Mérito

23.3.26


Durante años nos dijeron que el mundo era una balanza exacta y que cada cual recibiría el peso de su esfuerzo. Era una promesa tranquilizadora ya que bastaba con hacer bien las cosas para que la vida respondiera con justicia. Pero la experiencia —esa forma lenta de la verdad— nos fue enseñando otro cálculo. Existen talentos que no encuentran ocasión y mediocridades que prosperan en terreno fértil. Hay trabajos invisibles que sostienen días enteros y aplausos que caen sobre gestos vacíos. El mérito, cuando se convierte en contabilidad, termina pareciéndose demasiado al orgullo o al resentimiento. Sin embargo, existe otra forma de merecer que no depende del reconocimiento ni del resultado. Está en la fidelidad a lo que se hace cuando nadie mira, en la obstinación de hacer bien incluso lo pequeño, en esa ética secreta que no cotiza en ningún mercado ni garantiza el éxito, pero construye algo más raro como es una conciencia habitable, porque el verdadero mérito no consiste en obtener lo que se espera sino en no traicionarse mientras se espera. El mérito más alto es seguir siendo digno de la vida que se vive, aunque la vida no reparta premios.


Endemoniada

22.3.26


La frase era enigmática, escribió mientras trataba de desentrañar las palabras plasmadas. Después serpenteó en su brazo hasta envolverlo y subió por su cuello. Entró por su boca y por su nariz sin poder evitarlo. Al deslizarse por el fondo de su garganta sintió su sabor amargo y cómo le revolvía el estómago y se volvía visceral y testicular. La frase saltó y rodeó su corazón hasta diluirse en su sangre para llegar a su cerebro que la alumbró, por fin, tras ser esclarecida. Entonces comprendió. No había sido escrita para ser leída, sino para ser habitada. Intentó pronunciarla, pero ya no le pertenecía. Cada sílaba latía con pulso propio, empujando desde dentro, corrigiendo su respiración, acomodando sus pensamientos como muebles en una casa recién ocupada. Se llevó la mano a la boca, no para callarse sino para impedir que saliera, porque ahora lo sabía que si la decía en voz alta, dejaría de ser frase y empezaría a ser mundo.


La vida que te toca

21.3.26


Nos adiestraron para imaginar la vida como un escaparate donde elegir, comparar, desear otra vida distinta a la que tenemos delante, como si la existencia verdadera estuviera expuesta en una vitrina cercana, cuando vivir no consiste en cambiar de escenario sino en aprender a respirar en el lugar que habitamos. Y por eso viven quienes pasan los días negociando con lo que le falta y quienes, con la misma escasez, apagan la tarde con una lámpara, ponen a hervir el agua o parten el pan para que la realidad sea habitable. La diferencia no está en la cantidad de mundo sino en la intensidad con que se lo acoge. La dignidad —esa forma silenciosa de la alegría— suele nacer en lugares imperfectos. No elegimos el punto de partida, ni la familia, ni el cuerpo, ni la época, ni ciertas pérdidas que llegan sin preguntar, pero en ese margen estrecho donde parece que no hay elección comienza el verdadero oficio, el de decidir el tono, la mirada y la forma de estar. Convertir la circunstancia en domicilio porque la plenitud no es una vida sin grietas sino una vida en la que las grietas dejan pasar la luz, ya que se trata de vivir la mejor vida dentro de la vida que nos toca vivir.


¿Y si no hubiera primavera?

20.3.26


Acaso esta primavera nos coge a traición, sin esperanzas mientras el mundo se desmorona a cada paso, como si no hubiera salidas. Flácidas las ilusiones, flojos los sueños, apenas nos sostiene ese rayo de sol tibio que saluda a la mañana y nos recuerda que, incluso en ruinas, el día insiste. Nos queda apretar los dientes, sí, pero también abrir la mano. Porque hay quien quiere arruinarnos la primavera: convertirla en noticia, en decreto, en miedo. Y sin embargo la primavera no pide permiso: sucede. Brota por las grietas, se cuela en la ropa tendida, vuelve verde lo que parecía agotado. Que el mundo vaya con nosotros no es una consigna: es una decisión pequeña y diaria. Caminar, aunque cueste. Respirar, aunque duela. Cuidar, aunque falte. Y defender ese mínimo calor de la mañana como se defiende lo único que aún merece fe. No podrán arruinarnos la primavera si no les cedemos el corazón por mucho que nos duela.


Sin medida ajena

19.3.26


La competencia nace cuando la vida se vuelve un escaparate. Entonces dejamos de mirarnos por dentro y empezamos a calcularnos con la vara de otros. Pero ninguna biografía es conmensurable: no hay dos trayectorias que compartan punto de partida, herencias, heridas ni estaciones de descanso. Compararse es aceptar una aritmética falsa. No hay que demostrar nada porque lo esencial no tiene público. Crecer no es adelantar a nadie, sino ensanchar el propio límite, llegar hoy un poco más lejos de donde ayer nos detuvimos. La única versión que importa no es la mejor ante los demás, sino la más fiel a lo que podemos ser sin traicionarnos. Las comparaciones sesgadas producen victorias vacías y derrotas injustas. Nos obligan a competir en carreras que no elegimos y por premios que no necesitamos. De ese ruido sólo se sale volviendo a la medida interior, a ese ritmo propio que no entiende de podios porque la plenitud no se alcanza cuando superamos a otros, sino cuando dejamos de necesitarlos como referencia.



Tornadizos

18.3.26


La condición humana se vuelve del revés con la misma facilidad que una prenda reversible.



Escritura de choque

17.3.26

 

El presente —dice Deleuze— es un instante sin espesor, y sin embargo pesa. Pesa cuando pienso en los niños que mueren de sida mientras limpio un pescado y el cuchillo resbala por la piel plateada como si la filosofía no hubiera ocurrido. Nietzsche y Heidegger advierten que no somos el relevo de ningún dios, pero hay que pagar la compra, y mientras alguien no llega a fin de mes, otra persona duerme entre cartones con la boca tomada por el sarro y un Tetra Brik como última intemperie. Baudrillard habla de la ilusión del fin, de ese espectáculo del desastre que nunca termina de suceder. Séneca pregunta para qué sirve saber lo que es una recta si no sabemos lo que es la rectitud. Y Cioran remata que ninguna idea ha calmado el miedo a morir. Y, mientras tanto, la casa exige sus gestos mínimos, la vida su sintaxis doméstica. Todo ocurre a la vez y en planos distintos: la ontología y el fregadero, la metafísica y el frío de la calle, la teoría y la ausencia. He visto marcharse a tantos que mi memoria tiene megafonía de andén. Tal vez escribir sea sostener ese choque sin jerarquías y que el pensamiento no nos absuelva de la vida ni la vida nos vuelva analfabetos del dolor.

