Viudedad

28.6.26


Al verla tan feliz nadie sospechó que venía de enterrar su pasado. Ni siquiera llevaba luto. Había llorado todo lo que tenía que llorar muchos años antes, mientras el pasado seguía respirando a su lado. El entierro fue un simple trámite. Unas cuantas fotografías, una alianza, dos cartas y el nombre de quien ya no ocupaba ningún lugar en ella. Cuando regresó, abrió las ventanas de la casa. Entró el aire y, por primera vez en mucho tiempo, no olía a recuerdo. Entonces comprendió que enviudar no siempre consiste en perder a alguien. A veces consiste, por fin, en dejar de pertenecerle.



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