Desdoblamientos

14.5.26


A veces me pregunto por qué vivimos de un modo tan restrictivo, como si las cosas, los actos y las experiencias solo admitieran un sentido. Hay en esa inclinación una pobreza de la conciencia que no es otra que la necesidad de reducir el mundo a una lectura única, de clausurar demasiado pronto sus posibilidades, de someter lo real a una interpretación utilitaria y fija. Pero casi nada es solo lo que parece. Amar un texto es también, de algún modo, amar a quien lo escribió; escuchar una canción puede ser entrar otra vez en una edad perdida; contemplar una fotografía no equivale solo a mirar una imagen, sino a rozar una ausencia; volver a una casa, a un olor o a una voz significa a menudo penetrar en estratos superpuestos de tiempo, memoria y deseo. La experiencia no se agota en su superficie. Se desdobla. Lo que llamamos realidad quizá no sea una materia compacta, sino una red de proyecciones sucesivas. Cada acto verdadero abre una derivación, cada pensamiento desplaza lo visible hacia otra zona, cada emoción modifica el alcance de lo que creíamos percibir. La conciencia no recibe simplemente el mundo, también lo prolonga, lo repliega o lo multiplica y, por eso, nada es del todo literal cuando pasa por el interior de una vida. Y por ello, tal vez una de las tareas más altas del pensamiento consista en resistirse a la lectura única, en aceptar que vivir es también habitar esos desdoblamientos. No para confundir la realidad sino para reconocer que solo se vuelve honda cuando deja de ser plana, ya que la conciencia no refleja el mundo pero lo desdobla.


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