El
presente —dice Deleuze— es un instante sin espesor, y sin embargo pesa. Pesa
cuando pienso en los niños que mueren de sida mientras limpio un pescado y el
cuchillo resbala por la piel plateada como si la filosofía no hubiera ocurrido.
Nietzsche y Heidegger advierten que no somos el relevo de ningún dios, pero hay
que pagar la compra, y mientras alguien no llega a fin de mes, otra persona
duerme entre cartones con la boca tomada por el sarro y un Tetra Brik como
última intemperie. Baudrillard habla de la ilusión del fin, de ese espectáculo
del desastre que nunca termina de suceder. Séneca pregunta para qué sirve saber
lo que es una recta si no sabemos lo que es la rectitud. Y Cioran remata que
ninguna idea ha calmado el miedo a morir. Y, mientras tanto, la casa exige sus
gestos mínimos, la vida su sintaxis doméstica. Todo ocurre a la vez y en planos
distintos: la ontología y el fregadero, la metafísica y el frío de la calle, la
teoría y la ausencia. He visto marcharse a tantos que mi memoria tiene megafonía
de andén. Tal vez escribir sea sostener ese choque sin jerarquías y que el
pensamiento no nos absuelva de la vida ni la vida nos vuelva analfabetos del
dolor.
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