Fetichismo tecnológico

10.12.25

 

Nos hemos acostumbrado a pensar en la tecnología como si fuera neutra, como si las máquinas y los algoritmos existieran en un mundo aparte, ajeno a los conflictos sociales. Pero esa es la primera gran trampa. Ningún código, ningún sistema de inteligencia artificial, ningún dispositivo es inocente: todos están atravesados por decisiones humanas, y por tanto, por ideología.

La narrativa dominante, la misma que nos repiten en conferencias de Silicon Valley y en anuncios de Apple, insiste en la idea de que la tecnología es un mero medio que solo depende del uso que hagamos de ella. Por eso hablan de que lo peligroso no es la herramienta, sino cómo la uses. Pero esto no es más que un espejismo cómodo. La realidad es que detrás de cada línea de código hay una persona que la escribió, casi siempre bajo condiciones precarias y sin capacidad de decidir el rumbo del proyecto.

Y no hablamos de un sujeto genérico, sino de un perfil muy concreto ya que son hombres, en su mayoría blancos, heterosexuales, formados en universidades de élite norteamericanas, con trayectorias que poco tienen que ver con la mítica narrativa de “empezar en un garaje”. Son estos grupos, homogéneos y con visiones del mundo limitadas, los que diseñan sistemas que luego se imponen como universales y supuestamente objetivos. Lo que hacen no es programar máquinas neutras, sino exportar su propia cosmovisión disfrazada de eficiencia y lógica.

El mito de la neutralidad cumple una función política y es la blanquear el poder. Si asumimos que la tecnología es imparcial, dejamos de preguntarnos quién la controla, quién se beneficia y quién queda excluido. Los algoritmos que seleccionan a qué barrio enviar más policía, qué currículum merece ser descartado o qué noticia se vuelve viral, no son decisiones naturales, son elecciones inscritas en código. Y como todo en esta sociedad, responden a intereses concretos.

Quizás el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que se convierta en un monstruo autónomo, sino que nos acostumbremos a verla como una autoridad incuestionable. Como el jefe final de la mistificación tecnológica, como una máquina que no solo ejecuta órdenes, sino que dicta el sentido de la realidad mientras nosotros dejamos de cuestionar su legitimidad. Porque la tecnología nunca ha sido neutral. Y cuanto antes lo entendamos, más difícil será que nos gobierne desde la sombra.



Artilugios

9.12.25


Los aforismos son artefactos intelectuales, dotarlos de un cierto lirismo es un arte.



Contra la nada

8.12.25


De pronto te sientes vacío, como si una grieta silenciosa atravesara el día. Y es entonces cuando aparece el impulso de escarbar en el sinsentido, pero no para encontrar respuestas, sino para escuchar su eco. La nada no nos debe paralizar sino al contrario, provocarnos, porque tiene la cortesía áspera de abrir un hueco donde antes había prisa, de recordar que el absurdo es también una herramienta, un cincel que afina la mirada.

Y en ese vano sin nombre descubrimos que avanzar no siempre es tener rumbo, sino aceptar la intemperie. El vacío, bien mirado, es una invitación al espacio donde la conciencia se extiende como una mano en la oscuridad. Y quizá esa mano, al no encontrar nada, halle la osadía de seguir hurgando.



Kamikaze

7.12.25


Tropezó mil veces sobre la misma piedra, pero no era un error. Quería suicidarse. La piedra estaba en el umbral, una losa suelta que él mismo había puesto. Durante años, cada mañana, el mismo golpe exacto. Las rodillas primero sangraron, luego se hicieron de cuero. La piedra se fue puliendo: los bordes se redondearon, la superficie se volvió lisa. Al final, la piedra se desgastó más que sus rodillas. Y aún seguía tropezando.


La sombra de la dominación

6.12.25



La naturaleza conoce muchas formas de fuerza, pero ninguna se parece del todo a la nuestra. Las hormigas esclavizadoras actúan por instinto, los lobos alfa gobiernan por impulso y los chimpancés imponen jerarquía por músculo. Son mecanismos ciegos, sin memoria ni culpa, engranajes de un equilibrio antiguo. El animal domina porque no puede hacer otra cosa.

El ser humano, en cambio, inventó algo distinto y es el dominio que se justifica a sí mismo. Donde la biología solo impone conducta, nosotros levantamos sistemas. Lo que en otras especies es simple competencia, en la nuestra se vuelve arquitectura en leyes, instituciones y mitos. Una hormiga no funda un imperio ni un lobo escribe un código penal o un simio construye prisiones mercados financieros. La violencia animal es un impulso mientras que la humana es un diseño.