La sustancia

16.3.26

 

Si el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos, como señaló Borges, cada jornada vendida es una pequeña amputación consentida. Cambiamos horas por dinero y el dinero por objetos que prometen devolvernos, en forma de placer inmediato, lo que ya no tenemos que es una vida disponible. La operación parece inocente porque se llama normalidad. Nos enseñan que ese trueque es el orden natural de las cosas, que nacer consiste en entrar en el mercado del tiempo propio. Trabajamos para vivir —decimos—, pero a menudo vivimos para sostener el mecanismo que administra nuestra ausencia. Lo más inquietante no es la pérdida sino que nos acostumbramos. La esencia no se extravía de golpe: se diluye en hábitos, en compras que sustituyen experiencias, en cansancios que aplazan lo que somos para un después que nunca llega. Y, sin embargo, el tiempo no sabe de salarios ni de precios y sigue siendo la materia irrepetible de nuestra conciencia. Quizá la verdadera resistencia consista en recordar que no somos aquello que adquirimos sino aquello a lo que decidimos dedicar nuestras horas.

El oráculo

15.3.26

 

Algunas noches miro por la ventana y veo cómo un humillo blanco se eleva desde los edificios. Son los sueños que se le evaporan a la gente. He fabricado una máquina que captura ese humo y traduce los sueños. Al principio, solo eran palabras sueltas: caer, volver, nadie. Luego llegaron frases más completas, todavía húmedas y tibias: no cierres la puerta, todavía está aquí, no era un accidente. Mi máquina las imprimía en tiras de papel que se enroscaban en el suelo, como serpientes cansadas y durante semanas, leí sueños ajenos con la discreción de un ladrón. Hasta que una noche, la máquina dudó. El humo tardó en traducirse. Tembló dentro de los tubos, como si no quisiera convertirse en lenguaje. Finalmente, la impresora comenzó a escupir una sola frase, repetida una y otra vez: Te está mirando. Apagué la máquina pero el humo seguía entrando por la ventana.



El primer no

14.3.26


Camus definía al rebelde como quien dice no. Pero ese ‘no’ no nace en la plaza pública ni en los manifiestos, aparece mucho antes, en la cuna, cuando el niño aparta la cuchara, gira la cabeza, rechaza el límite que aún no comprende. Más que una consigna es un aprendizaje, porque al negar se delimita el mundo y se delimita a uno sí mismo. Ese primer ‘no’ no es ideológico, es ontológico. No busca derribar un poder sino probar su propio contorno. El bebé se niega y, en esa negativa, se inaugura como alguien distinto de lo que lo rodea. Dice ‘no’ para existir y, después, con los años ese gesto se complica. La negación se vuelve argumento, riesgo, ética. Ya no sirve sólo para saber dónde termina la mano del otro, sino para defender un territorio interior. El rebelde adulto conserva algo de aquella infancia, ya que la intuición de que aceptar sin examen es disolverse y toda conciencia comienza poniendo un límite porque el ‘no’ no es lo contrario al sí, es lo que lo nos vuelve verdaderos.


Cúspide

13.3.26


Si la vida es una escalera, los últimos peldaños son los que más cuestan subir.



Igualdad

12.3.26


En matemáticas la igualdad es exacta porque dos magnitudes con el mismo valor ocupan el mismo lugar en la ecuación. No hay jerarquía posible entre ellas. El signo igual no admite privilegios ni sospechas y sólo reconoce equivalencias. En la vida, en cambio, el valor no garantiza la equivalencia. Dos personas pueden compartir talento, dignidad o esfuerzo, y sin embargo ser medidas con balanzas distintas. El cálculo humano introduce variables invisibles como el origen, la apariencia, la fortuna, el rumor y donde debería haber simetría aparece el rango. Nuestra aritmética moral está llena de errores de base y sumamos prestigio a lo que sólo es ruido, restamos mérito a lo que no sabe exhibirse, multiplicamos la apariencia y dividimos la justicia. Tal vez por eso el signo igual conmueve y señala, con una sobriedad que nos desmiente, cómo debería ser el mundo igualitario.


El tiempo contrario

11.3.26


Mientras las horas avanzan con su disciplina de calendario, existe otro tiempo que no obedece a los relojes, sentimental y memorístico, que se mueve en dirección opuesta, como si desandara lo vivido para volver a palparlo. Un tiempo que no mide pero pesa, que no transcurre pero retorna. En ese tiempo la infancia parece estar más cerca que el día de ayer y una pérdida de hace años es como si ocurriera esta mañana. Es un tiempo inexacto, pero verdadero que se dilata en una canción, se detiene en un olor y retrocede en una fotografía. No cuenta minutos y abre profundidades. Vivimos en esa doble cronología, la que envejece el cuerpo y la que insiste en lo que fuimos. La primera nos lleva hacia delante y la segunda nos devuelve. Por eso, a veces, comprendemos que no recordamos para saber qué pasó sino para saber qué sigue pasando por nosotros.


Antes del final

10.3.26

 

Llega un momento donde la vida parece cerrarse como una puerta que ya no vamos a empujar. No es la muerte lo que se presiente sino más bien la sensación de haber llegado tarde a uno mismo. Todo parece irrevocable, como si el tiempo hubiera fijado su veredicto y, sin embargo, es entonces cuando se vuelve más urgente la bondad que llevábamos aplazada. Lo bueno que somos —esa reserva silenciosa de ternura, de comprensión, de palabras no dichas— pide aflorar con una claridad, no para salvar la vida sino para salvar su sentido, porque lo irremediable no está en que algo termine sino en que acabe sin haber sido dado, ya que hay una forma de victoria que sólo aparece al final como es dar lo que éramos, porque cuando la vida ya no tiene solución todavía contiene el sentimiento de lo que hemos sido.

