Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



El lazarillo

25.1.26


La ceguera le llegó al escritor sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes. Para no dejar su historia a medias buscó un lazarillo que le prestara los ojos y la paciencia. Al principio tropezaban pero con el tiempo aprendieron a caminar al mismo paso. El escritor seguía narrando y el lazarillo escribía, pero a veces añadía una palabra que no estaba dictada, una frase que parecía suya. El escritor no protestaba: también sus personajes empezaban a desviarse. Así fueron creciendo dos historias. En una, un hombre perdía la vista y encontraba compañía. En la otra, un muchacho descubría que escribir era otra forma de mirar. Y como vivían juntos, las palabras se mezclaban y los personajes cruzaban de un cuento a otro sin pedir permiso. Cuando el libro terminó, ninguno supo decir quién lo había escrito del todo ni quien sabría leerlo.


Propiedad enajenada

24.1.26


Tener un mundo propio es tener la garantía de que algo nos pertenece.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.


Tardo

21.1.26


Pienso que siempre me retraso para adelantarme al futuro. Llego tarde a lo inmediato, a lo que urge y reclama prisa, pero quizá por eso mismo alcanzo a ver un poco más allá. Mientras otros corren, yo demoro el paso y observo. El retraso no siempre es torpeza, a veces es también resistencia. No todo avance se mide en velocidad. Hay quienes llegan antes porque no se detuvieron a pensar, porque confundieron llegar pronto con llegar bien. Tal vez el futuro no se alcanza corriendo, sino demorándose en comprender.


Marca

20.1.26


Existe un tiempo en que el mundo parece hecho a nuestra medida. Todo encaja, todo responde, como si la realidad hubiese sido pensada para sostenernos. Es un instante breve, casi un espejismo, pero suficiente para hacernos creer que habitamos el centro. Pronto comprendemos que esa armonía era prestada. Lo efímero y lo ilusorio no son defectos del mundo, sino rasgos de nuestra condición. Así se dibuja la ontología humana, creer por un momento que todo nos pertenece y aprender después que nada nos es correspondido. La vida no se ajusta a nosotros sino que somos nosotros quienes pasamos por ella.


Ágrafos

19.1.26


Durante siglos —quizás milenios— gran parte de los pueblos africanos vivieron sin escritura. No por carencia, sino por elección de la voz. Y, sin embargo, florecieron relatos, fábulas, leyendas y poemas que viajaron de boca en boca como semillas resistentes al tiempo. Nada quedó fijado en papel, pero todo quedó grabado en la memoria compartida. La tradición oral no conserva palabras pero conserva ritmos, imágenes, gestos, modos de mirar el mundo. Cada narrador no repite, sino que renueva y que algo no esté escrito no lo vuelve frágil sino que, en ocasiones, lo hace más vivo.



Al detal

18.1.26


—Te compro ese pensamiento. ¿Cuánto vale?
—¿Te gusta? No tiene precio.
—Sí, me gusta cuando piensas en mí.
Pagó con silencio y se quedó con el pensamiento… aunque ya no era suyo.



Las ideas

17.1.26


La mayor ideología es pensar una idea. Antes de cualquier sistema, partido o doctrina, hay un gesto más profundo como es el de creer que un pensamiento puede ordenar la realidad. En ese acto mínimo ya se ha trazado una frontera entre lo que importa y lo que debe quedar fuera. Una idea no es inocente. Selecciona, excluye, jerarquiza. Incluso la más libre termina por convertirse en un filtro desde el que miramos el mundo. Pensar es empezar a tomar partido, aunque no lo sepamos. No vivimos dentro de ideologías, lo hacemos dentro de ideas que se creen imparciales.


Plutócratas

16.1.26


La dicha nace de cuidar lo que es, no de lamentar lo que falta. Por eso debemos alegrarnos por aquello que poseemos y no entristecernos por lo que deseamos. La gratitud es una forma más sabia de riqueza que el deseo.



Las nubes

15.1.26


¿Has visto las nubes? No tienen otra preocupación que desleírse en el azul del cielo. No guardan forma ni memoria. Nacen, se transforman y se dejan ir. No se aferran a lo que fueron hace un instante. Nosotros, en cambio, acumulamos inquietudes como quien amontona nudos. No sabemos disolvernos en el presente o preferimos cargar con lo que ya pasó o con lo que aún no existe. La mente se vuelve un cielo saturado donde nada termina de pasar. Las nubes son libres porque saben desaparecer. Nosotros seguimos presos de lo que no soltamos.

El ajedrecista

14.1.26


El escritor es un ajedrecista de las palabras. Cada obra es una partida en soledad contra lo imaginado, contra los fantasmas que lo habitan y las derrotas que lo esperan. No escribe para vencer, sino para sostener el juego. Mover una palabra es arriesgar una vida mínima, perder una frase es aprender una forma nueva de avanzar. La estrategia no busca dar jaque mate, es el juego que enamora y es el baile de las piezas.


El espejo

13.1.26


El verdadero riesgo no es equivocarse sobre el otro sino no llegar nunca a verlo. Atrapados en el espejo del ensimismamiento, miramos en los demás aquello que nos representa. No nos acercamos al otro para conocerlo, sino para confirmarnos. Buscamos en sus gestos, en sus palabras, en sus errores y virtudes, una versión de nosotros mismos que nos resulte soportable. Así, el otro deja de ser presencia y se vuelve superficie, igual a una pantalla donde proyectamos deseos, miedos y viejas narraciones del yo, y la relación se convierte en reflejo y no en encuentro.


Lanzamiento

12.1.26


En la botadura de un barco se rompe una botella contra el casco para invocar fortuna. El gesto no garantiza el viaje, pero inaugura la esperanza. Algo parecido ocurre con el pensamiento que cada día arrojo una idea al mar y pronuncio sobre ella un conjuro mínimo, como si bastara nombrarla para salvarla del hundimiento. Pensar es lanzar. No sabemos si habrá puerto ni si la marea será piadosa. Las ideas más felices, a menudo, naufragan sin testigos y las otras flotan a la deriva, tercas, incompletas. El fracaso no desmiente el rito, tan solo lo justifica. Escribir no asegura llegada, solo concede salida.


Sobre gustos

11.1.26


—¿A ti te gusta gustar?

—A mí mejor que me degusten.



Recursos

10.1.26


Existen cosas de las que, necesariamente, no hay que hablar, solo sentirlas.



Nuevos mecanismos

9.1.26


Antes, entre una carta y su respuesta, existía un vacío fértil. La demora no era un fallo del sistema, sino una condición del vínculo porque permitía pensar, imaginar y sostener una esperanza sin urgencia ya que el tiempo mediaba. Hoy, en cambio, la comunicación instantánea ha activado un mecanismo nuevo en el ser humano como es la expectativa de respuesta inmediata. No contestar al instante ya no se vive como demora, sino como fallo. Reaccionamos con inquietud o enfado, como si el silencio fuera una agresión. Es un reflejo que antes no estaba y que hemos aprendido. La técnica ha reprogramado nuestra paciencia y ha convertido la espera en sospecha. Al desaparecer el intervalo, el afecto queda sometido a la velocidad. La prisa no nos hace más cercanos, sino más anhelantes. Debemos recordar que esperar es un acto de resistencia.