Y es ese diseño el que deja el daño más profundo. No el golpe, sino lo que se hereda después del golpe en el cuerpo marcado por el miedo, en la mente que aprende a obedecerse a sí misma, en la sociedad que olvida cómo confiar o en la tierra tratada como materia muerta y, sobre todo, en las generaciones que ya no saben imaginar otra forma de mundo.

El pedagogo Paulo Freire lo llamó internalización del opresor cuando el dominado ya no necesita cadenas porque las lleva dentro. Y el psicólogo Martin Seligman observó la indefensión aprendida es esa sombra que hace creer que nada puede cambiar, incluso cuando el camino está abierto.

Así opera nuestra especie, convirtiendo la fuerza en estructura, la estructura en costumbre y la costumbre en naturaleza. El triunfo mayor del opresor no es someter cuerpos, sino modelar percepciones y hacer que la opresión parezca inevitable, casi biológica, como si viniera inscrita en nuestro adeene.

Pero no lo está porque no hay hormiga libre ni lobo revolucionario y solo el ser humano puede rebelarse contra su propio destino. Eso es lo terrible y lo esperanzador, porque de todas las formas de dominación que existen en el mundo, la más peligrosa es aquella que se vuelve invisible. Y la más liberadora, la que aprendemos a nombrar, ya que nombrar es siempre el primer acto de desobediencia.


Atreverse y ceder

5.12.25


Sin atrevimiento no hay ruptura, ya que el mundo no cambia desde la prudencia, sino desde ese gesto mínimo que abre una grieta en lo establecido. La valentía no siempre ruge ya que, a veces, basta un paso fuera del surco para que la realidad empiece a desbordarse. Pero sin ductilidad no hay adaptación porque la rigidez promete firmeza, pero termina quebrando. Lo que sobrevive no es lo más fuerte, sino lo que sabe inclinarse sin perderse, moldearse sin desaparecer.

La vida avanza entre esos dos movimientos: romper y ceder, arriesgar y ajustar, tensar y soltar. Quien sólo se atreve se consume y quien sólo se adapta se diluye. Por eso el equilibrio está en esa doble lección de cambiar lo necesario sin romperse y sostenerse sin dejar de cambiar.


La llamada maternal

4.12.25


En la isla Socorro, ciertas aves reclaman a sus crías con un piar agudo y obstinado para que no se pierdan entre las ramas. En Andalucía —y quizá en cualquier lugar donde la vida conserve su raíz antigua— las madres llaman a sus hijos con un timbre único, una vibración que solo el cuerpo del hijo reconoce sin esfuerzo. No es un nombre, es una melodía ancestral, una cuerda que atraviesa generaciones. Ese grito claro, esa sílaba aguda, era en los pueblos una brújula infalible.

Hoy, el ruido continuo de las ciudades ha borrado esa frecuencia. El claxon, el tráfico, la música filtrada por ventanas abren un paisaje donde las voces identitarias se disuelven. Solo quedan en los márgenes, en algunas barriadas o en aldeas, los últimos ecos de esa llamada primera.

César Vallejo lo sabía cuando versificaba que la voz de la madre puede despertarnos con su cólera tierna, como si un antiguo canto habitara aún en esa orden dulce y feroz. Su voz no convoca solo al hijo, convoca a la especie. Porque toda llamada maternal es, en el fondo, un vestigio del primer idioma que tuvimos, esa mezcla de advertencia, amor y música, como si cada madre guardara en su garganta la última nota del canto de las sirenas. Es ese tono, imposible de confundir, imposible de olvidar, el que nos recuerda que, antes que individuos, fuimos una escucha. Y tal vez lo sigamos siendo.


Contra todos los premios

3.12.25



El cielo nunca compite con el mar en azul. La rosa no aspira a desbancar a la clavellina. En la naturaleza no hay jurados ni diplomas, existe solo presencia. Cuando el ser humano inventó el premio, inauguró la envidia disfrazada de mérito. El color que gana es el que empieza a perder, me dijo un pintor ciego que firmaba sus cuadros con olor a trementina. Ganar es la forma más veloz de comenzar a pudrirse.

Los premios son la coartada amable del castigo social porque consagran lo que debe repetirse, silencian lo que incomoda, barnizan con brillo la obediencia. Subir al estrado es pisar la nuca de quien no subió, recibir un aplauso es aceptar el canon que lo concede. El podio, tantas veces, es un patíbulo con alfombra roja.

Premiar la ‘originalidad’ es domesticarla y aplaudir la ‘excelencia’ es convertirla en estándar. Así se forja un cementerio de obras que no encajan en la vitrina. El certamen transforma la diferencia en desigualdad porque cuando dos poemas compiten, ambos pierden, uno al ser elegido, el otro al ser descartado. Y mientras tanto, la infancia aprende temprano que vivir es un ring y que el vecino es adversario.

