Atestación

10.2.26


Si el mundo es como es, es porque sobre él pesan todos los conocimientos y todos los avances como la ciencia acumulada, la técnica o las conquistas de la razón. Pero pesan también, con igual terquedad, todas las necedades. La historia no progresa por sustitución, sino por superposición. Nada se borra del todo: lo nuevo se edifica sobre lo anterior y arrastra sus residuos. Por eso convivimos con logros prodigiosos y con torpezas primitivas, con lucidez y con superstición, con precisión y con ruido. El mundo no es solo lo que sabemos, es también lo que seguimos sin aprender.


Basurales

9.2.26


En la órbita terrestre gira una basura que no huele, pero amenaza con decenas de miles de objetos rastreados, con fragmentos que viajan tan rápido que un choque mínimo puede volverse catástrofe. La contaminación de arriba tiene nombre de presagio porque cuanto más se fragmenta, más probable es que se divida de nuevo. Abajo, en la Tierra, en cambio, los vertederos crecen con una paciencia monstruosa. El planeta genera millones de toneladas de residuos sólidos a diario. Pero existe otra basura —más insidiosa— propia del mundo actual y es la que se vierte en las redes. No ocupa espacio físico y, sin embargo, lo obstruye todo: la atención, la conversación, el criterio. Es un residuo de frases sin lectura, certezas sin prueba, indignaciones de usar y tirar. Y como todo vertedero, termina filtrándose, contaminando el conocimiento y empobreciendo el pensamiento crítico, poque si hay basuras que arruinan el paisaje, esta está arruinando la mente.


La paradoja numérica

8.2.26


Un hindú sentado en una piedra frente a un riachuelo pensó en el número cero y enloqueció. No fue un arrebato repentino, sino una comprensión lenta, como el agua que insiste. Al principio creyó haber encontrado el origen de todo, una cifra que no suma ni resta, pero permite que las demás existan.

Luego entendió que el cero no era un número, sino una frontera que al colocarse delante de cualquier cosa la multiplicaba, y al quedarse solo la anulaba y pensó entonces en sí mismo, en su nombre, en su vida, y se preguntó dónde se colocaba él respecto a ese vacío perfecto.

Cuando comprendió que bastaba un cero a la derecha para convertirlo en algo, y uno a la izquierda para devolverlo a la nada, dejó de pensar o quizá fue el pensamiento el que, por fin, se quedó sin él.


Despilfarro

7.2.26


Cuando todo está al alcance de la mano, el gesto de cuidar se vuelve innecesario y el de desperdiciar, automático. Acumulamos por si acaso, usamos sin mirar, tiramos sin culpa. La abundancia convierte los recursos en un paisaje de fondo y ahí aparecen inagotables y no exigen gratitud. Pero nada que se da por eterno lo es. Lo que sobra hoy es la escasez de mañana y el despilfarro es la forma que adopta la abundancia cuando ha olvidado el límite y por ello en la abundancia nos anestesiamos.


Patología temporal

6.2.26


Somos enfermos terminales del tiempo presente.



Cara B

5.2.26


¿Qué parte del progreso humano no tiene cara A y cara B? Como aquellos vinilos de 45 rpm donde por un lado sonaba la canción que queríamos repetir, mientras por el otro estaba ese otro tema que nada nos gustaba. Y con el progreso hacemos lo mismo ya que celebramos la melodía de lo nuevo y dejamos para después el ruido —inevitable, diferido— de sus consecuencias. Volvemos el disco solo cuando ya no nos queda otro remedio. Cada avance trae su entusiasmo y su factura. La velocidad promete libertad y nos roba paciencia; la comodidad alivia y adormece; la conexión acerca y dispersa. La cara A es luminosa y publicitaria: cura, acelera, conecta, simplifica. La cara B llega después, sin estribillo: dependencia, prisa, residuo, desigualdad, ruido. Nadie la pone en la radio, pero acaba sonando en la vida diaria. No hay progreso sin reverso. El problema no es que exista una cara B, sino creer que el progreso puede evitarla.


Memoria del cuidado

4.2.26


¿Sólo quien acepta lo frágil se vuelve capaz de sostener lo profundo?



La realidad clicada

3.2.26


La inmediatez es el atuendo diario del ser humano actual, el gesto que lo identifica con precisión. No hay calma ni espera y la paciencia se ha vuelto una excentricidad. Vivimos entrenados para que todo responda al instante y por eso el mundo se reduce a un botón y la vida a una sucesión de clics. Decidimos, elegimos y descartamos sin tiempo para que el deseo madure o el sentido aparezca. Cuando todo se obtiene al instante, nada termina de ocurrir.


