Frutos del tiempo

30.4.26


Madurar como adulto es sentirse como un niño, actuar como un joven y pensar como un viejo.


Zarandeados

29.4.26


La historia de la humanidad siempre es convulsa.


Virtual realidad

28.4.26


No sé si estamos entrando en el otro lado de la realidad o si es la realidad misma la que ha comenzado a volverse otra. Lo cierto es que los viejos patrones de normalidad se desajustan con una rapidez que ya no permite la ilusión de estabilidad. El orden internacional se resquebraja bajo la ley del más fuerte; no pocos ciudadanos abrazan opciones políticas que lesionan sus propios intereses y los de la comunidad; la tecnología ensancha el mundo mientras reduce nuestra capacidad de comprenderlo; y la sobreinformación, lejos de esclarecernos, nos aturde hasta la impotencia. Cabe preguntarse si no habitamos justamente ese punto de cruce en el que un mundo termina de agotarse, con sus bienes y sus males, mientras otro irrumpe con una fuerza inédita y nos obliga a aprender de nuevo dónde estamos.


Maleables

27.4.26


En esta época persiste un yo volátil: mudable, inconstante y efímero.



Bailora

26.4.26

Acabó en comisaría para denunciar que le habían quitado lo bailao. El agente levantó la vista con desgana.
—¿Cómo dice?
—Que me lo han quitado —insistió ella—. Todo. Hasta el último paso.
No llevaba pruebas, pero sí una certeza: las piernas le pesaban como si nunca hubieran aprendido nada. Intentó demostrarlo allí mismo, en medio del pasillo, pero sus pies apenas supieron dudar.
—Antes bailaba —dijo—. Y ahora no queda ni el recuerdo.
El agente anotó algo que no escribió.
—¿Cuándo ocurrió?
Ella pensó.
—Anoche… o hace años. No lo sé. Pero alguien se lo está llevando.
En la sala de espera, un hombre mayor tarareaba una música inexistente. Sus dedos marcaban el ritmo sobre el bastón con una precisión sospechosa. Ella lo miró fijamente. Se acercó despacio.
—Disculpe —dijo—, ¿de dónde ha sacado ese compás?
El hombre sonrió, como quien no debe nada a nadie. Y por un instante, muy breve, sus pies recordaron pero ya no eran suyos.



Los besos

25.4.26


Hay una forma del tiempo que no miden los relojes. No avanza por horas ni por fechas sino por intensidades. A veces basta un beso para alterar su curso, para dejar en la existencia una señal más honda que muchos años vividos sin temblor. Los besos no duran lo que duran porque permanecen de otro modo, en una memoria del cuerpo que ninguna razón consigue borrar del todo. Cada beso dado y cada beso recibido abre una pequeña herida en el tiempo. Un arañazo pero también una inscripción ya que besar no es solo rozar unos labios, es arrancarle al instante algo de su fugacidad, obligarlo a quedarse en nosotros como una brasa secreta. Hay besos que se olvidan y besos que, aun perdidos, siguen respirando en alguna parte del alma. Quizá por eso el corazón no envejece solo con los años sino también con aquello que lo marca y lo preserva, y cada beso lo expone pero al mismo tiempo lo salva de la completa desaparición. Lo vuelve vulnerable y también más duradero. El amor no vence al tiempo pero lo araña.


Arreglos

24.4.26


Lo importante no es enfrentar las discrepancias sino avenir las coincidencias.



