos. Desde entonces he contado muchas veces aquella jornada. He mencionado el retraso del tren, la visita al cliente, una comida que se prolongó más de lo previsto; he explicado que llevaba el teléfono en silencio y que, cuando lo miré, devolví la llamada inmediatamente. Todo eso es cierto. La gente escucha los hechos ciertos y les concede una autoridad que a veces basta para ocultar lo que falta. Nunca he contado lo de la cucharilla. Tampoco que, antes de cerrar la puerta, me quedé unos segundos en el recibidor, esperando que ella insistiera, que dijera mi nombre o viniera a buscarme, y que al no oírla sentí alivio. La mujer de los guantes bajó dos estaciones antes que yo. La vi alejarse por el andén y buscar a alguien entre las personas que aguardaban; en cuanto reconoció una cara levantó el brazo, y hubo en aquel gesto algo tan resuelto, una confianza tan sencilla en la presencia del otro, que aparté la vista y fingí interesarme por el teléfono apagado que llevaba en la mano. Cuando llegué ya había oscurecido. Caminé hasta un hotel cercano a la estación y pedí una habitación para una noche. El recepcionista me preguntó si había estado allí antes. Le dije que no, pero mientras rellenaba la ficha reconocí el dibujo de las baldosas y el espejo situado detrás del mostrador, en cuyo borde inferior faltaba un pequeño fragmento de azogue. Quizás la empleada había pronunciado el nombre de aquella ciudad con toda claridad y yo había preferido no escucharlo. Quizás lo había escuchado y llevaba desde la mañana obedeciendo una decisión que aún quería atribuir al azar. En la habitación dejé la maleta sobre una silla y me senté en el borde de la cama, sin quitarme el abrigo. Desde allí veía una mesa estrecha, un teléfono y una taza que alguien había dispuesto junto al hervidor. No era la misma habitación; comprobé la posición del baño, la altura de la ventana, buscando diferencias que me permitieran permanecer allí, pero al cabo alargué la mano hacia el teléfono. Tenía que decirle que me retrasaría. La mano se quedó un momento sobre el auricular, y en ese momento, antes de retirarla, comprendí adónde había llegado. Me había marchado a ninguna parte. Ahora estaba allí, todavía con tiempo de llamar, todavía dejando la llamada para después.


Sin rendición

10.10.26


En la vida te rindes o no te rindes. El final es el mismo aunque el camino cambia. Hay una resistencia que consiste en querer detener lo inevitable, y otra en no aceptar que todo deba suceder como está establecido. La primera nos agota; la segunda puede abrir una posibilidad. No rendirse no es impedir que pase el tiempo. Es seguir tomando parte en la vida mientras pasa. Dejar que nos transforme sin permitir que decida por nosotros qué deseos debemos abandonar, qué palabras ya no podemos decir, qué lugar nos corresponde. El tiempo no es cobarde: transcurre. La cobardía, quizá, sea relegarnos antes de que lo haga nadie, dar por terminado lo que todavía nos importa. El final puede ser el mismo, pero el haber vivido a nuestra manera cambia lo que llevamos hasta él.


La mañana

9.10.26


La mañana pasa ligera, con ese aire de quien tiene tiempo para todo y, sin embargo, nunca se queda. Entra en casa, descorre las cortinas, pone claridad sobre los muebles y enseguida se ocupa de sus cosas. Apenas la oímos. Anda entre nosotros con los pies descalzos mientras limpiamos, trabajamos, preparamos la comida. Nos presta sus horas y nosotros las vamos convirtiendo en una mesa despejada, una tarea resuelta, el olor que empieza a salir de una olla. Parece tranquila. Nadie diría que lleva tanta prisa. Deja un poco de sol en el suelo, se demora en el borde de un vaso, nos toca las manos cuando las acercamos al agua. Y mientras creemos tenerla entera por delante, ella va recogiendo su luz de las habitaciones. Hasta que levantamos la vista y vemos cómo se ha ido, ligera como el pájaro que alza el vuelo, sin un resuello. Queda un temblor de claridad donde estuvo. Quedan las cosas que se fueron haciendo, cada una con un poco de su tiempo dentro: la ropa tendida, el trabajo terminado, la comida dispuesta. En esos pequeños quehaceres gastó su cuerpo la mañana. Quizá por eso cuesta decir adónde se marchó. La buscamos en el reloj, pero algo suyo humea todavía en los platos. Nos sentamos a comer y, sin saberlo, nos llevamos a la boca su última hora. Mañana: la que se va haciendo nuestra vida mientras parece que pasa.


Oquedades

8.10.26


Antes la carta tenía un tiempo de espera incorporado. Escribías sabiendo que el otro tardaría días en leerte, y que tú tardarías otros tantos en recibir su respuesta. Ese intervalo era un espacio de calma, de digestión: mientras el sobre viajaba, las palabras se iban asentando en los dos extremos del camino. Incluso el teléfono fijo tenía su ritual, aquel preguntar si era buen momento, como quien llama con los nudillos antes de entrar. Ahora hemos confundido estar comunicados con tener que estar comunicando todo el tiempo. El móvil en la mano en el supermercado, en el semáforo, a media conversación con alguien que sí está delante. No es que hablemos más, es que no dejamos huecos sin hablar. Y esa cercanía sin pausa no nos ha acercado; nos ha vuelto inquietos. Un mensaje sin respuesta en cinco minutos ya parece un gesto, y uno sin abrir, un desaire. Hemos aprendido a mirar en lugar de atender, a recordar dónde estaba algo en vez de lo que era, a querer la respuesta antes de que la pregunta haya terminado de llegar. Antes, el silencio entre dos cartas también era una forma de escribirse. Ahora no sabemos qué hacer con él, y lo llenamos de cualquier cosa, por miedo a que el otro lo lea.


Quietudes calmas

7.10.26



Recorriendo pasillos hacia la esperanza, esperando a que cambien los días para que vengan buenos, mejores. Un pasillo es una distancia que se habita sin llegar del todo, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en la puerta del fondo, bajo una luz que todavía no es la que buscamos, sino apenas su atisbo, una rendija tibia por la que entra lo justo para resistir el vaivén de los días malos. Mientras tanto, se nos van juntando cosas pequeñas, como piedrecitas que uno recoge en la orilla sin saber para qué: ganas de decir algo bonito, ganas de abrazar a alguien sin motivo, ganas de volver a sonreír sin vigilar la sonrisa. Pedimos calma. Pedimos sosiego, un sitio donde posarnos después de tanto ir y venir, como el pájaro cansado que por fin encuentra su rama. Estar en paz con todo. Alegrarse, sin más, de estar vivo. Mirar hacia el infinito con la mirada perdida y la emoción incendiada. Y entonces echar a volar el día, y que no nos detenga nada. Aunque quizá no se trate de volar, sino de aprender a quedarse quieto en mitad del pasillo. Sacar las manos de los bolsillos. Sentir cómo esa poca luz también nos pertenece.