Pestañeo

2.2.26


En un texto védico no revelado se dice que con cada parpadeo pasamos una página del libro de la memoria. No leemos, más bien somos leídos por el tiempo. Cada instante cae sin ruido y se archiva en un lugar al que rara vez regresamos conscientes de su pérdida. Por eso la fenomenología poética no explica el mundo, tan solo lo atiende. Observa cómo la experiencia se disuelve mientras sucede, cómo la conciencia se ensancha cuando acepta que nada permanece idéntico tras ser mirado. Ver es ya perder un poco y por ello vivimos pasando páginas sin saber el título del libro. Parpadear es recordar que estamos leyendo al revés.


La novela de su vida

1.2.26

Siempre me ha fascinado el tipo de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.

Comenzó La vida posible una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’ al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así, claro.

Al principio, Ángel escribía a ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.

El manuscrito creció despacio, pero creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia impecable de los parásitos educados.

A veces, al releer su historia, tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado, Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien lo guía hacia su narrador».

Una mañana, Ángel encontró un capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.

«Coincidencia», pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma discreta de amenaza.

Aquí debería decirse algo importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta, buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo lo natural entonces que fue intentar corregir.

Desde aquel día escribió con cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y que, simplemente, te sigue.

Y aquí ocurre lo que siempre ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes. Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al margen.

En otro libro inexistente, el Tratado breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó esa frase con violencia.

Dejó de dormir con descanso y se acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron los años, y los años, cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio, más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz donde alguien seguía despierto.

Esa noche soñó que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos, lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas. Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo. Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió, con una claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.



Apocalipsis

31.1.26


El mundo se ha acabado tantas veces que una más ya no importa.



De frente

30.1.26


A las cosas nuevas hay que enfrentarse con curiosidad y amor al conocimiento. No desde el prejuicio ni desde el miedo, sino desde la disposición a aprender. Así ocurre también con la inteligencia artificial que no conviene abordarla con complejos ni con alarmas heredadas. Toda novedad incomoda porque obliga a pensar de nuevo. Pero rechazar lo que no entendemos no nos protege sino que nos empobrece. La pregunta es siempre más fértil que la negación. Más que temer, al futuro hay que estudiarlo.


Arcanos

29.1.26


La mayor ideología es pensar una idea.



Lo necesario

28.1.26


La gente necesita pan, cariño y metáforas para afrontar la vida. El pan sostiene el cuerpo; el cariño, la fragilidad cotidiana; las metáforas, aquello que no sabemos nombrar de otro modo. Sin ellas, la realidad se vuelve áspera y literal, demasiado dura para ser habitada sin daño. No son los grandes gestos los que mantienen el mundo en pie, sino los actos mínimos: quien comparte el pan, quien ofrece afecto sin pedirlo, quien dice una palabra que ilumina lo oscuro. Como escribió Jorge Luis Borges, «esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».



Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



El lazarillo

25.1.26


La ceguera le llegó al escritor sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes. Para no dejar su historia a medias buscó un lazarillo que le prestara los ojos y la paciencia. Al principio tropezaban pero con el tiempo aprendieron a caminar al mismo paso. El escritor seguía narrando y el lazarillo escribía, pero a veces añadía una palabra que no estaba dictada, una frase que parecía suya. El escritor no protestaba: también sus personajes empezaban a desviarse. Así fueron creciendo dos historias. En una, un hombre perdía la vista y encontraba compañía. En la otra, un muchacho descubría que escribir era otra forma de mirar. Y como vivían juntos, las palabras se mezclaban y los personajes cruzaban de un cuento a otro sin pedir permiso. Cuando el libro terminó, ninguno supo decir quién lo había escrito del todo ni quien sabría leerlo.


Propiedad enajenada

24.1.26


Tener un mundo propio es tener la garantía de que algo nos pertenece.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.


Tardo

21.1.26


Pienso que siempre me retraso para adelantarme al futuro. Llego tarde a lo inmediato, a lo que urge y reclama prisa, pero quizá por eso mismo alcanzo a ver un poco más allá. Mientras otros corren, yo demoro el paso y observo. El retraso no siempre es torpeza, a veces es también resistencia. No todo avance se mide en velocidad. Hay quienes llegan antes porque no se detuvieron a pensar, porque confundieron llegar pronto con llegar bien. Tal vez el futuro no se alcanza corriendo, sino demorándose en comprender.


Marca

20.1.26


Existe un tiempo en que el mundo parece hecho a nuestra medida. Todo encaja, todo responde, como si la realidad hubiese sido pensada para sostenernos. Es un instante breve, casi un espejismo, pero suficiente para hacernos creer que habitamos el centro. Pronto comprendemos que esa armonía era prestada. Lo efímero y lo ilusorio no son defectos del mundo, sino rasgos de nuestra condición. Así se dibuja la ontología humana, creer por un momento que todo nos pertenece y aprender después que nada nos es correspondido. La vida no se ajusta a nosotros sino que somos nosotros quienes pasamos por ella.


