Pequeño manifiesto literario

13.4.26


No escribo para complacer ni para ser comprendido del todo.
Escribo para llevarme al límite de mi propia extrañeza.
La literatura, para mí, no es ornamento ni obediencia: es una forma de desajustar el mundo, de descoser las costuras del lenguaje, de poner en duda sus peajes y sus domesticaciones.
No me inquieta la invisibilidad ni el abandono.
Tampoco el escaso aprecio.
Sé que el tiempo pesa, desgasta, aparta, y que la atención es un territorio inestable.
Lo que importa es otra cosa: explorar las fronteras de lo conocido, tensar la estética hasta donde todavía respire, hacer de la escritura no una residencia cómoda, sino una intemperie.
No aspiro a la permanencia.
Aspiro al temblor.
A esa forma de verdad que solo aparece cuando el lenguaje deja de obedecer del todo.
Escribir es crear y recrear sin descanso.
Perder forma para encontrar otra.
Desconcertarse primero a uno mismo.
Y solo después, quizá, a los demás.



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