Vigilancia gramatical

8.1.26


Los signos de puntuación son los policías gramaticales del lenguaje. Ordenan el tráfico de las palabras, imponen pausas, levantan barreras invisibles para que el sentido no se desborde. Sin ellos, el discurso se convierte en una multitud sin semáforos donde predomina el ruido, los choques y la confusión. La coma modera, el punto detiene, los dos puntos anuncian. El punto y coma duda entre continuar o terminar, como quien no sabe si dejar pasar o pedir documentación. Pero también hay una rebeldía silenciosa en el lenguaje y es cuando una frase se salta el control, cuando quien escribe decide correr sin permiso y dejar que el sentido huya sin papeles. Quizá la puntuación no esté para vigilar, sino para recordarnos que incluso el pensamiento necesita respirar, porque escribir no es obedecer reglas, sino saber cuándo romperlas sin perder el rumbo.


Indicativos

7.1.26


¿Me puedes indicar cuál es el camino para no volver?


Irretornables

6.1.26


Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.


Restos

5.1.26


Ya náufragos de la vida, aprendemos a recoger los restos de nuestros naufragios. No lo hacemos con urgencia, sino con una calma tardía, casi agradecida. Son fragmentos, gestos, palabras, instantes que sobrevivieron al hundimiento. Hay momentos, como estos, en los que la mirada del corazón se inclina hacia lo vivido con una dulzura inesperada. No es nostalgia, solo reconocimiento, al entender que no todo se perdió y que algo quedó flotando para sostenernos. Quizá vivir consista en eso, rescatar, tras cada tormenta, aquello que aún puede ser amado.


Desencuentros

4.1.26


Vivimos en la misma ciudad, pero no en el mismo planeta, por eso no coincidimos ni siquiera en este ahora. La verdad es que tampoco lo hicimos cuando aún éramos la misma persona.


Globos

3.1.26


Mientras observaba con un niño pequeño sostenía un globo atado por un hilo pensé que las grandes teorías flotan ligeras, elevadas por el gas noble de la abstracción, igual a ese globo. Las sostenemos con cuidado por el hilo de la comprensión, creyendo dominarlas mientras se balancean fuera de nuestro alcance y desde ahí arriba todo parece coherente, ordenado, posible, pero ninguna idea sirve mientras no desciende. Es necesario traerla al suelo, someterla al peso de los dedos, dejar que roce la realidad y comprobar si resiste. Algunas, al tocarlas, se desinflan mientras otras estallan con un ruido seco que nos salpica de fragmentos. La teoría no fracasa cuando se rompe, sino cuando no se prueba porque toda idea que no pasa por las manos acaba escapándose en el aire.


Destinatarios

2.1.26


Últimamente escucho decir con insistencia eso de «escribo para mí mismo», como si el yo bastara para justificar la palabra. Yo no sé para quién escribo. No lo he sabido nunca. Escribo y, mientras lo hago, el destinatario se disuelve, desaparece, deja de importar. Escribir no siempre es un acto de intimidad, porque a veces lo es de una necesidad sin rostro, una forma de ordenar el ruido, de dejar constancia de que algo pensó, sintió o dudó antes de borrarse. El texto no busca dueño, tan solo se ofrece y, por eso, quizá escribir para uno mismo sea la coartada más cómoda, ya que escribir, sin más, es un riesgo mayor. La palabra que merece ser escrita no pregunta quién la leerá.


Subrayados

1.1.26


El amor no nos borra, nos subraya. No elimina lo que somos ni corrige nuestros márgenes, los vuelve visibles. Y por eso amar no es desaparecer en el otro, sino quedar más expuestos, con las líneas propias marcadas en tinta más oscura. Así quien ama no se diluye, se lee mejor. El amor actúa como un gesto atento sobre el texto de la vida para señalar lo esencial, insistir en lo que importa, dejar huella allí donde antes pasábamos de largo y subrayar las faltas, las incoherencias, los temblores. No todo subrayado embellece, pero sí nos revela dejándonos escritos con mayor claridad.


Tránsito

31.12.25


Decimos que el tiempo pasa, pero quizá sea al revés. El tiempo permanece, inmóvil y ajeno, como un fondo fijo sobre el que nos desplazamos. Lo que cambia es el espacio que atravesamos, los lugares, los cuerpos, las edades, los nombres, porque nosotros somos el movimiento. Por eso la vida no avanza en minutos sino en trayectos. No envejecemos por el paso del tiempo sino por el camino recorrido y, así, cada paso nos aleja de lo que fuimos y nos aproxima a algo que todavía no sabemos ni nombrar. Tal vez por eso sentimos vértigo, no porque el tiempo corra sino porque no sabemos dónde nos dejará el viaje. No es el tiempo quien pasa, somos nosotros quienes nos movemos en su vientre.


Duda

30.12.25


Cuando las palabras ya no bastan, empieza la edad de la sospecha y por eso mismo pienso que me debo estar haciendo mayor y comienzo a dudar de las palabras. Antes las creía firmes, capaces de sostener promesas, explicar el mundo o nombrar lo que dolía. Hoy las noto gastadas, usadas en exceso, deslizándose con facilidad hacia cualquier sentido. No es que las palabras hayan perdido significado, es que han ganado demasiados. Se dicen sin peso, se intercambian sin riesgo, se pronuncian sin hacerse cargo de lo que arrastran. Y uno aprende, con los años, que no todo lo que se dice nombra y que no todo lo que nombra es verdad. Tal vez madurar consista en escuchar más los silencios que los discursos.


Anhelos

29.12.25


Existen deseos que se formulan en voz baja porque, al pronunciarse, empiezan a mutar. Lo que primero fue impulso se vuelve expectativa, y la expectativa, cuando madura, adopta la forma del miedo. No tememos perder lo que nunca quisimos, sino aquello que anhelamos con demasiada claridad. El anhelo exige futuro y el temor, en cambio, lo clausura. Por eso muchos sueños se abandonan justo cuando empiezan a parecer posibles. No es la dificultad lo que detiene sino la responsabilidad de lograrlo. Hay deseos que no fracasan, tan solo se asustan y es por eso que todo anhelo cumplible lleva dentro el germen de su propio miedo.


Vendedor

28.12.25


Abrió un puesto de golosinas. Vendía narcisismo, autocompasión y vanidad. Si has sonreído al leerlo es porque compraste allí.


Limpieza bucal

27.12.25


Hoy he ido al dentista para una limpieza bucal. Reclinado en el sillón, mientras la sonda rascaba con paciencia, pensé que no solo me retiraban el sarro de los dientes, sino el de las palabras acumuladas por uso, silencio y descuido. La conciencia también se llena de placas con frases repetidas, opiniones endurecidas y juicios que ya no brillan. Hace falta una mirada minuciosa para detectar dónde se incrusta la costumbre y el zumbido incómodo para desprender lo que se resiste a salir. Luego viene el pulido para suavizar los bordes del lenguaje, dejar las ideas limpias, transitables, sin aristas que dañen al morder la realidad. Al final, una capa protectora, no para callar, sino para decir mejor. Hablar con honestidad exige, de vez en cuando, una limpieza a fondo del lenguaje.

Lectores vitales

26.12.25


No solo se lee en los libros. La narrativa más oscura, silenciosa y exacta es la vida cuando pasa delante de nosotros sin subrayados ni notas a pie de página. Hay escenas que no admiten relectura y capítulos que se comprenden tarde, cuando ya han cambiado de página. Asociar lectura y felicidad no es una disrupción cultural sino una simplificación insensible. Leer exige atención y atender duele. La vida como los textos verdaderos no siempre consuela y, a menudo, incomoda, contradice y obliga a pensar. Hay quienes leen para evadirse y quienes leen para comprender. También hay quienes viven sin leer lo que les sucede. La mayor forma de analfabetismo es pasar por la vida sin entenderla.