Fascinaciones

9.3.26


Si la palabra es seductora, el ejemplo es cautivador.


Contrariedad

8.3.26


Tras su vuelta, el primer deseo de Lázaro fue que al morir fuera incinerado. No lo dijo con miedo, sino con pudor como quien ha visto algo que no debe ser visto dos veces. Desde que regresó, todos le tocaban los brazos, le hablaban alto, reían como si el ruido pudiera fijarlo al mundo pero Lázaro caminaba con cuidado, como un huésped que no quiere romper nada. El aire le parecía pesado y respirar era una obligación que había olvidado. Por las noches, permanecía despierto, no por insomnio, sino por precaución. Temía cerrar los ojos y encontrarse otra vez allí, en ese lugar sin tiempo donde nada duele, donde no se pasa hambre, ni se tiene sed ni se tiene nombre. Aquí, en cambio, todo tiraba de él: el peso del cuerpo, el ardor de la sangre, la fatiga de estar vivo. Incluso el cariño le resultaba exigente.
Una mañana, Marta lo encontró mirando el fuego.
—Hermano —dijo—, ¿qué buscas?
Lázaro tardó en responder.
—El final verdadero.
Ella lloró. Él no porque había comprendido algo que los demás ignoraban y es que la muerte no era lo terrible. Lo terrible era regresar.


Exilio

7.3.26


No es la falta de compañía lo que más aísla, sino la pérdida de lugar dentro de uno mismo. La soledad física todavía permite el diálogo interior, la conversación con los recuerdos, el hilo invisible que nos ata a lo vivido. El exilio personal, en cambio, rompe esa geografía: uno sigue habitándose, pero como extranjero. Viven días en que hablamos, trabajamos, cumplimos, y sin embargo todo ocurre lejos, como si la vida le sucediera a otro. No hemos salido de la casa ni de la ciudad, pero hemos sido desalojados de nuestra propia conciencia. Ese destierro no se nota desde fuera: sonríe, responde, participa. Sólo por dentro se oye el eco. La soledad es una circunstancia y el destierro una fractura, y por eso hay multitudes que no acompañan y habitaciones que sí lo hacen, porque estar solo es no tener a nadie y estar exiliado es no tenerse.


No hay que subordinar ni las oraciones

6.3.26


Hay una pedagogía secreta en la gramática. Nos enseñaron a subordinar antes que a pensar, a depender de un verbo principal, a aceptar un sentido que viene de arriba, a vivir en función de otro núcleo. La subordinada es correcta, pero no es libre. Con los años descubrimos que esa sintaxis se vuelve costumbre moral. Hablamos pidiendo permiso, opinamos con prólogo, sentimos con cautela. Nuestra voz aparece enlazada a autoridades, a consensos, a un “porqué” que la legitime, como si la dignidad necesitara una oración principal que la sostenga. La independencia, también en el lenguaje, es una forma de intemperie. La frase breve se queda sola ante el mundo y no explica, no se excusa, no se apoya, tan solo se afirma, por eso incomoda, parece tajante y es rara. Escribir sin subordinadas no es una norma estilística, es un aprendizaje de la conciencia.


Fatigosos

5.3.26


Es comprensible que, para algunas personas, la normalidad resulte extenuante.


Lo que me desespera

4.3.26


No es el porvenir lo que más me pesa. El porvenir, incluso cuando se presenta oscuro, conserva la cortesía de lo incierto. En él aún cabe la imaginación, esa forma menor de la esperanza. Lo que verdaderamente me fatiga es lo que se repite sin promesa como una conversación que no avanza, el trabajo que no transforma, la emoción que no encuentra salida. No temo tanto lo que vendrá como lo que insiste porque la desesperación no tiene rostro de catástrofe, sino de rutina. Y así, el futuro, por terrible que sea, siempre llega de una vez, pero la desesperación, en cambio, se administra en pequeñas dosis diarias. Por eso hay días en que no necesito que algo cambie de golpe, sino que algo, por mínimo que sea, deje de repetirse, porque el miedo mira hacia delante, pero el cansancio mira alrededor. Y sólo este último sabe dónde vivo.


Exacciones

3.3.26


Necesito fracasar cada vez que lo intento porque ahí radica mi triunfo.


La máscara y el eco

2.3.26


Schopenhauer aconsejaba una forma discreta de supervivencia, pensar como la minoría y hablar como la mayoría. No por cobardía, sino por economía del espíritu. La verdad interior necesita silencio para no ser devorada por el mercado de las opiniones. La lucidez, cuando se exhibe sin mediación, se convierte en ruido o en castigo. Vivimos entre esa doble contabilidad de lo que comprendemos y lo que decimos, lo que somos y lo que conviene que parezcamos. Hay en ello una leve esquizofrenia funcional, una cortesía hacia el mundo. La inteligencia se guarda como una carta que no siempre debe jugarse pero nuestra época ha invertido la consigna y ahora pensamos como la mayoría —con los pensamientos ya hechos, las emociones ya aprobadas— y hablamos como antisociales. Emitimos hacia el vacío una singularidad de escaparate que es una diferencia sin riesgo. Nunca hubo tantas voces propias y nunca tan poco pensamiento propio. La adaptación, antes estrategia de los prudentes, es hoy la atmósfera misma. Tal vez la verdadera disidencia no consista en decir lo que nadie dice, sino más bien en pensar lo que aún no es coral porque la soledad no empieza cuando nadie nos escucha sino cuando dejamos de escucharnos.


Humedad

1.3.26


El niño pidió un poco de más sed. Tenía mucha agua. Le sobraba en los bolsillos, en las mangas, en el hueco tibio de las rodillas. Cuando caminaba, el suelo quedaba oscuro detrás de él como si lo hubiera pisado la lluvia.
—No quiero más agua —dijo—. Quiero necesitarla.
La madre lo miró sin comprender, secándose las manos en un paño que nunca terminaba de secarse. Desde hacía días, el niño goteaba. No era algo grave, dijeron los médicos. No era algo urgente, dijeron los vecinos. No era algo, en realidad, que pudiera explicarse sin incomodar a nadie. Por las noches, el niño apoyaba la oreja en la almohada y escuchaba en sus adentros como el agua se movía despacio, como un animal dormido que respirara. A veces soñaba con el desierto y en el sueño caminaba bajo un sol blanco. Su piel estaba seca y sus labios agrietados y cada paso dolía, cada instante era una espera. Y entonces, en el sueño, era feliz porque por fin tenía sed. Al despertar, la cama amanecía húmeda. Una mañana, la madre entró en su habitación y lo encontró quieto, sentado en el borde de la cama.
—¿Ya no goteas? —preguntó. El niño negó con la cabeza. Estaba seco. Se tocó los brazos, el pecho, la cara. No quedaba agua en él. Solo una sensación nueva, ligera y luminosa.
—¿Qué pasó? —susurró ella. El niño sonrió con una calma que no parecía de su edad.
—Aprendí a subsistir —dijo. Y por primera vez, no dejó huellas al caminar.


