La
competencia nace cuando la vida se vuelve un escaparate. Entonces dejamos de
mirarnos por dentro y empezamos a calcularnos con la vara de otros. Pero
ninguna biografía es conmensurable: no hay dos trayectorias que compartan punto
de partida, herencias, heridas ni estaciones de descanso. Compararse es aceptar
una aritmética falsa. No hay que demostrar nada porque lo esencial no tiene
público. Crecer no es adelantar a nadie, sino ensanchar el propio límite,
llegar hoy un poco más lejos de donde ayer nos detuvimos. La única versión que
importa no es la mejor ante los demás, sino la más fiel a lo que podemos ser
sin traicionarnos. Las comparaciones sesgadas producen victorias vacías y
derrotas injustas. Nos obligan a competir en carreras que no elegimos y por
premios que no necesitamos. De ese ruido sólo se sale volviendo a la medida
interior, a ese ritmo propio que no entiende de podios porque la plenitud no se
alcanza cuando superamos a otros, sino cuando dejamos de necesitarlos como
referencia.
Sin medida ajena
19.3.26
Etiquetas: análisis, comentario, competencia, reflexión
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