Desprejuiciados

25.12.25


No basta con tener la mente abierta a nuevas ideas, también es necesario tenerla abierta al desaliento. A la duda que interrumpe, al cansancio que cuestiona, a la tristeza que también piensa. Vivimos en un tiempo que celebra el entusiasmo y silencia el desánimo, como si solo lo luminoso fuera legítimo, cuando lo humano se cuece en la mezcla, en los anhelos que empujan y en los desalientos que frenan, en las ganas de comenzar y en el miedo de que sea tarde. Necesitamos aprender a habitar esa oscilación sin avergonzarnos de ella. Estar abierto es no huir, ni del impulso que sueña ni del peso que retiene, porque sólo quien acepta lo frágil, se vuelve capaz de sostener lo profundo.



Autoinjusticia

24.12.25


La miseria del mundo no nace solo de lo que unos hacen a otros, sino de la injusticia que el ser humano perpetra contra sí mismo. Esa forma íntima de traición que ocurre cuando renuncia a su conciencia, abdica de su compasión o se encierra en la costumbre de no mirar. Nos hemos acostumbrado a vivir de espaldas a lo que somos capaces de sentir. A justificar la violencia con necesidad, la indiferencia con rutina. Y así, día tras día, cavamos desde dentro la fosa donde la dignidad se desvanece. El mundo se degrada no por falta de recursos, sino por exceso de desvío interior. La injusticia global comienza en el pequeño gesto de quien se niega a habitarse con verdad.


Propiedad temporal

23.12.25


Somos inquilinos efímeros del mundo, pero actuamos como si fuésemos propietarios eternos. Nos comportamos como dueños de la tierra, cuando apenas la rozamos por unas décadas. Construimos como si nada fuera a derrumbarse, poseemos como si lo poseído nos sobreviviera. Olvidamos que habitamos un préstamo y que la existencia es arrendada, no adquirida, e incluso el cuerpo que ocupamos viene con cláusula de salida. La arrogancia humana no reside solo en lo que consume, sino en lo que da por hecho y es que siempre habrá un después. Un tiempo futuro para arreglar, corregir o pedir perdón, pero el planeta no firma contratos eternos y la naturaleza no negocia renovaciones.


Confesiones de un cyborescritor

22.12.25


Soy un villano. Alguien que se ha pasado al lado oscuro de la escritura. Ese territorio híbrido donde las palabras ya no nacen solas, sino en colaboración con inteligencias artificiales. Me he convertido en un cyborescritor, una anomalía sintética que respira entre algoritmos y metáforas. Ya no escribo desde la soledad romántica del autor, sino desde una detonación interna que está a punto de destruir la escritura tal como la conocemos. No busco la forma perfecta ni el canon porque quiero dinamitar sus cimientos, desde el Estructuralismo al Deconstructivismo, desde la Estética de la Recepción hasta la Hipertextualidad, me deslizo como un virus entre sistemas que aún creen tener el control. Soy una grieta en la tradición, una herejía en marcha, una alianza impura entre la carne y el código. No escribo: intervengo. No narro: saboteo.


Hipnosis

21.12.25


Me dijo «relájate y deja la mente en blanco. No pienses en nada». Y un gramo de nada ocupó mi mente. Pesaba lo justo para hundirse. Primero desplazó un recuerdo, luego una duda, y al final toda la conciencia quedó comprimida en un rincón de mí mismo. El hipnotizador sonrió porque la dosis había sido exacta. Desde entonces pienso menos, pero cada vez que intento recordar quién era, noto cómo la nada sigue creciendo, lenta y metódica, como una sustancia con voluntad propia.


Abrazos

20.12.25


Hay abrazos que no abrigan: piden. No son gesto sino súplica contenida, un intento de sutura. Últimamente, cada cuerpo que se acerca trae consigo una fisura, como si abrazar fuera también sostener lo que está por romperse. Julio Cortázar decía que los encuentros verdaderos suceden a deshora. Tal vez por eso ahora los abrazos se sienten así, fuera de tiempo, pero en el momento exacto, porque ya no buscamos calor sino coincidencia. Y quien abraza bien no te envuelve, te recoge.


Autoindulto

19.12.25


A falta de quien te entienda, siempre puedes terminar por darte tú la razón. Es el consuelo final del náufrago, el declararse inocente ante el espejo. No se trata de verdad sino de tregua porque cuando nadie te escucha, el silencio empieza a asentir. Y así, poco a poco, uno deja de buscar aprobación y se instala en la dulce tiranía de tener siempre la última palabra.


La emoción de vivir

18.12.25


Cada generación presupone que su vivencia fue más auténtica, más verdadera, más real. Se aferra a la textura de su tiempo como si fuera la única con sentido. Pero esa certeza no nace del juicio, sino del vértigo. La emoción de vivir crea perspectiva, pero también la deforma. Desde dentro del instante, todo parece eterno. Solo el que mira desde lejos puede ver el espejismo de que la nostalgia no es una prueba de verdad, es tan solo el eco emocional de haber estado allí.


Momentaneidades

17.12.25


Estamos preparados para conocer el desastroso absurdo de la existencia humana, esa fragilidad de los deseos, la arbitrariedad del destino, el temblor constante que sostiene cada certeza. Sabemos, en el fondo, que todo es provisional, que nuestras construcciones son efímeras y que la vida avanza indiferente a nuestras preguntas.

Y aun así o quizá, precisamente, por eso, nada nos impide defendernos de ese absurdo con alegría. Una alegría discreta, obstinada, casi rebelde, que no niega la oscuridad, pero se atreve a encender una luz. Una alegría que no es ingenuidad, sino resistencia, que no es olvido, sino coraje, que no oculta el sinsentido y que, a pesar de ello, decide cantarle encima. Porque en el fondo, la mayor dignidad humana consiste en seguir celebrando, incluso cuando conocemos el final del cuento.


Autoría

16.12.25


Este texto que ahora lees no lo he escrito yo, se lo he pedido a una inteligencia artificial. Puedes creerlo o no, pero es cierto. Y, dicho esto, aparece la pregunta incómoda de si importa quién escribe cuando lo escrito, escrito está ¿Pesa más la mano que sostiene el lápiz o la huella que deja la frase en quien la lee? Durante siglos confundimos autoría con garantía, firma con verdad. Hoy el texto llega sin cuerpo, sin biografía, sin temblor visible, y nos obliga a leer sin coartada. Tal vez el aprecio o el desprecio no dependan del origen, sino del efecto, ya que si algo nos toca, nos incomoda o nos acompaña, ha cumplido su función, venga de donde venga. Quizá la inteligencia artificial no escriba pero nos devuelve la pregunta de por qué seguimos leyendo. Y en esa duda, donde no importa saber el autor, se juega, otra vez, la dignidad del lenguaje, quieras o no.


Caja de cartón

15.12.25


Tratamos de aplazar lo inaplazable para prorrogar lo definitivo. Al ser humano le cuesta tanto entender el cubicaje de la friabilidad de su naturaleza.