Día de quienes leen

23.4.26


Antes que el libro está quien lee. Antes que el objeto, el gesto; antes que la mercancía, la conciencia que se inclina sobre unas palabras para encenderlas por dentro. El verdadero prodigio no es el volumen impreso, ni la novedad apilada en escaparates, ni la liturgia comercial de una fecha señalada, sino ese acto silencioso y decisivo por el cual alguien se detiene a leer y, al hacerlo, ensancha su vida. Se celebra el libro, pero acaso habría que celebrar otra cosa: la paciencia de quien lee, su fidelidad en medio del ruido, su resistencia entre la sobreabundancia, su capacidad de abrir un espacio de hondura en un tiempo saturado de reclamos, porque en un mundo donde la escritura se reproduce sin descanso y los títulos se multiplican hasta el vértigo, lo raro no es publicar: lo raro, lo valiente, lo casi heroico, es leer de verdad. Hay además una impostura frecuente en ciertas conmemoraciones culturales: disfrazar de fervor lector lo que no pocas veces no es más que interés de mercado. Se invoca la lectura mientras se protege sobre todo la circulación del producto; se ensalza la literatura, pero se margina a menudo lo que no entra en los catálogos dominantes, lo que se autopublica, lo que no obedece a la moda, lo que nace fuera del escaparate y de sus jerarquías previsibles, como si la creación solo mereciera estima cuando resulta rentable. Pero la literatura nunca ha cabido del todo en una mesa de novedades, vive también en los márgenes, en los formatos que cambian, en las voces que no reciben permiso, en las páginas que encuentran a sus lectores sin el amparo de los grandes aparatos de legitimación, y por eso acaso convendría desplazar la celebración: menos culto al libro como fetiche, más reconocimiento a la lectura como forma de libertad, porque al final no sostiene la literatura quien más la vende sino quien todavía la lee.


Dimensionados

22.4.26


El grado de ingenuidad social se mide por quienes se sienten inmunes al desastre.


Lo mío

21.4.26


Todos los días hago una larga lista de tareas que me dispongo a cumplir con una mezcla de gusto y disciplina. Son atenciones personales, dedicaciones domésticas, asuntos menudos que sostienen la jornada como preparar la comida, hacer la compra, resolver algún embrollo burocrático, atender lo cotidiano, acudir al gimnasio, cumplir con las pequeñas faenas que permiten que la vida siga en pie. A veces, cuando me encuentro con alguien, refiero esas ocupaciones con naturalidad, casi como si en ellas se agotara el contenido de mis días. Las enumero una tras otra, quizá por modestia, quizá por defensa, y al final añado, no sin cierto pudor, y lo mío. Lo mío es una expresión imprecisa, como si no me atreviera a nombrar del todo aquello que de veras me pertenece, pero no es otra cosa que esto de ponerme a escribir. Todo lo demás organiza la vida; esto, en cambio, la justifica. Y es que, a veces, lo más propio solo se deja decir con circunloquios.


Delirantes

20.4.26


Amar y escribir admiten un cierto margen de locura.



Sin regreso

19.4.26


Le ocurrió la última vez. Anteriormente pudo volver, pero no en esta ocasión. Cuando escribía solía salir de su realidad, inmerso en esos mundos imaginados que dan voz a sus personajes, lugar a los paisajes descritos y a las situaciones narradas. No sabemos muy bien por qué, pero se metió tanto en aquel papel que se quedó dentro de una de sus novelas y pareció un personaje más. Al principio, nadie lo notó. El manuscrito seguía creciendo sobre la mesa, como si alguien lo continuara en secreto. Las páginas aparecían cada mañana, aún tibias, con una letra ligeramente distinta, más insegura, como escrita desde dentro. En la historia, había un hombre. No tenía nombre fijo. A veces era narrador, a veces testigo, a veces apenas una sombra que cruzaba una escena y desaparecía, pero estaba siempre. Observaba y parecía buscar algo. Los lectores comenzaron a sentir una incomodidad leve, difícil de explicar. Como si alguien los mirara desde el otro lado del texto. Como si la historia, en lugar de avanzar, los estuviera esperando. Una noche, alguien leyó en voz alta un fragmento nuevo.
—Intento salir, pero cada puerta da a otra página — Y cerró el libro. Desde entonces, nadie ha querido terminarlo. Y, sin embargo, de vez en cuando, aparece una línea más como si él siguiera escribiendo, esperando que alguien, al leerlo, encuentre la forma de sacarlo de allí.



Compactadas

18.4.26


Las mentes que no se quiebran acaban por endurecerse.




Desvanecimiento

17.4.26


Si me muero de algo que sea de un ataque de felicidad.



Solturas

16.4.26


Deleuze y Guattari entendieron algo decisivo y es que el mal de nuestro tiempo no consiste en la falta de comunicación sino en su exceso. Estamos cercados por voces, consignas, estímulos, informaciones, y sin embargo cada vez resulta más difícil crear y resistir. El presente pesa no solo por lo que impone sino por la velocidad con que ocupa todos los espacios de la conciencia. Frente a esa presión, la imaginación no es un adorno ni una evasión. Es una forma de entereza. Crear equivale a no entregarse por completo a lo dado, a abrir un resquicio en la compacta superficie de la actualidad. Solo así el presente deja de ser una losa y empieza, al menos por un instante, a volverse respirable. Solo resiste de verdad quien todavía es capaz de imaginar.


