Cambio de hora
24.5.26
Cuando adelantó el reloj se le movió la vida y supo entonces que estaba muerto en esa hora. No fue una metáfora. A las dos en punto giró las agujas hacia adelante y sintió un tirón leve, interno, como si alguien hubiera arrancado una página sin pedir permiso. Las tres llegaron demasiado rápido. El aire allí era distinto como más fino y silencioso. Intentó recordar qué hacía siempre a esa hora pero encontró un vacío exacto, una habitación cerrada dentro de la memoria. Revisó las fotografías, los mensajes, los recibos, las agendas y nada. Entre las dos y las tres no existía, es más nunca había existido. Entonces comprendió por qué cada año, al cambiar la hora, despertaba cansado, melancólico, ligeramente ajeno a sí mismo. Era el aniversario de su ausencia. Había muerto en esa hora perdida, en ese pliegue mínimo del tiempo que el mundo corrige con indiferencia administrativa. Y desde entonces vivía alrededor de ella sin poder atravesarla jamás.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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