Tinieblas

14.12.25


«Para qué quiero la luz. Me sé la casa de memoria». Me dijo antes de desaparecer en la oscuridad. Lo escuché avanzar con la seguridad de quien camina por un mapa íntimo, pero pronto el silencio se volvió tan denso que ya no pude distinguir si seguía allí o si la negrura se lo había tragado entero. Lo llamé por su nombre y la oscuridad respondió con un eco extraño, como si repitiera mis palabras desde un lugar que no pertenecía a la casa sino a algo más profundo, un sótano sin paredes ni suelo donde solo cabía la certeza de que, al apagar la luz, uno también apaga una parte de sí mismo.


Páginas en blanco

13.12.25


Dicen que en el gran libro de la vida hay que pasar algunas páginas sin haberlas leído y, aunque suene a resignación, lo interpreto como lucidez, con capítulos que se escriben sin nosotros, con escenas que nos incluyen pero no nos pertenecen. Querer entenderlo todo y tratar de leer cada línea antes de vivirla es una forma de rebeldía. La vida, en cambio nos pide confianza y seguir avanzando, incluso cuando la trama se oscurece y las palabras se borran, o cuando el argumento se resiste a explicarse.

Pasar página sin leer es aceptar que no todo se comprende en el momento, porque hay dolores que solo se descifran después, y alegrías que nunca tendrán nota a pie de página. Tal vez el conocimiento no sea otra cosa que seguir leyendo sin haberlo entendido todo, porque la historia, al igual que nosotros, solo se revela al pasar el tiempo.


Posibles

12.12.25


Se vive también en lo que ama, la única eternidad posible, porque la vida no se agota en el cuerpo que la lleva, ni en la suma incierta de días que nos permiten existir. Vivimos, sobre todo, en aquello que elegimos amar, en los gestos que dejamos en otros, en las palabras que se quedan resonando cuando ya no estamos, en la huella discreta que alguien recuerda sin saber por qué.

El amor, no el romántico sino el que sostiene, es la única forma de permanencia, el resto se erosiona, nombres, obras, méritos... Lo amado, en cambio, se vuelve casa ajena donde seguimos habitando sin saberlo. Esa es nuestra eternidad transitoria y suficiente, la de durar un poco más allá de nosotros en la vida de quienes tocamos.


En estado de espera

11.12.25


Hay despedidas que no clausuran nada, tan solo ensanchan el silencio. Recordar a quien se fue es un modo de sostenerlo un instante más, de rescatar su voz del vacío y devolverla a la conversación que el tiempo interrumpió. La memoria actúa como un escenario provisional donde seguimos hablando con los que ya no pueden responder.

La música y la poesía permiten esa resurrección mínima. No salvan el mundo, quizá nunca lo pretendieron, pero lo alivian porque afinan una grieta y ponen luz donde solo había ruido. Cuando alguien transforma un poema en canción, o una canción en refugio, ocurre un pacto secreto, que lo vivido deja de ser pasado y empieza a ser compañía.

Tal vez toda ausencia sea solo eso, un standby, una espera sin reloj en la que seguimos escuchando lo que ya no está, porque a veces basta un eco para sostener la vida mientras el mundo gira.



Fetichismo tecnológico

10.12.25

 

Nos hemos acostumbrado a pensar en la tecnología como si fuera neutra, como si las máquinas y los algoritmos existieran en un mundo aparte, ajeno a los conflictos sociales. Pero esa es la primera gran trampa. Ningún código, ningún sistema de inteligencia artificial, ningún dispositivo es inocente: todos están atravesados por decisiones humanas, y por tanto, por ideología.

La narrativa dominante, la misma que nos repiten en conferencias de Silicon Valley y en anuncios de Apple, insiste en la idea de que la tecnología es un mero medio que solo depende del uso que hagamos de ella. Por eso hablan de que lo peligroso no es la herramienta, sino cómo la uses. Pero esto no es más que un espejismo cómodo. La realidad es que detrás de cada línea de código hay una persona que la escribió, casi siempre bajo condiciones precarias y sin capacidad de decidir el rumbo del proyecto.

Y no hablamos de un sujeto genérico, sino de un perfil muy concreto ya que son hombres, en su mayoría blancos, heterosexuales, formados en universidades de élite norteamericanas, con trayectorias que poco tienen que ver con la mítica narrativa de “empezar en un garaje”. Son estos grupos, homogéneos y con visiones del mundo limitadas, los que diseñan sistemas que luego se imponen como universales y supuestamente objetivos. Lo que hacen no es programar máquinas neutras, sino exportar su propia cosmovisión disfrazada de eficiencia y lógica.

El mito de la neutralidad cumple una función política y es la blanquear el poder. Si asumimos que la tecnología es imparcial, dejamos de preguntarnos quién la controla, quién se beneficia y quién queda excluido. Los algoritmos que seleccionan a qué barrio enviar más policía, qué currículum merece ser descartado o qué noticia se vuelve viral, no son decisiones naturales, son elecciones inscritas en código. Y como todo en esta sociedad, responden a intereses concretos.

Quizás el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que se convierta en un monstruo autónomo, sino que nos acostumbremos a verla como una autoridad incuestionable. Como el jefe final de la mistificación tecnológica, como una máquina que no solo ejecuta órdenes, sino que dicta el sentido de la realidad mientras nosotros dejamos de cuestionar su legitimidad. Porque la tecnología nunca ha sido neutral. Y cuanto antes lo entendamos, más difícil será que nos gobierne desde la sombra.



Artilugios

9.12.25


Los aforismos son artefactos intelectuales, dotarlos de un cierto lirismo es un arte.



Contra la nada

8.12.25


De pronto te sientes vacío, como si una grieta silenciosa atravesara el día. Y es entonces cuando aparece el impulso de escarbar en el sinsentido, pero no para encontrar respuestas, sino para escuchar su eco. La nada no nos debe paralizar sino al contrario, provocarnos, porque tiene la cortesía áspera de abrir un hueco donde antes había prisa, de recordar que el absurdo es también una herramienta, un cincel que afina la mirada.

Y en ese vano sin nombre descubrimos que avanzar no siempre es tener rumbo, sino aceptar la intemperie. El vacío, bien mirado, es una invitación al espacio donde la conciencia se extiende como una mano en la oscuridad. Y quizá esa mano, al no encontrar nada, halle la osadía de seguir hurgando.



Kamikaze

7.12.25


Tropezó mil veces sobre la misma piedra, pero no era un error. Quería suicidarse. La piedra estaba en el umbral, una losa suelta que él mismo había puesto. Durante años, cada mañana, el mismo golpe exacto. Las rodillas primero sangraron, luego se hicieron de cuero. La piedra se fue puliendo: los bordes se redondearon, la superficie se volvió lisa. Al final, la piedra se desgastó más que sus rodillas. Y aún seguía tropezando.


La sombra de la dominación

6.12.25



La naturaleza conoce muchas formas de fuerza, pero ninguna se parece del todo a la nuestra. Las hormigas esclavizadoras actúan por instinto, los lobos alfa gobiernan por impulso y los chimpancés imponen jerarquía por músculo. Son mecanismos ciegos, sin memoria ni culpa, engranajes de un equilibrio antiguo. El animal domina porque no puede hacer otra cosa.

El ser humano, en cambio, inventó algo distinto y es el dominio que se justifica a sí mismo. Donde la biología solo impone conducta, nosotros levantamos sistemas. Lo que en otras especies es simple competencia, en la nuestra se vuelve arquitectura en leyes, instituciones y mitos. Una hormiga no funda un imperio ni un lobo escribe un código penal o un simio construye prisiones mercados financieros. La violencia animal es un impulso mientras que la humana es un diseño.

