Lo mío

21.4.26


Todos los días hago una larga lista de tareas que me dispongo a cumplir con una mezcla de gusto y disciplina. Son atenciones personales, dedicaciones domésticas, asuntos menudos que sostienen la jornada como preparar la comida, hacer la compra, resolver algún embrollo burocrático, atender lo cotidiano, acudir al gimnasio, cumplir con las pequeñas faenas que permiten que la vida siga en pie. A veces, cuando me encuentro con alguien, refiero esas ocupaciones con naturalidad, casi como si en ellas se agotara el contenido de mis días. Las enumero una tras otra, quizá por modestia, quizá por defensa, y al final añado, no sin cierto pudor, y lo mío. Lo mío es una expresión imprecisa, como si no me atreviera a nombrar del todo aquello que de veras me pertenece, pero no es otra cosa que esto de ponerme a escribir. Todo lo demás organiza la vida; esto, en cambio, la justifica. Y es que, a veces, lo más propio solo se deja decir con circunloquios.


Delirantes

20.4.26


Amar y escribir admiten un cierto margen de locura.



Sin regreso

19.4.26


Le ocurrió la última vez. Anteriormente pudo volver, pero no en esta ocasión. Cuando escribía solía salir de su realidad, inmerso en esos mundos imaginados que dan voz a sus personajes, lugar a los paisajes descritos y a las situaciones narradas. No sabemos muy bien por qué, pero se metió tanto en aquel papel que se quedó dentro de una de sus novelas y pareció un personaje más. Al principio, nadie lo notó. El manuscrito seguía creciendo sobre la mesa, como si alguien lo continuara en secreto. Las páginas aparecían cada mañana, aún tibias, con una letra ligeramente distinta, más insegura, como escrita desde dentro. En la historia, había un hombre. No tenía nombre fijo. A veces era narrador, a veces testigo, a veces apenas una sombra que cruzaba una escena y desaparecía, pero estaba siempre. Observaba y parecía buscar algo. Los lectores comenzaron a sentir una incomodidad leve, difícil de explicar. Como si alguien los mirara desde el otro lado del texto. Como si la historia, en lugar de avanzar, los estuviera esperando. Una noche, alguien leyó en voz alta un fragmento nuevo.
—Intento salir, pero cada puerta da a otra página — Y cerró el libro. Desde entonces, nadie ha querido terminarlo. Y, sin embargo, de vez en cuando, aparece una línea más como si él siguiera escribiendo, esperando que alguien, al leerlo, encuentre la forma de sacarlo de allí.



Compactadas

18.4.26


Las mentes que no se quiebran acaban por endurecerse.




Desvanecimiento

17.4.26


Si me muero de algo que sea de un ataque de felicidad.



Solturas

16.4.26


Deleuze y Guattari entendieron algo decisivo y es que el mal de nuestro tiempo no consiste en la falta de comunicación sino en su exceso. Estamos cercados por voces, consignas, estímulos, informaciones, y sin embargo cada vez resulta más difícil crear y resistir. El presente pesa no solo por lo que impone sino por la velocidad con que ocupa todos los espacios de la conciencia. Frente a esa presión, la imaginación no es un adorno ni una evasión. Es una forma de entereza. Crear equivale a no entregarse por completo a lo dado, a abrir un resquicio en la compacta superficie de la actualidad. Solo así el presente deja de ser una losa y empieza, al menos por un instante, a volverse respirable. Solo resiste de verdad quien todavía es capaz de imaginar.


Merecidos

15.4.26

 

Nos merecemos una vida agradable, el resto es inane.


Colapsos

14.4.26


El mundo ya ha colapsado varias veces. A veces por la guerra, a veces por la peste, a veces por el hambre, a veces por la naturaleza cuando decide recordar su fuerza. Pero ningún mundo cae por una sola causa. Toda ruina es coral. Los colapsos no empiezan cuando cae la primera bomba ni cuando falta el primer pan. Empiezan antes, cuando la escasez se vuelve costumbre, el miedo método, la desigualdad ley y la desconfianza clima. Una civilización empieza a pudrirse cuando deja de creer en lo común. No soy pesimista y solo procuro no mentirme ni rendirme. Hay una distancia cada vez más feroz entre lo que somos y lo que fabricamos. La biología camina; la tecnología se precipita. Nuestro cuerpo sigue teniendo la edad del temblor, pero nuestras máquinas ya tienen la velocidad del vértigo. A esa fractura la llaman retraso genómico. En realidad, también podría llamarse soberbia. Hoy coinciden demasiadas amenazas: calentamiento global, superpoblación, crisis energética, autoritarismos, obscenidad de la riqueza y crecimiento exponencial de la inteligencia artificial. Todo ello cae sobre el mismo suelo agrietado, la escasez, el miedo, la desigualdad y la pérdida de confianza. No hace falta anunciar el apocalipsis, basta con saber leer las fisuras porque un mundo no se hunde por un golpe definitivo, sino por la suma de sus negligencias. Cae cuando una grieta encuentra otra grieta y ambas aprenden a llamarse destino. El desastre no siempre irrumpe, a veces tan solo prospera.


