Mundos nuevos

11.5.26


Bajo la mirada inocente de la infancia, el mundo se renombra.



Recortable

10.5.26


Xiuxiu, una delicada mujer china, exoneró a su amante: «te dije que no me quisieras. Mi corazón es de papel y en cada experiencia he recortado trozos que dejé en cualquier parte. Si hubiera de recomponerlo debería desandar el camino andado y volver a pegarlo. Una tarea inútil». Él no respondió. Miraba sus manos, como si buscara en ellas alguna forma de adhesivo.
—No hace falta recomponerlo —dijo al fin—. Solo… dibuja otro. Xiuxiu sonrió con una tristeza leve.
—No sé dibujar sin repetir. Entonces él salió.
Durante semanas recorrió los lugares donde ella había amado: una esquina con viento, una habitación sin cortinas, un banco donde alguien olvidó un nombre. En cada sitio recogió un fragmento invisible, algo apenas más ligero que el polvo. Cuando volvió, dejó sobre la mesa un puñado de nada.
—No es tu corazón —admitió—. Pero es el camino. Xiuxiu lo observó en silencio. Luego tomó las tijeras. Y, por primera vez, recortó sin perder nada.


Ridiculeces

9.5.26


Las ideas de escasa estatura son las que no alcanzan a ver la solidaridad o la empatía.


Colonización interior

8.5.26

Hubo un tiempo en que el poder se conformaba con vigilar los actos, corregir las conductas, castigar las desobediencias visibles. Hoy su ambición parece más honda y más inquietante: ya no le basta con ordenar lo que hacemos, sino que avanza hacia el territorio invisible donde se forman la duda, el deseo, el miedo y la decisión. El riesgo de nuestro tiempo no es solo la vigilancia exterior, sino la colonización de la vida interior.

Como en una silenciosa invasión, ciertas tecnologías ya no se limitan a registrar lo que somos, sino que aspiran a anticiparlo. Reúnen datos, trazan patrones, infieren afinidades, calculan temores y construyen perfiles capaces de predecir comportamientos. No se trata únicamente de saber qué hacemos, sino de acercarse cada vez más a lo que podríamos pensar, elegir o rechazar. El poder, de este modo, se vuelve menos visible para quien lo padece y más eficaz para quien lo ejerce.

La colonización interior no consiste en una irrupción literal en la conciencia, sino en algo más sutil: la ocupación progresiva del espacio psicológico por mecanismos que convierten la subjetividad en materia de cálculo, administración y control. Allí donde debería nacer una libertad irreductible, se instala una lógica preventiva que condiciona decisiones, estrecha márgenes de acción y favorece la autocensura. El sujeto cree actuar desde sí mismo, sin advertir hasta qué punto ha empezado a ser guiado desde fuera.

Tal vez la forma más extrema del dominio no sea prohibirnos pensar, sino habituarnos a pensar dentro de un cerco que ya no percibimos.

La libertad comienza a extinguirse cuando el poder aprende a habitar nuestro interior.


Pasares

7.5.26


Vivir sin comprender la vida: no hay mayor angustia.



Clonaciones

6.5.26


Vivimos momentos en que hasta los sueños cambian de materia. Ya no acompañan la promesa de un mañana distinto sino la sospecha de una repetición sin fisuras. Uno se acuesta y no siente que vaya a amanecer un día nuevo sino el mismo día de ayer apenas ya rehecho por la costumbre. La mañana pierde entonces su antigua condición de comienzo y se vuelve una prórroga, quizá una de las formas más sutiles del agotamiento consista en eso, en descubrir que incluso la libertad puede volverse un recinto, una amplitud clausurada, un espacio del que no sabemos salir aunque no tenga muros visibles. La peor rutina no repite los días, repite la esperanza de que cambien.


