Nos
hemos acostumbrado a pensar en la tecnología como si fuera neutra, como si las
máquinas y los algoritmos existieran en un mundo aparte, ajeno a los conflictos
sociales. Pero esa es la primera gran trampa. Ningún código, ningún sistema de
inteligencia artificial, ningún dispositivo es inocente: todos están
atravesados por decisiones humanas, y por tanto, por ideología.
La
narrativa dominante, la misma que nos repiten en conferencias de Silicon Valley
y en anuncios de Apple, insiste en la idea de que la tecnología es un mero medio
que solo depende del uso que hagamos de ella. Por eso hablan de que lo
peligroso no es la herramienta, sino cómo la uses. Pero esto no es más que un
espejismo cómodo. La realidad es que detrás de cada línea de código hay una
persona que la escribió, casi siempre bajo condiciones precarias y sin
capacidad de decidir el rumbo del proyecto.
Y
no hablamos de un sujeto genérico, sino de un perfil muy concreto ya que son
hombres, en su mayoría blancos, heterosexuales, formados en universidades de
élite norteamericanas, con trayectorias que poco tienen que ver con la mítica
narrativa de “empezar en un garaje”. Son estos grupos, homogéneos y con
visiones del mundo limitadas, los que diseñan sistemas que luego se imponen
como universales y supuestamente objetivos. Lo que hacen no es programar
máquinas neutras, sino exportar su propia cosmovisión disfrazada de eficiencia
y lógica.
El
mito de la neutralidad cumple una función política y es la blanquear el poder.
Si asumimos que la tecnología es imparcial, dejamos de preguntarnos quién la
controla, quién se beneficia y quién queda excluido. Los algoritmos que
seleccionan a qué barrio enviar más policía, qué currículum merece ser
descartado o qué noticia se vuelve viral, no son decisiones naturales, son
elecciones inscritas en código. Y como todo en esta sociedad, responden a
intereses concretos.
Quizás
el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que se convierta en un
monstruo autónomo, sino que nos acostumbremos a verla como una autoridad
incuestionable. Como el jefe final de la mistificación tecnológica, como una
máquina que no solo ejecuta órdenes, sino que dicta el sentido de la realidad
mientras nosotros dejamos de cuestionar su legitimidad. Porque la tecnología
nunca ha sido neutral. Y cuanto antes lo entendamos, más difícil será que nos
gobierne desde la sombra.