La sustancia

16.3.26

 

Si el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos, como señaló Borges, cada jornada vendida es una pequeña amputación consentida. Cambiamos horas por dinero y el dinero por objetos que prometen devolvernos, en forma de placer inmediato, lo que ya no tenemos que es una vida disponible. La operación parece inocente porque se llama normalidad. Nos enseñan que ese trueque es el orden natural de las cosas, que nacer consiste en entrar en el mercado del tiempo propio. Trabajamos para vivir —decimos—, pero a menudo vivimos para sostener el mecanismo que administra nuestra ausencia. Lo más inquietante no es la pérdida sino que nos acostumbramos. La esencia no se extravía de golpe: se diluye en hábitos, en compras que sustituyen experiencias, en cansancios que aplazan lo que somos para un después que nunca llega. Y, sin embargo, el tiempo no sabe de salarios ni de precios y sigue siendo la materia irrepetible de nuestra conciencia. Quizá la verdadera resistencia consista en recordar que no somos aquello que adquirimos sino aquello a lo que decidimos dedicar nuestras horas.

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