Sin norte

28.2.26


Ahora cada generación llega con más respuestas pero se le agotan antes las preguntas.


Lecciones de vida

27.2.26


La abundancia enseña a desperdiciar lo que la escasez obliga a cuidar.


El aire que nos habita

26.2.26


Respirar: llenarte del aire de los días como quien vuelve a habitar. Volver a sonreír a pesar de los pesares, no por negar el golpe, sino por no entregarle la casa. Reconocerte en el gesto sencillo de una caricia, en la alegría sin explicación, en esa luz breve que se enciende cuando alguien te mira con ternura. Palparte en tu sentir: comprobar que aún duele, que aún late, que aún te importa porque estar vivo no es solo seguir, es sentir. Sentir incluso cuando cansa. Sentir incluso cuando asusta. Saber que la vida no siempre tiene brillo pero siempre tiene aire. Y entonces, sin épica, sin ruido, ocurre lo esencial, que es saberse vivo, no porque todo vaya bien, sino porque todavía eres capaz de agradecer un segundo, de nombrar un afecto, de cuidar un instante como si fuera la única moneda real. Vivir es respirar y, aun así, elegir la alegría.


Desinfecciones

25.2.26


Es necesario despiojar el pensamiento de las ideas que lo parasitan.


Pasar del tiempo

24.2.26


Lo peor no es envejecer: lo peor es desmemoriarse de lo sensible. Olvidar aquello que nos fue construyendo, esas minucias decisivas que nos hicieron: la tierna infancia inocente; la adolescencia briosa, hecha de hambre y vergüenza; la juventud indolente y atrevida, cuando el futuro parecía un animal dócil. Olvidar el amor a flor de piel, la vida sin ambages, esa manera antigua de sentirlo todo sin negociar con el miedo. Envejecer es sumar años, olvidar es perderse porque la memoria no es un álbum. Sin ella nos volvemos correctos pero vacíos, eficaces pero ajenos. Y entonces ya no recordamos qué nos emocionaba, qué nos dolía, qué pensamos no traicionar. A veces el olvido llega con buena educación y lo llamamos madurez, prudencia, realismo. Y sí, hay que aprender a vivir aunque no al precio de borrar la casa donde aprendimos a ser. Guardar la infancia no es infantilismo: es fidelidad. Guardar la adolescencia no es nostalgia: es reconocer el barrio del que venimos. Guardar la juventud no es vanidad: es rescatar el coraje que nos hizo ser atrevidos. Los años no nos quitan la vida, nos la quita olvidar lo que sentimos.


Rigores

23.2.26


El tiempo cumple siempre, inexorablemente, su sentencia.


Difuso

22.2.26


Dicen que hay hombres que envejecen de golpe, como los relojes que se paran a medianoche. X, en cambio, envejeció despacio, con la puntualidad triste de las hojas que caen sin hacer ruido. Era escritor, o al menos eso decía cuando alguien le preguntaba, pero en verdad se pasaba los días paseando y fotografiando pajarillos. No los grandes, no los orgullosos, no las aves que salen en los libros ilustrados. A él le gustaban los que nadie mira, esos que tiemblan en las ramas bajas, los que parecen pedir permiso para existir.

Había enviudado hacía tiempo. Tanto, que el tiempo mismo había perdido el contorno de su ausencia. Al principio hablaba solo en casa, por costumbre. Luego, ni eso. El silencio se volvió un mueble más, quizá el más fiel. Tenía una hija que era azafata de vuelo y desde que decidió volar, no le hablaba. No fue una discusión. No hubo portazos ni frases memorables. Solo una decepción tan fina que no se veía, pero lo cubría todo. Él siempre había tenido los pies en la tierra. Había enseñado literatura durante treinta y cinco años, convencido de que el mundo cabía entero en un verso bien leído. Había soñado que ella seguiría sus pasos, que heredaría su manera de subrayar libros y que algún día le diría «papá, escucha esto». Pero ella eligió el cielo, que es el lugar donde no se puede dejar huella.

Una tarde de invierno, X fotografió un gorrión posado en una señal de tráfico. El pájaro parecía indeciso, como si dudara entre quedarse o desaparecer. X pensó, sin saber por qué, que todos somos ese gorrión. Reveló la fotografía en casa. El pájaro había salido borroso, casi ausente, solo una mancha leve, un temblor. Le gustó al entender algo que nunca había escrito, que no se pierde lo que se va sino lo que deja de volver. Esa noche soñó con su hija que no llevaba uniforme y era una niña. Le pedía que le leyera algo y él, en el sueño, buscaba un libro que no existía todavía.


Erguirse

21.2.26


Caer es el primer paso para volver a estar en pie.



Actoral

20.2.26


Subir al escenario de la vida a interpretar tu papel y entrar sin anunciarte, decir tu texto como puedas, sostener la mirada aunque tiemble la voz. Aparecer y desaparecer. No hay bises, no hay aplausos garantizados, y el telón cae incluso cuando todavía crees estar en el primer acto. Lo raro es que, aun sabiéndolo, seguimos buscando público, alguna aprobación que nos confirme, una ovación que nos absuelva del miedo. Pero la vida más que teatro, es un ensayo único. Nadie repite la escena del perdón, ni la del «te quiero» dicho a tiempo, ni la del abrazo que llega cuando hace falta. Todo ocurre una sola vez, y esa es su belleza y su herida. Quizá por eso conviene actuar con humildad, no para gustar, sino para ser auténtico. Hacer bien lo pequeño, cuidar el tono, no convertir al otro en figurante y cuando toque salir, salir sin rencor, como quien deja el escenario limpio para que otros acudan. La única ovación que cuenta es haber estado a la altura de tu propio silencio.