Merecidos

15.4.26

 

Nos merecemos una vida agradable, el resto es inane.


Colapsos

14.4.26


El mundo ya ha colapsado varias veces. A veces por la guerra, a veces por la peste, a veces por el hambre, a veces por la naturaleza cuando decide recordar su fuerza. Pero ningún mundo cae por una sola causa. Toda ruina es coral. Los colapsos no empiezan cuando cae la primera bomba ni cuando falta el primer pan. Empiezan antes, cuando la escasez se vuelve costumbre, el miedo método, la desigualdad ley y la desconfianza clima. Una civilización empieza a pudrirse cuando deja de creer en lo común. No soy pesimista y solo procuro no mentirme ni rendirme. Hay una distancia cada vez más feroz entre lo que somos y lo que fabricamos. La biología camina; la tecnología se precipita. Nuestro cuerpo sigue teniendo la edad del temblor, pero nuestras máquinas ya tienen la velocidad del vértigo. A esa fractura la llaman retraso genómico. En realidad, también podría llamarse soberbia. Hoy coinciden demasiadas amenazas: calentamiento global, superpoblación, crisis energética, autoritarismos, obscenidad de la riqueza y crecimiento exponencial de la inteligencia artificial. Todo ello cae sobre el mismo suelo agrietado, la escasez, el miedo, la desigualdad y la pérdida de confianza. No hace falta anunciar el apocalipsis, basta con saber leer las fisuras porque un mundo no se hunde por un golpe definitivo, sino por la suma de sus negligencias. Cae cuando una grieta encuentra otra grieta y ambas aprenden a llamarse destino. El desastre no siempre irrumpe, a veces tan solo prospera.


Pequeño manifiesto literario

13.4.26


No escribo para complacer ni para ser comprendido del todo.
Escribo para llevarme al límite de mi propia extrañeza.
La literatura, para mí, no es ornamento ni obediencia: es una forma de desajustar el mundo, de descoser las costuras del lenguaje, de poner en duda sus peajes y sus domesticaciones.
No me inquieta la invisibilidad ni el abandono.
Tampoco el escaso aprecio.
Sé que el tiempo pesa, desgasta, aparta, y que la atención es un territorio inestable.
Lo que importa es otra cosa: explorar las fronteras de lo conocido, tensar la estética hasta donde todavía respire, hacer de la escritura no una residencia cómoda, sino una intemperie.
No aspiro a la permanencia.
Aspiro al temblor.
A esa forma de verdad que solo aparece cuando el lenguaje deja de obedecer del todo.
Escribir es crear y recrear sin descanso.
Perder forma para encontrar otra.
Desconcertarse primero a uno mismo.
Y solo después, quizá, a los demás.



Caperucita feroz

12.4.26


Caperucita era una loba enamorada de un pobre hombre a quien ella mordió por amor. Por eso el cuento no podía acabar bien. Él no lo supo al principio. Solo sintió el ardor leve, la fiebre dulce, la extraña claridad de los días siguientes. El mundo empezó a oler distinto: más cercano, más vivo, más urgente. Y en las noches, sin saber por qué, salía a caminar. Ella lo observaba desde el borde del bosque. No se acercaba. Amar, para ella, era esperar a que el otro cruzara. Pasaron los días. Luego, la luna y, una noche, sin aviso, él alzó la cabeza y la vio. No tuvo miedo y eso fue lo peor. Se acercó como quien regresa a un lugar que ya conoce, aunque no recuerde cuándo estuvo allí por primera vez.
—¿Fuiste tú? —preguntó, tocándose la cicatriz.
Ella no respondió. No hacía falta. El bosque respiró más hondo. Desde entonces, caminan juntos, pero nunca al mismo ritmo. A veces él se retrasa, atrapado en lo que fue. A veces ella se adelanta, tirando de lo que serán. Y en cada luna llena, él duda. Y ella espera porque hay amores que no devoran de golpe, sino poco a poco, hasta que ya no queda nadie que pueda salvarlos.


Definidos

11.4.26


Mas que pensar en lo que soy (que lo entiendo), pienso en lo que estoy haciendo.