Pórticos

5.5.26


Hay puertas invisibles que permiten salir de la realidad sin moverse del sitio. Nadie sabe de ellas salvo quien las cruza. Conducen a mundos personales, a regiones íntimas que no admiten testigos ni traducción. Uno entra y sale por esos umbrales secretos como quien cambia de luz, de respiración o de tiempo. No toda fuga es cobardía. A veces, retirarse a esos mundos invisibles es la única manera de preservar algo esencial de uno mismo. Cada conciencia guarda sus puertas secretas para no quedar del todo a merced de la realidad.


Sesgos

4.5.26


Las mentiras hoy contadas suenan a la verdad que muchos desean escuchar.




Mutismo

3.5.26


Le dio su palabra y desde entonces no ha vuelto a hablar con nadie. Al principio, fue un gesto. Una promesa pequeña, casi cortesía: te doy mi palabra. Pero al pronunciarla sintió algo físico, como si realmente se desprendiera de ella, como si la palabra —esa, la suya— hubiera cambiado de dueño. Intentó recuperarla. No pudo. Cada vez que abría la boca, no salía nada. Ni aire, ni sonido, ni intención. Como si el lenguaje necesitara aquella palabra inicial para empezar a existir. Aprendió a escribir pero escribir no era lo mismo. Las frases le nacían incompletas, cojas, incapaces de sostenerse. Le faltaba algo invisible, una raíz y con el tiempo dejó también de intentarlo. La gente lo llamó mudo y él no corrigió a nadie porque en el fondo sabía que no era silencio lo que le habitaba sino una deuda.


A la deriva

2.5.26


La soledad es un pecio hundido en la marea humana: restos de ausencias y abandonos.


Vivificante

1.5.26


Alguien me dijo una vez: «Tú amas la vida». Y entendí que sí, que la amo, pero no de un modo ingenuo ni indiscriminado. No amo en ella lo que destruye, lo que envilece, lo que arruina por dentro. Amo, más bien, aquello que la justifica como los afectos, la cercanía, la mirada compartida, el abrazo, el beso, la palabra ofrecida sin cálculo, el tiempo entregado a quien amamos. Amar la vida no consiste en aceptarlo todo sino en reconocer aquello que la vuelve digna de ser vivida. No se ama la herida por sí misma sino la posibilidad de que todavía exista ternura frente a ella. No se ama el daño sino lo que resiste al daño y lo desmiente. Por eso, cuando digo que amo la vida, hablo de sus cosas más elementales y elevadas: una presencia, una caricia, una conversación verdadera, el don frágil de compartir el tiempo. Amar la vida es elegir, dentro de ella, aquello que merece ser salvado.


Frutos del tiempo

30.4.26


Madurar como adulto es sentirse como un niño, actuar como un joven y pensar como un viejo.


Zarandeados

29.4.26


La historia de la humanidad siempre es convulsa.


Virtual realidad

28.4.26


No sé si estamos entrando en el otro lado de la realidad o si es la realidad misma la que ha comenzado a volverse otra. Lo cierto es que los viejos patrones de normalidad se desajustan con una rapidez que ya no permite la ilusión de estabilidad. El orden internacional se resquebraja bajo la ley del más fuerte; no pocos ciudadanos abrazan opciones políticas que lesionan sus propios intereses y los de la comunidad; la tecnología ensancha el mundo mientras reduce nuestra capacidad de comprenderlo; y la sobreinformación, lejos de esclarecernos, nos aturde hasta la impotencia. Cabe preguntarse si no habitamos justamente ese punto de cruce en el que un mundo termina de agotarse, con sus bienes y sus males, mientras otro irrumpe con una fuerza inédita y nos obliga a aprender de nuevo dónde estamos.


Maleables

27.4.26


En esta época persiste un yo volátil: mudable, inconstante y efímero.