Desvelado

19.2.26


Claro que sé lo que soy, perfectamente. Y eso es lo que me quita el sueño.



Mundo ofuscado

18.2.26


El mundo ahora es confuso. Antes también lo era, pero parecía nítido. No porque fuese más claro, sino porque teníamos menos pantallas para mirarlo y menos ruido para llamarlo verdad. La confusión actual no nace solo de lo que pasa, sino de cómo nos llega a ráfagas, en titulares, con alarmas. Vivimos rodeados de explicaciones instantáneas que se contradicen con la misma seguridad. Y así el mundo no se vuelve más complejo, en todo caso se vuelve más opaco, como un cristal manchado de prisas. Antes la niebla también estaba, pero la distancia la disfrazaba de horizonte. Había menos datos y más relato; menos versiones y más costumbre. Lo nítido era, muchas veces, una forma de ignorancia amable. No es que el mundo se haya roto, es que lo vemos demasiado y lo entendemos menos.


Expandidos

17.2.26


Los pequeños gestos son los que nos hacen grandes.


Palabras de paz

16.2.26



Se nos ha ido metiendo el belicismo por la rendija de la lengua. Entra sin botas, sin estruendo y llega como muletilla, como chiste, como frase hecha, y se queda a vivir en la conversación y en los párrafos. Decimos que hay que estar al pie del cañón, y la responsabilidad se nos vuelve artillería. Decimos que alguien está en el punto de mira, y la discrepancia adopta forma de mira telescópica. Incluso cuando queremos arreglar el daño decimos hacer las paces, como si la paz fuera un acuerdo firmado al final de una batalla, y no un modo de estar antes de que empiece. Lo inquietante no es la metáfora —la metáfora es una herramienta antigua y hermosa—, sino la costumbre de elegir siempre el mismo glosario. Llamamos lucha la vida, trinchera a la dignidad, disparos a las críticas y ‘estrategia’ a la convivencia. Y sin darnos cuenta, el mundo queda escrito como un campo de maniobras donde todo se conquista, todo se defiende, todo se impone. La lengua, que debería ser casa, acaba siendo cuartel. Y a fuerza de nombrar así terminamos estando tensos y en alerta, como si la calle fuera un frente y el otro el enemigo. Desconfío de esa épica de bolsillo, no porque ignore el dolor real —hay guerras fuera de las frases—, sino porque el lenguaje bélico tiene un vicio y es que necesita adversarios. Donde hay blancos hay puntería, donde objetivos daño colateral, donde victorias derrotados. Y no todo en la vida admite vencedores porque a veces basta con un gesto, un perdona, un gracias o un te escucho. A veces el coraje no es estar al pie del cañón, sino bajar el arma de la boca. Me planteo, entonces, otro vocabulario menos brillante quizá pero más respirable. En lugar de estar en guerra con el mundo estar al lado, en vez de poner a nadie en el punto de mira ponerlo en el centro de la escucha, y no hacer las paces como quien firma la rendición sino como quien riega una planta, diariamente, sin espectáculo, con paciencia. Cambiar ataques por preguntas, defensas por explicaciones, estrategias por cuidados y sustituir el fragor por el tacto, porque la paz también es una palabra y las palabras, si se repiten, educan y por ello, que la lengua no nos entrene para disparar, que nos ejercite para convivir, porque el mundo no se salva a cañonazos sino en voz baja y con las manos abiertas. La paz empieza cuando dejamos de hablar como si fuéramos a ganar.


Última mirada

15.2.26


Cerró la verja del colegio cuando ya no quedaba nadie. El metal chirrió como cada tarde, puntual, obediente. Miró hacia el patio del recreo, vacío de gritos y carreras, y la vio allí, a la soledad jugando al balón contra un muro desconchado.

El conserje no se sorprendió. La había visto otras veces, siempre cuando el último niño se marchaba y el eco se quedaba sin cuerpo. Daba patadas suaves, sin ganas de marcar, solo para oír el golpe seco y el rebote.

Pensó en abrir de nuevo la verja, pero comprendió que nadie la vendría a recoger. Así que apagó las luces y se fue, dejándola jugar hasta que anocheciera. A la mañana siguiente, el balón seguía en el centro del patio. La soledad no.



Genéticas

14.2.26


Cada amor lleva en su ADN un destino.



Reescritura

13.2.26


Cito a Michel Foucault: «No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo». La frase incomoda porque desarma la cortesía con la que solemos fijarnos en el nombre, el oficio, la etiqueta. Una biografía rápida para que el otro nos archive y nos maneje sin sobresaltos. Preguntar quién eres a veces suena a interés, pero también puede ser un modo suave de exigir estabilidad para que no cambies y así no me obligas a actualizarme. Hay identidades que funcionan como un contrato cuando firmas una versión de ti y, desde entonces, te piden cumplirla. Si te sales del guion parece traición. Si evolucionas parece inconsistencia. Y, sin embargo, la vida rara vez premia la inmovilidad sino que más bien premia a quienes nos prefieren previsibles. El mundo adora lo repetible porque le facilita el juicio, el chiste y el castigo. Por eso me defiendo de esa pregunta cuando pretende clausurarme. No porque niegue lo que he sido, sino porque me niego a obedecerlo como destino. Cada experiencia añade una nota al margen, cada dolor corrige una frase y cada encuentro reordena un párrafo. Ser el mismo todo el tiempo sería, en el fondo, renunciar a aprender. Y más que una firma soy una reescritura.

 

Dos órdenes

12.2.26


«El orden del egoísmo genera una atmósfera de desconfianza y suspicacia. El orden de la igualdad inspira confianza y solidaridad», escribe Zygmunt Bauman. Dos climas morales, dos respiraciones sociales. En el primero, cada gesto se interpreta como amenaza, en el segundo, como posibilidad de cuidado. El orden del egoísmo suele ir apadrinado por las estructuras de poder y premia la competencia, normaliza la sospecha, convierte al otro en obstáculo o instrumento. Tiene una eficacia fría ya que funciona incluso cuando nos daña, porque se alimenta de miedo y de necesidad. El orden de la igualdad, en cambio, nace del anhelo del altruismo y no es ingenuidad, sino una apuesta por lo común. No elimina el conflicto, pero lo civiliza, tampoco suprime el interés, pero lo encuadra en límites compartidos. Un orden se sostiene por la desconfianza, el otro por la dignidad del nosotros.


