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Los besos

25.4.26


Hay una forma del tiempo que no miden los relojes. No avanza por horas ni por fechas sino por intensidades. A veces basta un beso para alterar su curso, para dejar en la existencia una señal más honda que muchos años vividos sin temblor. Los besos no duran lo que duran porque permanecen de otro modo, en una memoria del cuerpo que ninguna razón consigue borrar del todo. Cada beso dado y cada beso recibido abre una pequeña herida en el tiempo. Un arañazo pero también una inscripción ya que besar no es solo rozar unos labios, es arrancarle al instante algo de su fugacidad, obligarlo a quedarse en nosotros como una brasa secreta. Hay besos que se olvidan y besos que, aun perdidos, siguen respirando en alguna parte del alma. Quizá por eso el corazón no envejece solo con los años sino también con aquello que lo marca y lo preserva, y cada beso lo expone pero al mismo tiempo lo salva de la completa desaparición. Lo vuelve vulnerable y también más duradero. El amor no vence al tiempo pero lo araña.


Irresoluciones

7.6.21



No sé qué es más terrible si la espantosa muerte cotidiana o el beso del olvido.



Sin término medio

9.1.21



En este subibaja de abrazos y de besos que es la vida se está buena parte del tiempo descompensado. De niño, lo recuerdo, los brazos de mi padre y de mis tíos me elevaban al cielo para darme un abrazo. 

Luego estaba mi abuela, pequeña pero grande, donde me refugiaba en su amparo y a la que no tardé en rodear su fuerte pequeñez. Y mi madre que con abrazos de madre me hacía crecer. Hubo abrazos igualados por el tiempo y después, rápidamente, desnivelados. 

Al final, otra vez inclinarse, esta vez hacia abajo para besar a los hijos mientras van creciendo y quedan los abrazos, otra vez, desnivelados a la altura del futuro, sin que hubiera, para el cariño y la ternura, un término medio.



El beso

24.7.05


Llovía sobre el silencio de la noche coja con mansedumbre y delación, en una noche de mayo cuando todas las puertas se han cerrado. La tormenta del miedo que auscultaba entre los borradores de los sueños, se hacía fuerte y jadeaba. El tiempo era un misterio envejecido como un vino añejo. Entonces la besó en la boca. La besó con un beso apasionado y definitivo mientras su mano derecha agarraba la nuca que tapaba una ondulada melena pelirroja de reflejos oscuros desplegada en el aire de la noche. Sabía que la perdía, que ya la estaba perdiendo desde esa noche desangelada. Sara no entendió el porqué de aquel beso, ni el titilar de las estrellas que asomaban en el silencio como puntitas de cristal, ni la mirada extraña del transeúnte que cruzó aquel instante. Una lágrima andrógina se deslizó por la mejilla de Esperanza mientras recordaba la última escena de la película Thelma y Louise.

El beso

22.4.05


Llovía sobre el silencio de la noche coja con mansedumbre y delación, en una noche de mayo cuando todas las puertas se han cerrado. La tormenta del miedo que auscultaba entre los borradores de los sueños, se hacía fuerte y jadeaba. El tiempo era un misterio envejecido como un vino añejo. Entonces la besó en la boca. La besó con un beso apasionado y definitivo mientras su mano derecha agarraba la nuca que tapaba una ondulada melena pelirroja de reflejos oscuros desplegada en el aire de la noche. Sabía que la perdía, que ya la estaba perdiendo desde esa noche desangelada. Sara no entendió el porqué de aquel beso, ni el titilar de las estrellas que asomaban en el silencio como puntitas de cristal, ni la mirada extraña del transeúnte que cruzó aquel instante. Una lágrima andrógina se deslizó por la mejilla de Esperanza mientras recordaba la última escena de la película Thelma y Louise.