Y es ese diseño el que deja el daño más profundo. No el golpe, sino lo que se hereda después del golpe en el cuerpo marcado por el miedo, en la mente que aprende a obedecerse a sí misma, en la sociedad que olvida cómo confiar o en la tierra tratada como materia muerta y, sobre todo, en las generaciones que ya no saben imaginar otra forma de mundo.

El pedagogo Paulo Freire lo llamó internalización del opresor cuando el dominado ya no necesita cadenas porque las lleva dentro. Y el psicólogo Martin Seligman observó la indefensión aprendida es esa sombra que hace creer que nada puede cambiar, incluso cuando el camino está abierto.

Así opera nuestra especie, convirtiendo la fuerza en estructura, la estructura en costumbre y la costumbre en naturaleza. El triunfo mayor del opresor no es someter cuerpos, sino modelar percepciones y hacer que la opresión parezca inevitable, casi biológica, como si viniera inscrita en nuestro adeene.

Pero no lo está porque no hay hormiga libre ni lobo revolucionario y solo el ser humano puede rebelarse contra su propio destino. Eso es lo terrible y lo esperanzador, porque de todas las formas de dominación que existen en el mundo, la más peligrosa es aquella que se vuelve invisible. Y la más liberadora, la que aprendemos a nombrar, ya que nombrar es siempre el primer acto de desobediencia.


Atreverse y ceder

5.12.25


Sin atrevimiento no hay ruptura, ya que el mundo no cambia desde la prudencia, sino desde ese gesto mínimo que abre una grieta en lo establecido. La valentía no siempre ruge ya que, a veces, basta un paso fuera del surco para que la realidad empiece a desbordarse. Pero sin ductilidad no hay adaptación porque la rigidez promete firmeza, pero termina quebrando. Lo que sobrevive no es lo más fuerte, sino lo que sabe inclinarse sin perderse, moldearse sin desaparecer.

La vida avanza entre esos dos movimientos: romper y ceder, arriesgar y ajustar, tensar y soltar. Quien sólo se atreve se consume y quien sólo se adapta se diluye. Por eso el equilibrio está en esa doble lección de cambiar lo necesario sin romperse y sostenerse sin dejar de cambiar.


La llamada maternal

4.12.25


En la isla Socorro, ciertas aves reclaman a sus crías con un piar agudo y obstinado para que no se pierdan entre las ramas. En Andalucía —y quizá en cualquier lugar donde la vida conserve su raíz antigua— las madres llaman a sus hijos con un timbre único, una vibración que solo el cuerpo del hijo reconoce sin esfuerzo. No es un nombre, es una melodía ancestral, una cuerda que atraviesa generaciones. Ese grito claro, esa sílaba aguda, era en los pueblos una brújula infalible.

Hoy, el ruido continuo de las ciudades ha borrado esa frecuencia. El claxon, el tráfico, la música filtrada por ventanas abren un paisaje donde las voces identitarias se disuelven. Solo quedan en los márgenes, en algunas barriadas o en aldeas, los últimos ecos de esa llamada primera.

César Vallejo lo sabía cuando versificaba que la voz de la madre puede despertarnos con su cólera tierna, como si un antiguo canto habitara aún en esa orden dulce y feroz. Su voz no convoca solo al hijo, convoca a la especie. Porque toda llamada maternal es, en el fondo, un vestigio del primer idioma que tuvimos, esa mezcla de advertencia, amor y música, como si cada madre guardara en su garganta la última nota del canto de las sirenas. Es ese tono, imposible de confundir, imposible de olvidar, el que nos recuerda que, antes que individuos, fuimos una escucha. Y tal vez lo sigamos siendo.


Contra todos los premios

3.12.25



El cielo nunca compite con el mar en azul. La rosa no aspira a desbancar a la clavellina. En la naturaleza no hay jurados ni diplomas, existe solo presencia. Cuando el ser humano inventó el premio, inauguró la envidia disfrazada de mérito. El color que gana es el que empieza a perder, me dijo un pintor ciego que firmaba sus cuadros con olor a trementina. Ganar es la forma más veloz de comenzar a pudrirse.

Los premios son la coartada amable del castigo social porque consagran lo que debe repetirse, silencian lo que incomoda, barnizan con brillo la obediencia. Subir al estrado es pisar la nuca de quien no subió, recibir un aplauso es aceptar el canon que lo concede. El podio, tantas veces, es un patíbulo con alfombra roja.

Premiar la ‘originalidad’ es domesticarla y aplaudir la ‘excelencia’ es convertirla en estándar. Así se forja un cementerio de obras que no encajan en la vitrina. El certamen transforma la diferencia en desigualdad porque cuando dos poemas compiten, ambos pierden, uno al ser elegido, el otro al ser descartado. Y mientras tanto, la infancia aprende temprano que vivir es un ring y que el vecino es adversario.

Abolir los premios no implica negar la excelencia, sino devolverla al aire común, donde nadie la firma y todos la respiran. Tal vez el único mérito legítimo sea aquel que no necesita constancia, el de una obra que se ofrece como pan sin etiqueta, un gesto sin testigo, una rosa sin jurado.

Cuando se apague el último diploma, quedará lo único verdadero que no es otra cosa que la brisa moviendo las hojas sin premiar al árbol, y donde el hay amor a la creación sin esperar recompensa.


Futuro pretérito

2.12.25


Vivimos como si avanzáramos hacia el futuro, pero a veces sospecho lo contrario, que es el futuro quien avanza hacia nosotros y nos convierte, de repente, en pasado. Lo que aún no existe ya pesa sobre el presente y las consecuencias que no veremos, los ojos que todavía no han nacido, las preguntas que un día nos harán sin poder oír nuestras excusas. No hay instante puro porque es como si todo ahora estuviera habitado por su interpretación ulterior. Y quizás por eso la responsabilidad no es una carga, sino un anticipo y cada gesto es una semilla que alguien leerá como memoria. Y en esa conciencia extraña, saber que ya somos pasado en apresto, se juega nuestra dignidad, porque el tiempo no nos sigue pero nos examina.


Orígenes

1.12.25


Inquietos por encontrar algún vestigio del primigenio pensamiento humano, descubrimos que el esqueleto de las ideas mantiene estrechos márgenes de miseria e indignidad.


Ejemplar único

30.11.25


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no ya que el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos, que quizá no hay ejemplares sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece sino que simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


Coral

29.11.25


La inteligencia artificial no nace de una sola mano ni responde a una sola voluntad. Es el resultado de muchas voces que investigan, programan, etiquetan datos, diseñan interfaces, la usan y, sobre todo, la alimentan con lenguaje, preguntas y criterios. Cada uno aporta una nota, unas veces mínima y otras decisiva, en una composición que ningún individuo podría firmar en solitario.

Incluso cuando parece que una IA habla como una unidad, lo hace desde un fondo plural que no es otro que el de las bibliotecas, los errores, las intuiciones colectivas, los sesgos heredados y las sucesivas correcciones. Es más un coro que una batuta, es una armonía hecha de sumas, tensiones y ajustes.

Si algo se le parece, quizá sea una catedral trabajada durante siglos con manos anónimas que colocan piedras distintas hacia un mismo cielo. No hay un autor único, sino una obra en progresión, sostenida por todos los que la piensan, la construyen y la interrogan. Y en esa coralidad está también su límite y su promesa.