Piezas

11.2.26


¿Cómo se puede perder un imperdible?


Atestación

10.2.26


Si el mundo es como es, es porque sobre él pesan todos los conocimientos y todos los avances como la ciencia acumulada, la técnica o las conquistas de la razón. Pero pesan también, con igual terquedad, todas las necedades. La historia no progresa por sustitución, sino por superposición. Nada se borra del todo: lo nuevo se edifica sobre lo anterior y arrastra sus residuos. Por eso convivimos con logros prodigiosos y con torpezas primitivas, con lucidez y con superstición, con precisión y con ruido. El mundo no es solo lo que sabemos, es también lo que seguimos sin aprender.


Basurales

9.2.26


En la órbita terrestre gira una basura que no huele, pero amenaza con decenas de miles de objetos rastreados, con fragmentos que viajan tan rápido que un choque mínimo puede volverse catástrofe. La contaminación de arriba tiene nombre de presagio porque cuanto más se fragmenta, más probable es que se divida de nuevo. Abajo, en la Tierra, en cambio, los vertederos crecen con una paciencia monstruosa. El planeta genera millones de toneladas de residuos sólidos a diario. Pero existe otra basura —más insidiosa— propia del mundo actual y es la que se vierte en las redes. No ocupa espacio físico y, sin embargo, lo obstruye todo: la atención, la conversación, el criterio. Es un residuo de frases sin lectura, certezas sin prueba, indignaciones de usar y tirar. Y como todo vertedero, termina filtrándose, contaminando el conocimiento y empobreciendo el pensamiento crítico, poque si hay basuras que arruinan el paisaje, esta está arruinando la mente.


La paradoja numérica

8.2.26


Un hindú sentado en una piedra frente a un riachuelo pensó en el número cero y enloqueció. No fue un arrebato repentino, sino una comprensión lenta, como el agua que insiste. Al principio creyó haber encontrado el origen de todo, una cifra que no suma ni resta, pero permite que las demás existan.

Luego entendió que el cero no era un número, sino una frontera que al colocarse delante de cualquier cosa la multiplicaba, y al quedarse solo la anulaba y pensó entonces en sí mismo, en su nombre, en su vida, y se preguntó dónde se colocaba él respecto a ese vacío perfecto.

Cuando comprendió que bastaba un cero a la derecha para convertirlo en algo, y uno a la izquierda para devolverlo a la nada, dejó de pensar o quizá fue el pensamiento el que, por fin, se quedó sin él.


Despilfarro

7.2.26


Cuando todo está al alcance de la mano, el gesto de cuidar se vuelve innecesario y el de desperdiciar, automático. Acumulamos por si acaso, usamos sin mirar, tiramos sin culpa. La abundancia convierte los recursos en un paisaje de fondo y ahí aparecen inagotables y no exigen gratitud. Pero nada que se da por eterno lo es. Lo que sobra hoy es la escasez de mañana y el despilfarro es la forma que adopta la abundancia cuando ha olvidado el límite y por ello en la abundancia nos anestesiamos.


Patología temporal

6.2.26


Somos enfermos terminales del tiempo presente.



Cara B

5.2.26


¿Qué parte del progreso humano no tiene cara A y cara B? Como aquellos vinilos de 45 rpm donde por un lado sonaba la canción que queríamos repetir, mientras por el otro estaba ese otro tema que nada nos gustaba. Y con el progreso hacemos lo mismo ya que celebramos la melodía de lo nuevo y dejamos para después el ruido —inevitable, diferido— de sus consecuencias. Volvemos el disco solo cuando ya no nos queda otro remedio. Cada avance trae su entusiasmo y su factura. La velocidad promete libertad y nos roba paciencia; la comodidad alivia y adormece; la conexión acerca y dispersa. La cara A es luminosa y publicitaria: cura, acelera, conecta, simplifica. La cara B llega después, sin estribillo: dependencia, prisa, residuo, desigualdad, ruido. Nadie la pone en la radio, pero acaba sonando en la vida diaria. No hay progreso sin reverso. El problema no es que exista una cara B, sino creer que el progreso puede evitarla.


Memoria del cuidado

4.2.26


¿Sólo quien acepta lo frágil se vuelve capaz de sostener lo profundo?



La realidad clicada

3.2.26


La inmediatez es el atuendo diario del ser humano actual, el gesto que lo identifica con precisión. No hay calma ni espera y la paciencia se ha vuelto una excentricidad. Vivimos entrenados para que todo responda al instante y por eso el mundo se reduce a un botón y la vida a una sucesión de clics. Decidimos, elegimos y descartamos sin tiempo para que el deseo madure o el sentido aparezca. Cuando todo se obtiene al instante, nada termina de ocurrir.


Pestañeo

2.2.26


En un texto védico no revelado se dice que con cada parpadeo pasamos una página del libro de la memoria. No leemos, más bien somos leídos por el tiempo. Cada instante cae sin ruido y se archiva en un lugar al que rara vez regresamos conscientes de su pérdida. Por eso la fenomenología poética no explica el mundo, tan solo lo atiende. Observa cómo la experiencia se disuelve mientras sucede, cómo la conciencia se ensancha cuando acepta que nada permanece idéntico tras ser mirado. Ver es ya perder un poco y por ello vivimos pasando páginas sin saber el título del libro. Parpadear es recordar que estamos leyendo al revés.


La novela de su vida

1.2.26

Siempre me ha fascinado el tipo de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.

Comenzó La vida posible una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’ al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así, claro.

Al principio, Ángel escribía a ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.

El manuscrito creció despacio, pero creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia impecable de los parásitos educados.

A veces, al releer su historia, tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado, Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien lo guía hacia su narrador».

Una mañana, Ángel encontró un capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.

«Coincidencia», pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma discreta de amenaza.

Aquí debería decirse algo importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta, buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo lo natural entonces que fue intentar corregir.

Desde aquel día escribió con cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y que, simplemente, te sigue.

Y aquí ocurre lo que siempre ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes. Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al margen.

En otro libro inexistente, el Tratado breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó esa frase con violencia.

Dejó de dormir con descanso y se acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron los años, y los años, cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio, más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz donde alguien seguía despierto.

