Si
el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos, como señaló Borges, cada
jornada vendida es una pequeña amputación consentida. Cambiamos horas por
dinero y el dinero por objetos que prometen devolvernos, en forma de placer
inmediato, lo que ya no tenemos que es una vida disponible. La operación parece
inocente porque se llama normalidad. Nos enseñan que ese trueque es el orden
natural de las cosas, que nacer consiste en entrar en el mercado del tiempo
propio. Trabajamos para vivir —decimos—, pero a menudo vivimos para sostener el
mecanismo que administra nuestra ausencia. Lo más inquietante no es la pérdida
sino que nos acostumbramos. La esencia no se extravía de golpe: se diluye en
hábitos, en compras que sustituyen experiencias, en cansancios que aplazan lo
que somos para un después que nunca llega. Y, sin embargo, el tiempo no sabe de
salarios ni de precios y sigue siendo la materia irrepetible de nuestra
conciencia. Quizá la verdadera resistencia consista en recordar que no somos
aquello que adquirimos sino aquello a lo que decidimos dedicar nuestras horas.
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