La vida que te toca

21.3.26


Nos adiestraron para imaginar la vida como un escaparate donde elegir, comparar, desear otra vida distinta a la que tenemos delante, como si la existencia verdadera estuviera expuesta en una vitrina cercana, cuando vivir no consiste en cambiar de escenario sino en aprender a respirar en el lugar que habitamos. Y por eso viven quienes pasan los días negociando con lo que le falta y quienes, con la misma escasez, apagan la tarde con una lámpara, ponen a hervir el agua o parten el pan para que la realidad sea habitable. La diferencia no está en la cantidad de mundo sino en la intensidad con que se lo acoge. La dignidad —esa forma silenciosa de la alegría— suele nacer en lugares imperfectos. No elegimos el punto de partida, ni la familia, ni el cuerpo, ni la época, ni ciertas pérdidas que llegan sin preguntar, pero en ese margen estrecho donde parece que no hay elección comienza el verdadero oficio, el de decidir el tono, la mirada y la forma de estar. Convertir la circunstancia en domicilio porque la plenitud no es una vida sin grietas sino una vida en la que las grietas dejan pasar la luz, ya que se trata de vivir la mejor vida dentro de la vida que nos toca vivir.


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