Bailora

26.4.26

Acabó en comisaría para denunciar que le habían quitado lo bailao. El agente levantó la vista con desgana.
—¿Cómo dice?
—Que me lo han quitado —insistió ella—. Todo. Hasta el último paso.
No llevaba pruebas, pero sí una certeza: las piernas le pesaban como si nunca hubieran aprendido nada. Intentó demostrarlo allí mismo, en medio del pasillo, pero sus pies apenas supieron dudar.
—Antes bailaba —dijo—. Y ahora no queda ni el recuerdo.
El agente anotó algo que no escribió.
—¿Cuándo ocurrió?
Ella pensó.
—Anoche… o hace años. No lo sé. Pero alguien se lo está llevando.
En la sala de espera, un hombre mayor tarareaba una música inexistente. Sus dedos marcaban el ritmo sobre el bastón con una precisión sospechosa. Ella lo miró fijamente. Se acercó despacio.
—Disculpe —dijo—, ¿de dónde ha sacado ese compás?
El hombre sonrió, como quien no debe nada a nadie. Y por un instante, muy breve, sus pies recordaron pero ya no eran suyos.



Los besos

25.4.26


Hay una forma del tiempo que no miden los relojes. No avanza por horas ni por fechas sino por intensidades. A veces basta un beso para alterar su curso, para dejar en la existencia una señal más honda que muchos años vividos sin temblor. Los besos no duran lo que duran porque permanecen de otro modo, en una memoria del cuerpo que ninguna razón consigue borrar del todo. Cada beso dado y cada beso recibido abre una pequeña herida en el tiempo. Un arañazo pero también una inscripción ya que besar no es solo rozar unos labios, es arrancarle al instante algo de su fugacidad, obligarlo a quedarse en nosotros como una brasa secreta. Hay besos que se olvidan y besos que, aun perdidos, siguen respirando en alguna parte del alma. Quizá por eso el corazón no envejece solo con los años sino también con aquello que lo marca y lo preserva, y cada beso lo expone pero al mismo tiempo lo salva de la completa desaparición. Lo vuelve vulnerable y también más duradero. El amor no vence al tiempo pero lo araña.


Arreglos

24.4.26


Lo importante no es enfrentar las discrepancias sino avenir las coincidencias.



Día de quienes leen

23.4.26


Antes que el libro está quien lee. Antes que el objeto, el gesto; antes que la mercancía, la conciencia que se inclina sobre unas palabras para encenderlas por dentro. El verdadero prodigio no es el volumen impreso, ni la novedad apilada en escaparates, ni la liturgia comercial de una fecha señalada, sino ese acto silencioso y decisivo por el cual alguien se detiene a leer y, al hacerlo, ensancha su vida. Se celebra el libro, pero acaso habría que celebrar otra cosa: la paciencia de quien lee, su fidelidad en medio del ruido, su resistencia entre la sobreabundancia, su capacidad de abrir un espacio de hondura en un tiempo saturado de reclamos, porque en un mundo donde la escritura se reproduce sin descanso y los títulos se multiplican hasta el vértigo, lo raro no es publicar: lo raro, lo valiente, lo casi heroico, es leer de verdad. Hay además una impostura frecuente en ciertas conmemoraciones culturales: disfrazar de fervor lector lo que no pocas veces no es más que interés de mercado. Se invoca la lectura mientras se protege sobre todo la circulación del producto; se ensalza la literatura, pero se margina a menudo lo que no entra en los catálogos dominantes, lo que se autopublica, lo que no obedece a la moda, lo que nace fuera del escaparate y de sus jerarquías previsibles, como si la creación solo mereciera estima cuando resulta rentable. Pero la literatura nunca ha cabido del todo en una mesa de novedades, vive también en los márgenes, en los formatos que cambian, en las voces que no reciben permiso, en las páginas que encuentran a sus lectores sin el amparo de los grandes aparatos de legitimación, y por eso acaso convendría desplazar la celebración: menos culto al libro como fetiche, más reconocimiento a la lectura como forma de libertad, porque al final no sostiene la literatura quien más la vende sino quien todavía la lee.


Dimensionados

22.4.26


El grado de ingenuidad social se mide por quienes se sienten inmunes al desastre.