Esa noche soñó que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos, lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas. Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo. Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió, con una claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.



Apocalipsis

31.1.26


El mundo se ha acabado tantas veces que una más ya no importa.



De frente

30.1.26


A las cosas nuevas hay que enfrentarse con curiosidad y amor al conocimiento. No desde el prejuicio ni desde el miedo, sino desde la disposición a aprender. Así ocurre también con la inteligencia artificial que no conviene abordarla con complejos ni con alarmas heredadas. Toda novedad incomoda porque obliga a pensar de nuevo. Pero rechazar lo que no entendemos no nos protege sino que nos empobrece. La pregunta es siempre más fértil que la negación. Más que temer, al futuro hay que estudiarlo.


Arcanos

29.1.26


La mayor ideología es pensar una idea.



Lo necesario

28.1.26


La gente necesita pan, cariño y metáforas para afrontar la vida. El pan sostiene el cuerpo; el cariño, la fragilidad cotidiana; las metáforas, aquello que no sabemos nombrar de otro modo. Sin ellas, la realidad se vuelve áspera y literal, demasiado dura para ser habitada sin daño. No son los grandes gestos los que mantienen el mundo en pie, sino los actos mínimos: quien comparte el pan, quien ofrece afecto sin pedirlo, quien dice una palabra que ilumina lo oscuro. Como escribió Jorge Luis Borges, «esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».



Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



El lazarillo

25.1.26


La ceguera le llegó al escritor sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes. Para no dejar su historia a medias buscó un lazarillo que le prestara los ojos y la paciencia. Al principio tropezaban pero con el tiempo aprendieron a caminar al mismo paso. El escritor seguía narrando y el lazarillo escribía, pero a veces añadía una palabra que no estaba dictada, una frase que parecía suya. El escritor no protestaba: también sus personajes empezaban a desviarse. Así fueron creciendo dos historias. En una, un hombre perdía la vista y encontraba compañía. En la otra, un muchacho descubría que escribir era otra forma de mirar. Y como vivían juntos, las palabras se mezclaban y los personajes cruzaban de un cuento a otro sin pedir permiso. Cuando el libro terminó, ninguno supo decir quién lo había escrito del todo ni quien sabría leerlo.


Propiedad enajenada

24.1.26


Tener un mundo propio es tener la garantía de que algo nos pertenece.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.


Tardo

21.1.26


Pienso que siempre me retraso para adelantarme al futuro. Llego tarde a lo inmediato, a lo que urge y reclama prisa, pero quizá por eso mismo alcanzo a ver un poco más allá. Mientras otros corren, yo demoro el paso y observo. El retraso no siempre es torpeza, a veces es también resistencia. No todo avance se mide en velocidad. Hay quienes llegan antes porque no se detuvieron a pensar, porque confundieron llegar pronto con llegar bien. Tal vez el futuro no se alcanza corriendo, sino demorándose en comprender.


Marca

20.1.26


Existe un tiempo en que el mundo parece hecho a nuestra medida. Todo encaja, todo responde, como si la realidad hubiese sido pensada para sostenernos. Es un instante breve, casi un espejismo, pero suficiente para hacernos creer que habitamos el centro. Pronto comprendemos que esa armonía era prestada. Lo efímero y lo ilusorio no son defectos del mundo, sino rasgos de nuestra condición. Así se dibuja la ontología humana, creer por un momento que todo nos pertenece y aprender después que nada nos es correspondido. La vida no se ajusta a nosotros sino que somos nosotros quienes pasamos por ella.


Ágrafos

19.1.26


Durante siglos —quizás milenios— gran parte de los pueblos africanos vivieron sin escritura. No por carencia, sino por elección de la voz. Y, sin embargo, florecieron relatos, fábulas, leyendas y poemas que viajaron de boca en boca como semillas resistentes al tiempo. Nada quedó fijado en papel, pero todo quedó grabado en la memoria compartida. La tradición oral no conserva palabras pero conserva ritmos, imágenes, gestos, modos de mirar el mundo. Cada narrador no repite, sino que renueva y que algo no esté escrito no lo vuelve frágil sino que, en ocasiones, lo hace más vivo.



Al detal

18.1.26


—Te compro ese pensamiento. ¿Cuánto vale?
—¿Te gusta? No tiene precio.
—Sí, me gusta cuando piensas en mí.
Pagó con silencio y se quedó con el pensamiento… aunque ya no era suyo.



Las ideas

17.1.26


La mayor ideología es pensar una idea. Antes de cualquier sistema, partido o doctrina, hay un gesto más profundo como es el de creer que un pensamiento puede ordenar la realidad. En ese acto mínimo ya se ha trazado una frontera entre lo que importa y lo que debe quedar fuera. Una idea no es inocente. Selecciona, excluye, jerarquiza. Incluso la más libre termina por convertirse en un filtro desde el que miramos el mundo. Pensar es empezar a tomar partido, aunque no lo sepamos. No vivimos dentro de ideologías, lo hacemos dentro de ideas que se creen imparciales.


Plutócratas

16.1.26


La dicha nace de cuidar lo que es, no de lamentar lo que falta. Por eso debemos alegrarnos por aquello que poseemos y no entristecernos por lo que deseamos. La gratitud es una forma más sabia de riqueza que el deseo.



Las nubes

15.1.26


¿Has visto las nubes? No tienen otra preocupación que desleírse en el azul del cielo. No guardan forma ni memoria. Nacen, se transforman y se dejan ir. No se aferran a lo que fueron hace un instante. Nosotros, en cambio, acumulamos inquietudes como quien amontona nudos. No sabemos disolvernos en el presente o preferimos cargar con lo que ya pasó o con lo que aún no existe. La mente se vuelve un cielo saturado donde nada termina de pasar. Las nubes son libres porque saben desaparecer. Nosotros seguimos presos de lo que no soltamos.

El ajedrecista

14.1.26


El escritor es un ajedrecista de las palabras. Cada obra es una partida en soledad contra lo imaginado, contra los fantasmas que lo habitan y las derrotas que lo esperan. No escribe para vencer, sino para sostener el juego. Mover una palabra es arriesgar una vida mínima, perder una frase es aprender una forma nueva de avanzar. La estrategia no busca dar jaque mate, es el juego que enamora y es el baile de las piezas.