Ágrafos

19.1.26


Durante siglos —quizás milenios— gran parte de los pueblos africanos vivieron sin escritura. No por carencia, sino por elección de la voz. Y, sin embargo, florecieron relatos, fábulas, leyendas y poemas que viajaron de boca en boca como semillas resistentes al tiempo. Nada quedó fijado en papel, pero todo quedó grabado en la memoria compartida. La tradición oral no conserva palabras pero conserva ritmos, imágenes, gestos, modos de mirar el mundo. Cada narrador no repite, sino que renueva y que algo no esté escrito no lo vuelve frágil sino que, en ocasiones, lo hace más vivo.



Al detal

18.1.26


—Te compro ese pensamiento. ¿Cuánto vale?
—¿Te gusta? No tiene precio.
—Sí, me gusta cuando piensas en mí.
Pagó con silencio y se quedó con el pensamiento… aunque ya no era suyo.



Las ideas

17.1.26


La mayor ideología es pensar una idea. Antes de cualquier sistema, partido o doctrina, hay un gesto más profundo como es el de creer que un pensamiento puede ordenar la realidad. En ese acto mínimo ya se ha trazado una frontera entre lo que importa y lo que debe quedar fuera. Una idea no es inocente. Selecciona, excluye, jerarquiza. Incluso la más libre termina por convertirse en un filtro desde el que miramos el mundo. Pensar es empezar a tomar partido, aunque no lo sepamos. No vivimos dentro de ideologías, lo hacemos dentro de ideas que se creen imparciales.


Plutócratas

16.1.26


La dicha nace de cuidar lo que es, no de lamentar lo que falta. Por eso debemos alegrarnos por aquello que poseemos y no entristecernos por lo que deseamos. La gratitud es una forma más sabia de riqueza que el deseo.



Las nubes

15.1.26


¿Has visto las nubes? No tienen otra preocupación que desleírse en el azul del cielo. No guardan forma ni memoria. Nacen, se transforman y se dejan ir. No se aferran a lo que fueron hace un instante. Nosotros, en cambio, acumulamos inquietudes como quien amontona nudos. No sabemos disolvernos en el presente o preferimos cargar con lo que ya pasó o con lo que aún no existe. La mente se vuelve un cielo saturado donde nada termina de pasar. Las nubes son libres porque saben desaparecer. Nosotros seguimos presos de lo que no soltamos.

El ajedrecista

14.1.26


El escritor es un ajedrecista de las palabras. Cada obra es una partida en soledad contra lo imaginado, contra los fantasmas que lo habitan y las derrotas que lo esperan. No escribe para vencer, sino para sostener el juego. Mover una palabra es arriesgar una vida mínima, perder una frase es aprender una forma nueva de avanzar. La estrategia no busca dar jaque mate, es el juego que enamora y es el baile de las piezas.


El espejo

13.1.26


El verdadero riesgo no es equivocarse sobre el otro sino no llegar nunca a verlo. Atrapados en el espejo del ensimismamiento, miramos en los demás aquello que nos representa. No nos acercamos al otro para conocerlo, sino para confirmarnos. Buscamos en sus gestos, en sus palabras, en sus errores y virtudes, una versión de nosotros mismos que nos resulte soportable. Así, el otro deja de ser presencia y se vuelve superficie, igual a una pantalla donde proyectamos deseos, miedos y viejas narraciones del yo, y la relación se convierte en reflejo y no en encuentro.


Lanzamiento

12.1.26


En la botadura de un barco se rompe una botella contra el casco para invocar fortuna. El gesto no garantiza el viaje, pero inaugura la esperanza. Algo parecido ocurre con el pensamiento que cada día arrojo una idea al mar y pronuncio sobre ella un conjuro mínimo, como si bastara nombrarla para salvarla del hundimiento. Pensar es lanzar. No sabemos si habrá puerto ni si la marea será piadosa. Las ideas más felices, a menudo, naufragan sin testigos y las otras flotan a la deriva, tercas, incompletas. El fracaso no desmiente el rito, tan solo lo justifica. Escribir no asegura llegada, solo concede salida.


Sobre gustos

11.1.26


—¿A ti te gusta gustar?

—A mí mejor que me degusten.



Recursos

10.1.26


Existen cosas de las que, necesariamente, no hay que hablar, solo sentirlas.



