Día de quienes leen
23.4.26
Antes que el libro está quien lee. Antes que el objeto, el gesto; antes que la mercancía, la conciencia que se inclina sobre unas palabras para encenderlas por dentro. El verdadero prodigio no es el volumen impreso, ni la novedad apilada en escaparates, ni la liturgia comercial de una fecha señalada, sino ese acto silencioso y decisivo por el cual alguien se detiene a leer y, al hacerlo, ensancha su vida. Se celebra el libro, pero acaso habría que celebrar otra cosa: la paciencia de quien lee, su fidelidad en medio del ruido, su resistencia entre la sobreabundancia, su capacidad de abrir un espacio de hondura en un tiempo saturado de reclamos, porque en un mundo donde la escritura se reproduce sin descanso y los títulos se multiplican hasta el vértigo, lo raro no es publicar: lo raro, lo valiente, lo casi heroico, es leer de verdad. Hay además una impostura frecuente en ciertas conmemoraciones culturales: disfrazar de fervor lector lo que no pocas veces no es más que interés de mercado. Se invoca la lectura mientras se protege sobre todo la circulación del producto; se ensalza la literatura, pero se margina a menudo lo que no entra en los catálogos dominantes, lo que se autopublica, lo que no obedece a la moda, lo que nace fuera del escaparate y de sus jerarquías previsibles, como si la creación solo mereciera estima cuando resulta rentable. Pero la literatura nunca ha cabido del todo en una mesa de novedades, vive también en los márgenes, en los formatos que cambian, en las voces que no reciben permiso, en las páginas que encuentran a sus lectores sin el amparo de los grandes aparatos de legitimación, y por eso acaso convendría desplazar la celebración: menos culto al libro como fetiche, más reconocimiento a la lectura como forma de libertad, porque al final no sostiene la literatura quien más la vende sino quien todavía la lee.
Etiquetas: análisis, comentario, Día del libro, lector
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