No escribo para complacer ni para ser comprendido del todo.
Escribo para llevarme al límite de mi propia extrañeza.
La literatura, para mí, no es ornamento ni obediencia: es una forma de desajustar el mundo, de descoser las costuras del lenguaje, de poner en duda sus peajes y sus domesticaciones.
No me inquieta la invisibilidad ni el abandono.
Tampoco el escaso aprecio.
Sé que el tiempo pesa, desgasta, aparta, y que la atención es un territorio inestable.
Lo que importa es otra cosa: explorar las fronteras de lo conocido, tensar la estética hasta donde todavía respire, hacer de la escritura no una residencia cómoda, sino una intemperie.
No aspiro a la permanencia.
Aspiro al temblor.
A esa forma de verdad que solo aparece cuando el lenguaje deja de obedecer del todo.
Escribir es crear y recrear sin descanso.
Perder forma para encontrar otra.
Desconcertarse primero a uno mismo.
Y solo después, quizá, a los demás.
Pequeño manifiesto literario
13.4.26
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