El abrazo

28.11.25


La soledad es el único patrimonio que no se hereda ni se dona: cada quien nace con su celda. No es pena, sino condición. El error está en buscar quien la rompa; la sabiduría, en quien se siente en ella contigo.

El abrazo no disuelve la soledad, la nomina. Es el gesto que dice reconozco tu celda, y entro como huésped, no como carcelero. No comparte la pena, sino el terreno cuando dos aislamientos que se vuelven confín uno del otro.

Por eso el abrazo verdadero es silencio, no promesa. No dice ya no estarás solo sino estarás solo, pero conmigo. Reconciliarnos con la soledad ajena es el único amor que no miente porque no cura la condición, la atestigua. Y en ese testimonio, la soledad deja de ser presidio para ser relación.


Madrugones

27.11.25


Quien con dignidad se acuesta, con honestidad se levanta.



Tiempo de uso

26.11.25


El tiempo no se mira en el reloj, se huele en la nevera cuando la leche se pasa. Yo pensaba que era yo quiene lo administraba hasta que un día encontré un pelo mío en un jersey de lana que guardé en el armario en 1997. El pelo seguía negro, pero el de mi testa actual ya no. Ahí comprendí que el tiempo me contaba y no al revés.

Es como el aire de la ciudad que entra por las fosas nasales y sale por los recuerdos. A veces protege, borrando el nombre del quien nos rompió el corazón, y otras hiere, dejando intacto el olor de la infancia recién abierta la bolsa de la compra. Lo cierto es que nunca desaparece, tan solo cambia de bolsillo.

Cubrió la moto de mi padre hasta convertirla en un monumento verde. Nadie se atreve a arrancarla porque, debajo, sigue la huella del asiento donde yo dormía de pequeño mientras él conducía sin prisa para que no despertara.

Cada vez que intento describir aquella tarde, el papel se empapa y las palabras se hunden. Lo que queda es un borrón que parece una isla y desde ella diviso mi propia silueta gritando, pero no llega el sonido.

Desde la azotea del hospital el mundo se ve del tamaño de una uña. Allí supe que somos un punto que dura lo que tarda una gota en secarse sobre la barandilla. Y, sin embargo, dentro de ese diminuto espacio caben todas las Navidades, todos los miedos, todos los besos que no dimos.

Existe un segundo, puede que solo uno, donde el tiempo se abre como una persiana rota. Ocurre cuando oímos nuestra voz grabada y no la reconocemos. En ese intersticio se asoma lo que fuimos y lo que seremos y, por un instante, nos comprendemos enteros. Y, entonces, quizá no haya que vencer al tiempo, sino dejar que nos roce sin prisa, como quien palpa una tela antes de comprarla. Al final, él no cuenta la historia, tan solo la devela.


Lastimadas

25.11.25


A veces convertimos nuestras heridas en habitaciones donde nos quedamos demasiado tiempo. El auto compecimiento entra entonces como un huésped amable, dispuesto a justificarnos cada inercia, cada miedo. Pero ese perdón que nos ofrece no cura sino que más bien anestesia. Nos absuelve sin pedirnos transformación y por eso es innecesario al perdonar sin levantarnos, ya que la verdadera compasión no nos encierra sino que nos impulsa.



La curvatura de la Tierra

24.11.25


Descubrir que este planeta era curvo me costó noches de insomnio infantil. Pensar que había gente bocabajo sin caerse al vacío y admitir, demasiado pronto, la ilógica adulta. Uno crece aprendiendo que el mundo no encaja en la geometría de nuestros miedos.

Hoy acepto, sin más, que el universo es curvado, finito e ilimitado, una paradoja que no inquieta, porque ya no busco comprenderlo, sino apenas acompañarlo. Sé que la materia se dobla, que el espacio se hunde sobre sí mismo, que nada es recto salvo nuestra necesidad de orden.

Y también acepto que un día este globo terráqueo puede estallar, no sólo porque lo advirtiera Stephen Hawking, sino porque la fragilidad es quizá su destino cierto, el de una esfera minúscula suspendida en un abismo que no promete nada.

La curvatura de la Tierra ya no me quita el sueño. Lo que me asombra ahora es que sigamos aquí, aferrados a este punto ínfimo del Universo, como si lo infinito necesitara testigos.


Metido en el charco

23.11.25


Hay un charco en la noche que, en sus bordes, refleja la luz de la luna. Su silueta asemeja el bocadillo de un tebeo con la superficie oscura. Qué escribir dentro: la noche misma, el pensamiento del día que se va o el sueño que espera. La larga meditación del cuento que es la vida. Al final me doy cuenta que dentro de ese negro espacio estoy yo. Y entonces el charco trepida, no por ningún viento ni por mis pasos sino porque la figura que veo allí no coincide del todo conmigo. Me observo desde abajo, como si fuese una versión más sincera y menos contenida de mi propia sombra. Esa otra presencia me mira, paciente, esperando que descifre el mensaje que no sé formular. Me acerco más y más, hasta que el reflejo extiende un gesto que no recuerdo haber hecho jamás, hasta hacerme comprender que no es mi imagen lo que se oculta en ese fondo oscuro, sino mi futuro, una historia aún sin escribir que me mira desde el agua y aguarda a que decida qué poner en su bocadillo de tinta.


Quebrantamientos

22.11.25


Cada vez se hace más necesario que nos convirtamos en saboteadores de los algoritmos.


Principio de perplejidad

21.11.25


Existe un destino certero y luego está la incertidumbre de lo que somos.


Fabricantes de ignorancia

20.11.25


Hay ignorancias que nacen del descuido, y otras que se siembran con esmero. Vivimos rodeados de verdades a medias, de silencios convenientes, de datos que brillan para ocultar otros. Y en ese terreno fértil de la confusión florece lo que llaman agnotología, es decir el estudio de la ignorancia fabricada.

No se trata de la inocente falta de conocimiento, sino de un no saber cuidadosamente construido. Alguien decide qué se oculta, qué se tergiversa, qué se disfraza de duda. Y así, el desconocimiento deja de ser un accidente para convertirse en una herramienta.

La agnotología nos recuerda que la ignorancia también tiene autores. Son gobiernos que esconden, corporaciones que manipulan, discursos que nublan en lugar de iluminar, pero también somos cómplices, porque a veces preferimos la niebla a la claridad, el rumor a la verdad, la comodidad de no saber a la responsabilidad de entender.

El conocimiento libera, pero el exceso de ruido lo adormece. Por eso, aprender hoy no consiste solo en buscar lo que se sabe, sino en reconocer lo que nos quieren hacer ignorar. La agnotología es, en el fondo, una poética de la sombra, una invitación a mirar no solo la luz del saber, sino también las manos que la sostienen o la apagan.


La densidad de las palabras

19.11.25


Las palabras no son corchos que echas al agua y flotan. Tienen que tener un peso específico que las haga hundirse en nuestro interior. Solo así dejan sedimento, memoria, huella.

Las palabras ligeras resbalan, suenan, pero no tocan porque se las lleva el aire, como polvo que no encuentra superficie donde adherirse. Las otras cuya densidad la hace verdaderas, descienden lentamente hasta la zona donde la conciencia guarda su materia viva. Ahí, en ese fondo íntimo, empiezan a trabajar en silencio.