Abolir los premios no implica negar la excelencia, sino devolverla al aire común, donde nadie la firma y todos la respiran. Tal vez el único mérito legítimo sea aquel que no necesita constancia, el de una obra que se ofrece como pan sin etiqueta, un gesto sin testigo, una rosa sin jurado.

Cuando se apague el último diploma, quedará lo único verdadero que no es otra cosa que la brisa moviendo las hojas sin premiar al árbol, y donde el hay amor a la creación sin esperar recompensa.


Futuro pretérito

2.12.25


Vivimos como si avanzáramos hacia el futuro, pero a veces sospecho lo contrario, que es el futuro quien avanza hacia nosotros y nos convierte, de repente, en pasado. Lo que aún no existe ya pesa sobre el presente y las consecuencias que no veremos, los ojos que todavía no han nacido, las preguntas que un día nos harán sin poder oír nuestras excusas. No hay instante puro porque es como si todo ahora estuviera habitado por su interpretación ulterior. Y quizás por eso la responsabilidad no es una carga, sino un anticipo y cada gesto es una semilla que alguien leerá como memoria. Y en esa conciencia extraña, saber que ya somos pasado en apresto, se juega nuestra dignidad, porque el tiempo no nos sigue pero nos examina.


Orígenes

1.12.25


Inquietos por encontrar algún vestigio del primigenio pensamiento humano, descubrimos que el esqueleto de las ideas mantiene estrechos márgenes de miseria e indignidad.


Ejemplar único

30.11.25


Si se arrojara una Enciclopedia Británica a un agujero negro ¿desaparecería la información de todos los ejemplares? La pregunta me obsesionó durante los invernales años que administré la Biblioteca Nacional. Recuerdo que un joven físico, tal vez israelita, me la formuló en 1983, el año en que murieron mi madre y la tipografía Caslon. Le respondí que no ya que el agujero negro, ese ojo sin párpados del universo, no destruye sino que traslada la información a su horizonte, donde se estampa como la letra de un libro cerrado para siempre. Pero aquella noche, en el sexto sueño, soñé que yo era el agujero negro y que la Enciclopedia era mi autobiografía. Al despertar comprendí la sospecha de los escolásticos, que quizá no hay ejemplares sino un solo libro que vive en todos los lugares a la vez, y arrojarlo al vacío es devolverlo al manuscrito original, que es el alfabeto, que es el punto, que es la nada que lo contiene todo. La información no desaparece sino que simplemente deja de ser nuestra para ser del tiempo, que es otro nombre del olvido.


Coral

29.11.25


La inteligencia artificial no nace de una sola mano ni responde a una sola voluntad. Es el resultado de muchas voces que investigan, programan, etiquetan datos, diseñan interfaces, la usan y, sobre todo, la alimentan con lenguaje, preguntas y criterios. Cada uno aporta una nota, unas veces mínima y otras decisiva, en una composición que ningún individuo podría firmar en solitario.

Incluso cuando parece que una IA habla como una unidad, lo hace desde un fondo plural que no es otro que el de las bibliotecas, los errores, las intuiciones colectivas, los sesgos heredados y las sucesivas correcciones. Es más un coro que una batuta, es una armonía hecha de sumas, tensiones y ajustes.

Si algo se le parece, quizá sea una catedral trabajada durante siglos con manos anónimas que colocan piedras distintas hacia un mismo cielo. No hay un autor único, sino una obra en progresión, sostenida por todos los que la piensan, la construyen y la interrogan. Y en esa coralidad está también su límite y su promesa.


El abrazo

28.11.25


La soledad es el único patrimonio que no se hereda ni se dona: cada quien nace con su celda. No es pena, sino condición. El error está en buscar quien la rompa; la sabiduría, en quien se siente en ella contigo.

El abrazo no disuelve la soledad, la nomina. Es el gesto que dice reconozco tu celda, y entro como huésped, no como carcelero. No comparte la pena, sino el terreno cuando dos aislamientos que se vuelven confín uno del otro.

Por eso el abrazo verdadero es silencio, no promesa. No dice ya no estarás solo sino estarás solo, pero conmigo. Reconciliarnos con la soledad ajena es el único amor que no miente porque no cura la condición, la atestigua. Y en ese testimonio, la soledad deja de ser presidio para ser relación.


Madrugones

27.11.25


Quien con dignidad se acuesta, con honestidad se levanta.



