Identidades ignotas

18.6.20



Lo defiendo desde hace tiempo: en primer término es la lectura y el lector. En un segundo plano más tenue, casi desaparecida, la autoría. Y sin embargo vivimos tiempos de escritores narcisistas enfermos de egolatría, cuyos nombres brillan más que sus obras. Lo he recordado al ojear este pasaje de la publicación ‘Leer contra la nada’ de Antonio Basanta: «Lo vi escrito en una de las bibliotecas de Medellín: ‘Quien lee no está haciendo algo; se está haciendo alguien’. (No recuerdo el autor de tan bello aforismo. Y esta amnesia cada vez me ocurre con mayor frecuencia. Recuerdo con precisión lo leído, pero olvido la identidad de quien lo ha escrito. Es como volver al origen de la literatura, siempre anónima)».



Desaciertos

17.6.20



Lo mejor es empezar por el final y querer a las personas más cercanas tal como son.



Extremidades

16.6.20



La sensación al escribir en los márgenes de la literatura es la de estar en tierra de nadie, y si nadie es su dueño es un espacio poco común pero libre, sin demarcaciones academicistas o editoriales, con anotaciones que exploran los confines de lo establecido y sus servidumbres. Acotaciones perdidas en cada hoja del libro que estamos siendo.



Dubitaciones

15.6.20



Dudar ya es una certeza.



Mi otro igual

14.6.20



Tengo un doble. Lo adquirí en propiedad a una compañía extranjera que publicitó una oferta con un descuento del treinta y tres por ciento de su coste. Eso me hizo pensar que siempre valdría menos que yo. 

En principio solo lo usaba para acontecimientos sociales como presentaciones de libros, conferencias, celebraciones onomásticas, bodas, fiestas de aniversario y de graduación. Después comencé a emplearlo en actuaciones como amar a la patria, actos litúrgicos, reivindicaciones, elecciones, degustaciones, reuniones de empresa y citas con los amigos. 

Comprobado el rendimiento que obtenía con su explotación, ocupó todas las áreas de mi actividad tanto laboral como familiar. Ahora vivo alejado del mundanal ruido mientras otro ocupa mi lugar.



Desafectivos

13.6.20



Pasa a muchas personas inteligentes que suelen estar enfadadas, a menudo, con el mundo y con sus semejantes.



Astigmatismo

12.6.20



Una aberración óptica es una anomalía que causa extravíos en la visión y da lugar a imágenes con falta de claridad. Ciertamente la mirada retrospectiva de algunas personas es siempre bondadosa sobre pasajes de otras épocas, realza los valores positivos que en ellas se daban y ensalzan a sus protagonistas principales. Fuera de su enfoque queda, claro está, el resto de calamidades que la mayoría de sus coetáneos padecieron. Una corrección para esa escasa lucidez le daría un mayor grado de conocimiento o de identificación con los demás.



Estocásticos

11.6.20



Lo más probable es que el ser humano nazca y muera en sí mismo. Sin mayor trascendencia que su nacimiento y vuelta a la nada. Es por ello que al acercarse a la biografía de los seres más doloridos y desafortunados no podamos más que experimentar un estremecimiento. Lucrecia fue abandonada por su madre a los pocos meses de nacer y vivió con su padre, su hermana mayor y dos hermanos varones. Su orfandad maternal la suplió con el afecto y la protección del núcleo familiar, pero al igual que una lluvia de neutrones libres es capaz de desintegrar un núcleo, los zarpazos del azar descompusieron ese escudo. Primero fue su padre arrebatado por un cáncer, al que siguió su hermano mayor aplastado por una bobina en factoría donde trabajaba. Un desafortunado día su otro hermano fue atropellado y quedó en coma. Su última tabla de salvación se hundió en una infección vírica. Cuando la miras a los ojos sientes esa nada en la que también te ahogas tú.



Munificencia

10.6.20



Dar ya es recibir. 



Venganza

9.6.20



¿Vivir bien es el mayor desagravio contra el mundo hostil?



Propósitos

8.6.20



Apuntar alto no significa dar en el cielo.




Vendido

7.6.20



Beatriz le mostró el pequeño apartamento. Su pelo negro en cascada y su brillante mirada hacían que la vivienda se inundara de objetos y vivencias. Jorge tímido y joven la siguió siempre observando su espalda y la redondez de sus hombros, la suavidad de sus formas bajo la blusa ajustada, sus minúsculos pasos de geisha y su voz casi infantil y cálida. Así fue desde que estuvieron en el portal del edificio. Luego en el ascensor él, con un cierto rubor clandestino, observó de reojo la respiración de sus pechos y la fragancia no muy cara de una perfumería de franquicia. La mujer Beatriz le hablaba y él, embargado por el chapotear de sus frases, se dejaba mojar sin entender la lluvia que lo empapaba. 