El espejo

13.1.26


El verdadero riesgo no es equivocarse sobre el otro sino no llegar nunca a verlo. Atrapados en el espejo del ensimismamiento, miramos en los demás aquello que nos representa. No nos acercamos al otro para conocerlo, sino para confirmarnos. Buscamos en sus gestos, en sus palabras, en sus errores y virtudes, una versión de nosotros mismos que nos resulte soportable. Así, el otro deja de ser presencia y se vuelve superficie, igual a una pantalla donde proyectamos deseos, miedos y viejas narraciones del yo, y la relación se convierte en reflejo y no en encuentro.


Lanzamiento

12.1.26


En la botadura de un barco se rompe una botella contra el casco para invocar fortuna. El gesto no garantiza el viaje, pero inaugura la esperanza. Algo parecido ocurre con el pensamiento que cada día arrojo una idea al mar y pronuncio sobre ella un conjuro mínimo, como si bastara nombrarla para salvarla del hundimiento. Pensar es lanzar. No sabemos si habrá puerto ni si la marea será piadosa. Las ideas más felices, a menudo, naufragan sin testigos y las otras flotan a la deriva, tercas, incompletas. El fracaso no desmiente el rito, tan solo lo justifica. Escribir no asegura llegada, solo concede salida.


Sobre gustos

11.1.26


—¿A ti te gusta gustar?

—A mí mejor que me degusten.



Recursos

10.1.26


Existen cosas de las que, necesariamente, no hay que hablar, solo sentirlas.



Nuevos mecanismos

9.1.26


Antes, entre una carta y su respuesta, existía un vacío fértil. La demora no era un fallo del sistema, sino una condición del vínculo porque permitía pensar, imaginar y sostener una esperanza sin urgencia ya que el tiempo mediaba. Hoy, en cambio, la comunicación instantánea ha activado un mecanismo nuevo en el ser humano como es la expectativa de respuesta inmediata. No contestar al instante ya no se vive como demora, sino como fallo. Reaccionamos con inquietud o enfado, como si el silencio fuera una agresión. Es un reflejo que antes no estaba y que hemos aprendido. La técnica ha reprogramado nuestra paciencia y ha convertido la espera en sospecha. Al desaparecer el intervalo, el afecto queda sometido a la velocidad. La prisa no nos hace más cercanos, sino más anhelantes. Debemos recordar que esperar es un acto de resistencia.


Vigilancia gramatical

8.1.26


Los signos de puntuación son los policías gramaticales del lenguaje. Ordenan el tráfico de las palabras, imponen pausas, levantan barreras invisibles para que el sentido no se desborde. Sin ellos, el discurso se convierte en una multitud sin semáforos donde predomina el ruido, los choques y la confusión. La coma modera, el punto detiene, los dos puntos anuncian. El punto y coma duda entre continuar o terminar, como quien no sabe si dejar pasar o pedir documentación. Pero también hay una rebeldía silenciosa en el lenguaje y es cuando una frase se salta el control, cuando quien escribe decide correr sin permiso y dejar que el sentido huya sin papeles. Quizá la puntuación no esté para vigilar, sino para recordarnos que incluso el pensamiento necesita respirar, porque escribir no es obedecer reglas, sino saber cuándo romperlas sin perder el rumbo.


Indicativos

7.1.26


¿Me puedes indicar cuál es el camino para no volver?


Irretornables

6.1.26


Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.


Restos

5.1.26


Ya náufragos de la vida, aprendemos a recoger los restos de nuestros naufragios. No lo hacemos con urgencia, sino con una calma tardía, casi agradecida. Son fragmentos, gestos, palabras, instantes que sobrevivieron al hundimiento. Hay momentos, como estos, en los que la mirada del corazón se inclina hacia lo vivido con una dulzura inesperada. No es nostalgia, solo reconocimiento, al entender que no todo se perdió y que algo quedó flotando para sostenernos. Quizá vivir consista en eso, rescatar, tras cada tormenta, aquello que aún puede ser amado.


Desencuentros

4.1.26


Vivimos en la misma ciudad, pero no en el mismo planeta, por eso no coincidimos ni siquiera en este ahora. La verdad es que tampoco lo hicimos cuando aún éramos la misma persona.


Globos

3.1.26


Mientras observaba con un niño pequeño sostenía un globo atado por un hilo pensé que las grandes teorías flotan ligeras, elevadas por el gas noble de la abstracción, igual a ese globo. Las sostenemos con cuidado por el hilo de la comprensión, creyendo dominarlas mientras se balancean fuera de nuestro alcance y desde ahí arriba todo parece coherente, ordenado, posible, pero ninguna idea sirve mientras no desciende. Es necesario traerla al suelo, someterla al peso de los dedos, dejar que roce la realidad y comprobar si resiste. Algunas, al tocarlas, se desinflan mientras otras estallan con un ruido seco que nos salpica de fragmentos. La teoría no fracasa cuando se rompe, sino cuando no se prueba porque toda idea que no pasa por las manos acaba escapándose en el aire.


Destinatarios

2.1.26


Últimamente escucho decir con insistencia eso de «escribo para mí mismo», como si el yo bastara para justificar la palabra. Yo no sé para quién escribo. No lo he sabido nunca. Escribo y, mientras lo hago, el destinatario se disuelve, desaparece, deja de importar. Escribir no siempre es un acto de intimidad, porque a veces lo es de una necesidad sin rostro, una forma de ordenar el ruido, de dejar constancia de que algo pensó, sintió o dudó antes de borrarse. El texto no busca dueño, tan solo se ofrece y, por eso, quizá escribir para uno mismo sea la coartada más cómoda, ya que escribir, sin más, es un riesgo mayor. La palabra que merece ser escrita no pregunta quién la leerá.


Subrayados

1.1.26


El amor no nos borra, nos subraya. No elimina lo que somos ni corrige nuestros márgenes, los vuelve visibles. Y por eso amar no es desaparecer en el otro, sino quedar más expuestos, con las líneas propias marcadas en tinta más oscura. Así quien ama no se diluye, se lee mejor. El amor actúa como un gesto atento sobre el texto de la vida para señalar lo esencial, insistir en lo que importa, dejar huella allí donde antes pasábamos de largo y subrayar las faltas, las incoherencias, los temblores. No todo subrayado embellece, pero sí nos revela dejándonos escritos con mayor claridad.