Mérito

23.3.26


Durante años nos dijeron que el mundo era una balanza exacta y que cada cual recibiría el peso de su esfuerzo. Era una promesa tranquilizadora ya que bastaba con hacer bien las cosas para que la vida respondiera con justicia. Pero la experiencia —esa forma lenta de la verdad— nos fue enseñando otro cálculo. Existen talentos que no encuentran ocasión y mediocridades que prosperan en terreno fértil. Hay trabajos invisibles que sostienen días enteros y aplausos que caen sobre gestos vacíos. El mérito, cuando se convierte en contabilidad, termina pareciéndose demasiado al orgullo o al resentimiento. Sin embargo, existe otra forma de merecer que no depende del reconocimiento ni del resultado. Está en la fidelidad a lo que se hace cuando nadie mira, en la obstinación de hacer bien incluso lo pequeño, en esa ética secreta que no cotiza en ningún mercado ni garantiza el éxito, pero construye algo más raro como es una conciencia habitable, porque el verdadero mérito no consiste en obtener lo que se espera sino en no traicionarse mientras se espera. El mérito más alto es seguir siendo digno de la vida que se vive, aunque la vida no reparta premios.


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