Ella abrió la puerta del piso con la destreza de quien tiene por hábito hacerlo. Al entrar el eco de la vaciedad hizo que las palabras se anquilosaran, pero cuando Bea dijo que el recibidor distribuía bien la casa porque daba continuidad a los pasillos, lo imaginó colorista y decorado con art déco. Y sobre la mesa una foto de Beatriz joven, más juvenil que ahora, en plenitud de su belleza. «A la derecha está la cocina». Se asomó y la vislumbró con el delantal y las manos manchadas de harina, mientras él le sonreía desde el otro extremo pelando patatas y escurriéndolas bajo el grifo. «Y está el lavadero que es muy luminoso». Entonces Jorge volvió al plano de realidad y vio la pieza que la mujer le indicaba. 

Llegaron al salón y Jorge ya no escuchaba sus palabras, aunque sus labios rojos no dejaban de moverse, mientras una escena familiar se proyectaba en su imaginación, primero como flamante pareja y luego con el trajín de una familia cargada en el enfrascamiento de la procreación. «El salón es amplio y tiene esa pequeña terrazita», por donde Jorge creyó ver el mar junto a Bea. «Dos cuartos de baño, uno más reducido y este otro dentro del dormitorio grande», algo que lo acabó por llevar hasta el espacio exterior y por lo que apenas se atrevió a mirar, ya que su contemplación era mucho mejor que la de aquella habitación vacía. «También están otros dos dormitorios más pequeños…», y el cielo, Jorge pensó, en ese instante, existe el cielo. 

Tiró de la puerta y un golpe seco y sonoro le hizo reaccionar. «¿Qué le ha parecido?» Quiso decirle «muy bien, amor», y solo asintió con la cabeza. «Pues vamos a mi oficina y firmamos el contrato». «Sí».



Diletante

6.6.20



La mujer recogió con parsimonia la ropa colgada de las cuerdas de la azotea. Apoyó en la barandilla el brazo cargado con los trapos recién descolgados, después fijo la mirada en el infinito. «Saldremos de esta con la nostalgia por contemplar una vida mejor y volveremos a la ‘normalidad’, esa que tanto asusta porque nos llenará de insensateces, de perjuicios y alegatos insalubres de urbanidad, de libertad invasiva contra la calma ajena, de los espejos rotos del abandono y del elusivo compromiso con la sensatez y la contumacia del insalubre vivir». La mujer recogió su mirada y se adentró en el laberinto de la casa otra vez.



Residentes

5.6.20



Somos prisioneros en una botella de cristal cuyas paredes transparentes nos hacen creer en la ilusión de la libertad.



Andanzas

4.6.20



Refería Polo de Acragante, discípulo de Licimnio de Quíos quien le regaló una colección de ‘palabras licimnias’ para la confección de un tratado titulado Sobre la bella dicción poética, que «en ocasiones hay que ir muy lejos a recolectar una palabra y solo su néctar endulza la amargura del camino andado». Y, tantas veces, nos extraviamos en la aventura y regresamos con las manos vacías, aunque eso sea lo que menos importa.



Ninguneos

3.6.20



El problema del desprecio hacia los demás es la mal disimulada arrogancia de un yo frustrado.



Azoramientos

2.6.20



Un hombre busca con afán en su monedero algunas monedas. Ahonda con sus dedos en el interior oscuro pero no halla nada con que pagar su necesidad. Y así busco yo, con inquietud, en el pozo sin fondo de la existencia humana.




Fracciones

1.6.20



Sobrevivimos en la reconstrucción de los fragmentos que somos.



Barrio

31.5.20



Los vecinos de la calle Espejo siempre que salían de casa pisaban el cielo.



Homúnculos

30.5.20



Mi querido amigo Joselu, fiel lector y comentador de este blog, señalaba ayer que nos somos libres porque nuestra libertad es una proyección de nuestro cerebro. De hecho, advertía, que mis post ya estaban escritos de antemano, aunque yo nunca hubiera imaginado que el post que ahora escribo ya estuviera hecho. Y, por tanto, que ese diez por ciento de consciencia de mi mente se hiciera la ilusión que he decidido, libremente, teclear estas palabras, llegadas a saber de qué rincón de mi actividad mental. El filósofo y neurocientífico, Sam Harris, sostiene que podemos decidir lo que hacemos, pero no podemos decidir lo que queremos decidir hacer, que es lo que supongo que me ha pasado a mí tras poder decidir escribir esta entrada en la bitácora, pero sin poder decidir que quería decidir hacerla.