Caperucita feroz

12.4.26


Caperucita era una loba enamorada de un pobre hombre a quien ella mordió por amor. Por eso el cuento no podía acabar bien. Él no lo supo al principio. Solo sintió el ardor leve, la fiebre dulce, la extraña claridad de los días siguientes. El mundo empezó a oler distinto: más cercano, más vivo, más urgente. Y en las noches, sin saber por qué, salía a caminar. Ella lo observaba desde el borde del bosque. No se acercaba. Amar, para ella, era esperar a que el otro cruzara. Pasaron los días. Luego, la luna y, una noche, sin aviso, él alzó la cabeza y la vio. No tuvo miedo y eso fue lo peor. Se acercó como quien regresa a un lugar que ya conoce, aunque no recuerde cuándo estuvo allí por primera vez.
—¿Fuiste tú? —preguntó, tocándose la cicatriz.
Ella no respondió. No hacía falta. El bosque respiró más hondo. Desde entonces, caminan juntos, pero nunca al mismo ritmo. A veces él se retrasa, atrapado en lo que fue. A veces ella se adelanta, tirando de lo que serán. Y en cada luna llena, él duda. Y ella espera porque hay amores que no devoran de golpe, sino poco a poco, hasta que ya no queda nadie que pueda salvarlos.


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