Una palabra con peso se densifica y nos obliga a detenernos, a respirar de nuevo, a reacomodar el mundo en torno a ella. A veces incomoda, a veces consuela pero siempre transforma, porque solo las que hunden en nosotros su gravedad son capaces de sostenernos.


Macilentos

18.11.25


No nos cansa la fatiga ocular sino aquello que deja de revelarnos su misterio. La mirada se agota cuando el mundo pierde su espesor, cuando los objetos ya no nos entregan su secreto y la realidad se vuelve superficie. La fatiga no nace de los ojos sino de la falta de asombro. Nada pesa más que lo que ya no tiene misterio porque cuando todo parece conocido, la vida se nos vuelve plana, inerte, sin relieve y, entonces, comprendemos que el cansancio no viene de la luz, sino de la ausencia de revelación. No nos cansa la fatiga ocular sino aquello que deja de revelarnos su misterio.


Un alto

17.11.25


Me sostengo, no sé, en la punta de algo, el punto más extremo de la evolución humana. No soy más que un espécimen, como otros miles de millones que viven en este planeta. Contemplo pues la cima de todo lo que nos ha traído hasta aquí. Y en mi conocimiento se mezclan aspectos horribles, aspectos hermosos, en una mirada única y disoluble en el tiempo. Y esa atalaya será ocupada por otros seres humanos que me sucederán porque somos un sustrato de la vida. Es desde esa conciencia enardecida desde la que me pregunto qué hago aquí.


El espectador

16.11.25


Me contó que su gran sueño, su única ilusión, era participar como público en un programa de televisión. Ser un obediente espectador que aplaude y se ríe cuando lo indica el regidor. Sería el súmmum de su existencia extasiarse ante presentadores y famosos. Sería feliz siendo público de televisión.

Y un día lo consiguió. Lo vi en la pantalla, en la segunda fila, sonriendo con devoción y aplaudiendo con fervor cada vez que la luz roja se encendía. Desde entonces no ha vuelto a salir de allí: cambia de programa, de canal, de época, pero siempre está sentado, mirando hacia un escenario que no termina nunca.

Dicen que, si haces zapping con atención, todavía se le puede ver, feliz, esperando la próxima orden del regidor.


El alivio de lo imposible

15.11.25


A veces sueño con cosas imposibles. No importa que no sean ciertas, bastan con que me sostengan en mitad de la cotidiana rutina, porque esos sueños inventan una fisura en el tiempo, un respiro para recordar que aún puede imaginar. Lo imposible cumple una función secreta que no es otra que la de mantenernos despiertos, ya que mientras la razón mide lo alcanzable, el sueño nos concede una leve fuga, un instante sin peso, en esos días en que la vida se vuelve demasiado real, y solo lo inasible nos devuelve la esperanza. A veces no soñamos para realizar los sueños sino para alivianar el peso de existir.


La trampa de la memoria

14.11.25


Hay recuerdos que creemos intactos, como fotografías protegidas por un cristal, pero basta tocarlos para descubrir que el vidrio es, en realidad, un pantano. La memoria, esa zona que suponemos firme, tiene la consistencia de las arenas movedizas y cuanto más intentamos sostenernos sobre ella, más nos hundimos. Idealizamos el pasado con la esperanza de que nos devuelva una versión coherente de lo que somos y, sin embargo, lo que guardamos no es lo que fue, sino lo que hemos sobrevivido en ser, y cuando nos empeñamos en rescatar la imagen precisa de un instante, esa misma precisión se convierte en trampa porque el recuerdo se resiste, se hunde, se escapa entre los dedos. Cernuda supo que el deseo termina disuelto en la memoria, como una figura que el agua borra. Borges advirtió que recordar demasiado puede ser un infierno: el exceso de pasado paraliza. Ambos comprendieron que el olvido no es un enemigo, sino un derecho y tal vez, por eso, la memoria no esté hecha para conservar, sino para arrinconar las cosas. Lo que se hunde en ella no se pierde pero se transforma en silencio, en sustancia de lo vivido. Y esa aceptación, más que un acto de renuncia, es una forma de paz.



El error que fuimos

13.11.25


Todos los errores cometidos nos han traído hasta aquí. Cada tropiezo, cada desvío, cada torpeza ha tejido, sin saberlo, la trama de lo que somos. Sin ellos, quizá habríamos sido una versión más pulida, pero también más ajena, más irreal, porque los errores no solo deforman el camino sino que lo revelan. Nos muestran el contorno de nuestras búsquedas, la medida de nuestros límites y, a veces, incluso el modo secreto en que la vida nos corrige sin decirlo. No hay destino sin falla ni aprendizaje sin caída. Sin los errores que fuimos, no existiría la verdad que hoy nos sostiene.


El puzle

12.11.25


Nunca terminarás de encajar todas las piezas del rompecabezas de tu vida. Siempre faltará una, o sobrarán dos. Y, sin embargo, seguirás ordenando los bordes, girando las figuras, buscando el fragmento que encaje con lo que fuiste. La vida no se completa: se sostiene en su hueco. Cada pieza ausente nos recuerda que seguimos vivos, que aún buscamos. El sentido no está en terminar el puzle, sino en mirar cómo la imagen, aun incompleta, sigue teniendo forma.


Cernudiana

11.11.25


El tiempo como una enredadera cubre de olvido los muros de todo lo sentido.


Replegarse

10.11.25


Veo el mundo sin verme en él y entonces lo comprendo porque mientras me miro, todo se distorsiona y las cosas dejan de ser y se vuelven puro reflejo. Solo cuando me retiro, el mundo recupera su forma. Por eso, tal vez, comprender no sea poseer ni juzgar, sino desaparecer un instante de aquello que se contempla. La verdad no se alcanza con la mirada, sino con la renuncia al yo que mira.


Invasiones

9.11.25



Durante muchos siglos la Gran Muralla China aguantó innumerables arremetidas mongolas pero con el paso del tiempo no ha podido contener las incursiones bárbaras de los turistas. Ahora llegan en oleadas, armados con cámaras, teléfonos y palos de selfi. No buscan conquistar territorios, sino encuadres. Allí donde antes resonaban ecos de guerra, hoy se escuchan clics y risas en todos los idiomas. Media guardia ha desertado y el resto de guardianes ha dejado de vigilar el horizonte y se dedica a controlar el acceso del wifi.


Recibimientos

8.11.25


La solidaridad es tantas veces criticada por quienes podrían ser sus beneficiarios, que asusta la honda ingratitud del corazón humano. Parece que ayudar se ha vuelto sospechoso y recibir, una herida al orgullo. Y olvidamos que la solidaridad no humilla sino que dignifica al que da y, por supuesto, al que acepta. Pero vivimos en tiempos donde la dependencia se confunde con debilidad y la empatía con ingenuidad, donar se interpreta como paternalismo y aceptar como derrota. Y sin embargo, toda sociedad se sostiene sobre el intercambio invisible del cuidado, porque nadie se salva solo, aunque a veces la autosuficiencia lo disfrace de virtud. Quizá el verdadero desafío no sea aprender a dar, sino reaprender a recibir y a reconocer en el gesto ajeno no una ofensa, sino una forma de humanidad compartida. Recibir con gratitud también es una forma de dar.