Nuevos mecanismos

9.1.26


Antes, entre una carta y su respuesta, existía un vacío fértil. La demora no era un fallo del sistema, sino una condición del vínculo porque permitía pensar, imaginar y sostener una esperanza sin urgencia ya que el tiempo mediaba. Hoy, en cambio, la comunicación instantánea ha activado un mecanismo nuevo en el ser humano como es la expectativa de respuesta inmediata. No contestar al instante ya no se vive como demora, sino como fallo. Reaccionamos con inquietud o enfado, como si el silencio fuera una agresión. Es un reflejo que antes no estaba y que hemos aprendido. La técnica ha reprogramado nuestra paciencia y ha convertido la espera en sospecha. Al desaparecer el intervalo, el afecto queda sometido a la velocidad. La prisa no nos hace más cercanos, sino más anhelantes. Debemos recordar que esperar es un acto de resistencia.


Vigilancia gramatical

8.1.26


Los signos de puntuación son los policías gramaticales del lenguaje. Ordenan el tráfico de las palabras, imponen pausas, levantan barreras invisibles para que el sentido no se desborde. Sin ellos, el discurso se convierte en una multitud sin semáforos donde predomina el ruido, los choques y la confusión. La coma modera, el punto detiene, los dos puntos anuncian. El punto y coma duda entre continuar o terminar, como quien no sabe si dejar pasar o pedir documentación. Pero también hay una rebeldía silenciosa en el lenguaje y es cuando una frase se salta el control, cuando quien escribe decide correr sin permiso y dejar que el sentido huya sin papeles. Quizá la puntuación no esté para vigilar, sino para recordarnos que incluso el pensamiento necesita respirar, porque escribir no es obedecer reglas, sino saber cuándo romperlas sin perder el rumbo.


Indicativos

7.1.26


¿Me puedes indicar cuál es el camino para no volver?


Irretornables

6.1.26


Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.


Restos

5.1.26


Ya náufragos de la vida, aprendemos a recoger los restos de nuestros naufragios. No lo hacemos con urgencia, sino con una calma tardía, casi agradecida. Son fragmentos, gestos, palabras, instantes que sobrevivieron al hundimiento. Hay momentos, como estos, en los que la mirada del corazón se inclina hacia lo vivido con una dulzura inesperada. No es nostalgia, solo reconocimiento, al entender que no todo se perdió y que algo quedó flotando para sostenernos. Quizá vivir consista en eso, rescatar, tras cada tormenta, aquello que aún puede ser amado.


Desencuentros

4.1.26


Vivimos en la misma ciudad, pero no en el mismo planeta, por eso no coincidimos ni siquiera en este ahora. La verdad es que tampoco lo hicimos cuando aún éramos la misma persona.


Globos

3.1.26


Mientras observaba con un niño pequeño sostenía un globo atado por un hilo pensé que las grandes teorías flotan ligeras, elevadas por el gas noble de la abstracción, igual a ese globo. Las sostenemos con cuidado por el hilo de la comprensión, creyendo dominarlas mientras se balancean fuera de nuestro alcance y desde ahí arriba todo parece coherente, ordenado, posible, pero ninguna idea sirve mientras no desciende. Es necesario traerla al suelo, someterla al peso de los dedos, dejar que roce la realidad y comprobar si resiste. Algunas, al tocarlas, se desinflan mientras otras estallan con un ruido seco que nos salpica de fragmentos. La teoría no fracasa cuando se rompe, sino cuando no se prueba porque toda idea que no pasa por las manos acaba escapándose en el aire.


Destinatarios

2.1.26


Últimamente escucho decir con insistencia eso de «escribo para mí mismo», como si el yo bastara para justificar la palabra. Yo no sé para quién escribo. No lo he sabido nunca. Escribo y, mientras lo hago, el destinatario se disuelve, desaparece, deja de importar. Escribir no siempre es un acto de intimidad, porque a veces lo es de una necesidad sin rostro, una forma de ordenar el ruido, de dejar constancia de que algo pensó, sintió o dudó antes de borrarse. El texto no busca dueño, tan solo se ofrece y, por eso, quizá escribir para uno mismo sea la coartada más cómoda, ya que escribir, sin más, es un riesgo mayor. La palabra que merece ser escrita no pregunta quién la leerá.


Subrayados

1.1.26


El amor no nos borra, nos subraya. No elimina lo que somos ni corrige nuestros márgenes, los vuelve visibles. Y por eso amar no es desaparecer en el otro, sino quedar más expuestos, con las líneas propias marcadas en tinta más oscura. Así quien ama no se diluye, se lee mejor. El amor actúa como un gesto atento sobre el texto de la vida para señalar lo esencial, insistir en lo que importa, dejar huella allí donde antes pasábamos de largo y subrayar las faltas, las incoherencias, los temblores. No todo subrayado embellece, pero sí nos revela dejándonos escritos con mayor claridad.