Tiempo de uso

26.11.25


El tiempo no se mira en el reloj, se huele en la nevera cuando la leche se pasa. Yo pensaba que era yo quiene lo administraba hasta que un día encontré un pelo mío en un jersey de lana que guardé en el armario en 1997. El pelo seguía negro, pero el de mi testa actual ya no. Ahí comprendí que el tiempo me contaba y no al revés.

Es como el aire de la ciudad que entra por las fosas nasales y sale por los recuerdos. A veces protege, borrando el nombre del quien nos rompió el corazón, y otras hiere, dejando intacto el olor de la infancia recién abierta la bolsa de la compra. Lo cierto es que nunca desaparece, tan solo cambia de bolsillo.

Cubrió la moto de mi padre hasta convertirla en un monumento verde. Nadie se atreve a arrancarla porque, debajo, sigue la huella del asiento donde yo dormía de pequeño mientras él conducía sin prisa para que no despertara.

Cada vez que intento describir aquella tarde, el papel se empapa y las palabras se hunden. Lo que queda es un borrón que parece una isla y desde ella diviso mi propia silueta gritando, pero no llega el sonido.

Desde la azotea del hospital el mundo se ve del tamaño de una uña. Allí supe que somos un punto que dura lo que tarda una gota en secarse sobre la barandilla. Y, sin embargo, dentro de ese diminuto espacio caben todas las Navidades, todos los miedos, todos los besos que no dimos.

Existe un segundo, puede que solo uno, donde el tiempo se abre como una persiana rota. Ocurre cuando oímos nuestra voz grabada y no la reconocemos. En ese intersticio se asoma lo que fuimos y lo que seremos y, por un instante, nos comprendemos enteros. Y, entonces, quizá no haya que vencer al tiempo, sino dejar que nos roce sin prisa, como quien palpa una tela antes de comprarla. Al final, él no cuenta la historia, tan solo la devela.


Lastimadas

25.11.25


A veces convertimos nuestras heridas en habitaciones donde nos quedamos demasiado tiempo. El auto compecimiento entra entonces como un huésped amable, dispuesto a justificarnos cada inercia, cada miedo. Pero ese perdón que nos ofrece no cura sino que más bien anestesia. Nos absuelve sin pedirnos transformación y por eso es innecesario al perdonar sin levantarnos, ya que la verdadera compasión no nos encierra sino que nos impulsa.



La curvatura de la Tierra

24.11.25


Descubrir que este planeta era curvo me costó noches de insomnio infantil. Pensar que había gente bocabajo sin caerse al vacío y admitir, demasiado pronto, la ilógica adulta. Uno crece aprendiendo que el mundo no encaja en la geometría de nuestros miedos.

Hoy acepto, sin más, que el universo es curvado, finito e ilimitado, una paradoja que no inquieta, porque ya no busco comprenderlo, sino apenas acompañarlo. Sé que la materia se dobla, que el espacio se hunde sobre sí mismo, que nada es recto salvo nuestra necesidad de orden.

Y también acepto que un día este globo terráqueo puede estallar, no sólo porque lo advirtiera Stephen Hawking, sino porque la fragilidad es quizá su destino cierto, el de una esfera minúscula suspendida en un abismo que no promete nada.

La curvatura de la Tierra ya no me quita el sueño. Lo que me asombra ahora es que sigamos aquí, aferrados a este punto ínfimo del Universo, como si lo infinito necesitara testigos.


Metido en el charco

23.11.25


Hay un charco en la noche que, en sus bordes, refleja la luz de la luna. Su silueta asemeja el bocadillo de un tebeo con la superficie oscura. Qué escribir dentro: la noche misma, el pensamiento del día que se va o el sueño que espera. La larga meditación del cuento que es la vida. Al final me doy cuenta que dentro de ese negro espacio estoy yo. Y entonces el charco trepida, no por ningún viento ni por mis pasos sino porque la figura que veo allí no coincide del todo conmigo. Me observo desde abajo, como si fuese una versión más sincera y menos contenida de mi propia sombra. Esa otra presencia me mira, paciente, esperando que descifre el mensaje que no sé formular. Me acerco más y más, hasta que el reflejo extiende un gesto que no recuerdo haber hecho jamás, hasta hacerme comprender que no es mi imagen lo que se oculta en ese fondo oscuro, sino mi futuro, una historia aún sin escribir que me mira desde el agua y aguarda a que decida qué poner en su bocadillo de tinta.


Quebrantamientos

22.11.25


Cada vez se hace más necesario que nos convirtamos en saboteadores de los algoritmos.


Principio de perplejidad

21.11.25


Existe un destino certero y luego está la incertidumbre de lo que somos.