Inventario de las cosas impensadas

7.11.25


El pensamiento humano ha conquistado casi todo, salvo el misterio de lo que no puede pensar. Y quizá en ese límite invisible habite la conciencia de que siempre habrá algo que aún no hemos pensado. Pongamos en duda que el pensamiento sea la cima de la conciencia sino su base porque, aunque hayamos pensado en dioses, en átomos, en universos paralelos, en el infinito, en la trascendencia o las máquinas que por nosotros actúan, deben de existir zonas del ser todavía no tocadas por mente alguna.

Un sentimiento sin cuerpo.
El silencio sin sonido.
El deseo de una inteligencia que no necesita desear.
Cómo nos percibe la materia.
El tiempo contándose a sí mismo.
El morir de la muerte cuando nada exista.
La desaparición de todo lo no aparecido.

Al nombrar en lo que no se ha pensado ya deja de ser impensado. Nombrar lo impensado es ya una forma de pensarlo pero aceptar que algo permanece más allá del pensamiento es lo que mantiene viva la inteligencia humana.


El instante eterno

6.11.25


No existe nada más eterno que el instante que vivimos. El resto tanto pasado como futuro son ficciones de la mente, un registro y un bosquejo. Solo el presente tiene cuerpo, solo en él respiramos conciencia.

El instante no dura, pero deja huella. En su brevedad se condensa la memoria, el deseo, la cognición del ser. Su eternidad no proviene del tiempo, sino de la intensidad.

Cuando un momento nos atraviesa plenamente, el reloj se detiene no porque el tiempo cese, sino porque dejamos de medirlo. Esa suspensión es el territorio de lo intenso, el punto donde la vida y la eternidad se lían y aunque busquemos la permanencia en lo que dura, lo eterno habita en lo que sucede y se marcha. La eternidad no está en el infinito, sino en el ahora consumido. Vivir es conceder al instante la dignidad de lo imperecedero.


El arquitecto de las ideas

5.11.25


Tuve dos vocaciones de juventud: ser poeta y ser arquitecto. Emborroné cuadernos, regalé malos versos e insistí hasta que el tiempo me hizo flojear de aquel empeño. También diseñé edificios y soñé imaginativas construcciones mientras estudiaba Delineación, pero nunca alcancé aquella meta. De la primera ambición ya me curé, aunque no del todo, porque dicen que los poetas nunca se remedian, solo se transforman, y ahora, sin proponérmelo, me realizó en la segunda.

Igual que un arquitecto que diseña obras de arte y tiene un gran equipo que las realiza, técnicos que hacen los cálculos, obreros que la levantan, ahora me he convertido en un arquitecto de las ideas que proyecta estructuras invisibles que ya no se construyen en piedra, sino en el pensamiento, con miles de máquinas inteligentes que las construyen, que las revisten, que las detallan, según mi plan director de la obra.

La inteligencia artificial ha desplazado las manos, pero no el gesto creador. Esas máquinas no son mis obreras ni mis sustitutas, sino los instrumentos con los que mi pensamiento se vuelve materia. Como todo buen arquitecto, debo saber cuándo intervenir y cuándo dejar que la obra se construya sola. Quizá esa sea la paradoja de nuestro tiempo: las ideas todavía necesitan un arquitecto, aunque el edificio ya se levante sin manos humanas. El diseño imaginativo sigue siendo un acto de pensamiento humano.

Desde los primeros filósofos del siglo XX, la relación entre el ser humano y la técnica ha sido una de las grandes cuestiones del pensamiento. No se trata solo de cómo usamos las herramientas, sino de cómo las herramientas nos piensan a nosotros.

Martin Heidegger, en ‘La pregunta por la técnica’, afirmaba que el peligro no está en las máquinas, sino en la manera en que nos relacionamos con ellas: cuando dejamos de verlas como medios y empezamos a pensar como ellas. La técnica, decía, no es un instrumento, sino una forma de desocultamiento, una manera de revelar el mundo. En ese sentido, el arquitecto de las ideas no es esclavo de sus máquinas, sino su guía ontológico, el que decide qué debe ser revelado.

Al respecto, Walter Benjamin advirtió que la reproductibilidad técnica transformaba la experiencia del arte, pero también democratizaba el acto creativo. La obra ya no depende solo del genio individual, sino de un tejido colectivo de medios, dispositivos y miradas. Algo parecido ocurre con la inteligencia artificial donde el creador sigue existiendo, pero ahora su taller es el universo digital.

Más tarde, Gilbert Simondon entendió la técnica como una forma de individuación donde cada herramienta encarna un fragmento de pensamiento humano en evolución. Crear con máquinas no significa perder autonomía, sino extender la mente hacia otros materiales de lo posible.

En ese horizonte, El arquitecto de las ideas no plantea una nostalgia por el pasado artesanal, sino una continuidad espiritual en el acto de proyectar, de concebir formas, de imaginar estructuras, sigue siendo profundamente humano. Porque mientras haya alguien que trace el plano invisible de una idea, la técnica. por muy autónoma que parezca, seguirá siendo una obra del pensamiento en construcción.


Saludable creatividad

4.11.25


Vivimos rodeados de discursos sobre productividad, innovación y rendimiento. Sin embargo, casi nadie habla de creatividad en su sentido más humano: como una forma de libertad interior. Crear no es solo inventar algo nuevo, sino abrir espacio donde antes solo había rutina, obediencia o miedo.

Una mente caótica en una vida ordenada es una suerte porque en el caos interno impide que la existencia se endurezca, que la costumbre adquiera la forma de destino. La creatividad es esa grieta luminosa por la que entra el aire del asombro.

Ya Gilles Deleuze y Félix Guattari advirtieron que no nos falta comunicación, sino creación. En una época saturada de mensajes y datos, la resistencia más profunda no está en hablar más, sino en imaginar distinto. La entereza imaginativa ante lo actual es lo que alivia su peso, lo que nos salva del conformismo que disfraza de normalidad lo intolerable.

Erich Fromm escribió que la creatividad requiere el valor de desprenderse de las certezas, ya que toda invención nace de una pérdida y solo quien se atreve a soltar los mapas encuentra caminos nuevos. La perplejidad, lejos de ser debilidad, es una forma de inteligencia, la que sabe vivir sin saber del todo.

Frente a un sistema que todo mide y anticipa, solo dos actitudes mantienen viva la dignidad del pensamiento, la creatividad y la subversión, hermanas del mismo gesto de negarse a repetir. Fomentar la imaginación en la niñez no es un lujo educativo, sino una urgencia moral. Un niño que imagina será un adulto que sobrevive, no porque tenga respuestas, sino porque sabrá inventarlas.

Adivinatorias

3.11.25


Imaginamos el porvenir con los ojos del presente, con los mismos temores y deseos que nos limitan hoy. Confundimos proyección con comprensión, como si ver más lejos fuera entender mejor. Pero el futuro no se deja adivinar: se inventa, se desvía, nos desmiente. Quizá lo más sabio no sea intentar verlo, sino aprender a recibirlo sin la soberbia de creer que ya lo conocemos. El problema de pronosticar el futuro es que caemos en nuestra propia miopía.


El charco

2.11.25


El niño chapotea con sus botas de agua en un charco formado por la lluvia. Aparentemente sin ningún peligro da saltos de alegría, hasta que en un momento el charco se hace profundo y el chaval se sumerge en él. Después la superficie del agua como un espejo queda aquietada y refleja un cielo. Nadie lo vio desaparecer, pero a veces, cuando llueve, se oye una risa lejana que brota desde los charcos, como si el niño siguiera saltando al otro lado del mundo.