Pequeño manifiesto literario

13.4.26


No escribo para complacer ni para ser comprendido del todo.
Escribo para llevarme al límite de mi propia extrañeza.
La literatura, para mí, no es ornamento ni obediencia: es una forma de desajustar el mundo, de descoser las costuras del lenguaje, de poner en duda sus peajes y sus domesticaciones.
No me inquieta la invisibilidad ni el abandono.
Tampoco el escaso aprecio.
Sé que el tiempo pesa, desgasta, aparta, y que la atención es un territorio inestable.
Lo que importa es otra cosa: explorar las fronteras de lo conocido, tensar la estética hasta donde todavía respire, hacer de la escritura no una residencia cómoda, sino una intemperie.
No aspiro a la permanencia.
Aspiro al temblor.
A esa forma de verdad que solo aparece cuando el lenguaje deja de obedecer del todo.
Escribir es crear y recrear sin descanso.
Perder forma para encontrar otra.
Desconcertarse primero a uno mismo.
Y solo después, quizá, a los demás.



Caperucita feroz

12.4.26


Caperucita era una loba enamorada de un pobre hombre a quien ella mordió por amor. Por eso el cuento no podía acabar bien. Él no lo supo al principio. Solo sintió el ardor leve, la fiebre dulce, la extraña claridad de los días siguientes. El mundo empezó a oler distinto: más cercano, más vivo, más urgente. Y en las noches, sin saber por qué, salía a caminar. Ella lo observaba desde el borde del bosque. No se acercaba. Amar, para ella, era esperar a que el otro cruzara. Pasaron los días. Luego, la luna y, una noche, sin aviso, él alzó la cabeza y la vio. No tuvo miedo y eso fue lo peor. Se acercó como quien regresa a un lugar que ya conoce, aunque no recuerde cuándo estuvo allí por primera vez.
—¿Fuiste tú? —preguntó, tocándose la cicatriz.
Ella no respondió. No hacía falta. El bosque respiró más hondo. Desde entonces, caminan juntos, pero nunca al mismo ritmo. A veces él se retrasa, atrapado en lo que fue. A veces ella se adelanta, tirando de lo que serán. Y en cada luna llena, él duda. Y ella espera porque hay amores que no devoran de golpe, sino poco a poco, hasta que ya no queda nadie que pueda salvarlos.


Definidos

11.4.26


Mas que pensar en lo que soy (que lo entiendo), pienso en lo que estoy haciendo.


Rayados

10.4.26


Acaso lo que somos ya está escrito y lo que hacemos escribiéndose.


El escritor en bata

9.4.26


He conocido a bastantes escritores encerrados en sí mismos, en sus libros, en sus cánones y en sus círculos literarios. Viven lejos de la realidad, aunque hablen sin cesar de ella. Confunden la vida literaria con la vida, la conversación entre colegas con el mundo, y el reconocimiento de su pequeño ámbito con alguna forma de relevancia. La bata, en ellos, no es una prenda, es una actitud.

Ese modelo de escritor suele producir una literatura correcta, a veces incluso brillante, pero rara vez necesaria. Son textos bien construidos, informados, culturalmente solventes, pero a menudo desprovistos de experiencia verdadera. Hay en ellos oficio, pero no siempre hay vida. Y sin vida, la escritura acaba siendo una variante elegante de la repetición.

El problema no es el retiro, ni la lectura, ni la disciplina. El problema empieza cuando el escritor convierte su encierro en una coartada y su rutina en un prestigio. Entonces deja de mirar el mundo y empieza a mirarse escribiendo. La literatura se vuelve autorreferencial, cortesana, satisfecha de sus propias señales de inteligencia. Pierde roce con lo real y, con ello, pierde también capacidad de conmover, de incomodar o de revelar.

Conviene recordar algo elemental y es que la escritura no se sostiene solo en la biblioteca. Se sostiene, sobre todo, en la experiencia. En la contradicción, en el fracaso, en el deseo, en el daño, en la intemperie. No se escribe para confirmar una identidad literaria, sino para someterla a prueba. Por eso los textos que de verdad importan no son los más cultivados ni los más ornamentados, sino los que han pasado por la vida antes de pasar por la página.

En literatura, la bata puede ser cómoda, pero casi nunca fecunda. A la larga, el escritor que no sale de sí mismo termina escribiendo siempre el mismo libro: el de su clausura.


Gravitacional

8.4.26


Solo rompiendo la resistencia de las cosas se remonta el vuelo.


Contingencias varias

7.4.26


No creo en la existencia de otros universos fuera del que habitamos, aunque las matemáticas permitan formular modelos multidimensionales que los hagan pensables. Sí creo, en cambio, en la coexistencia de destinos paralelos o múltiples dentro de una misma realidad. Basta un segundo de demora ante un semáforo para salvar una vida. Basta una prisa inoportuna para perderla. Cada variación mínima en el rumbo que tomamos abre un azar distinto, una posibilidad nueva, un desenlace inesperado, pero no vivimos ni morimos todas las posibilidades, solo vivimos una y solo en esta morimos.


Moderneces

6.4.26


Vivimos en una época donde la bondad empieza a parecer sospechosa. Amar a los demás se interpreta como debilidad o impostura, pedir justicia e igualdad como una forma de alteración del orden y denunciar la riqueza obscena frente a la pobreza como si fuera un gesto de resentimiento y no una exigencia de decencia. Entonces el odio, para defenderse, necesita convertir en culpable a quien todavía cree en la dignidad humana. Por eso no extraña que los fomentadores del rencor llamen peligroso al que no acepta la crueldad como costumbre ni la desigualdad como paisaje. A sus ojos, todo impulso de fraternidad es subversivo porque pone en evidencia la miseria moral de un mundo que ha aprendido a convivir con el daño. Pedir un mundo mejor para todos sigue siendo, para ciertas conciencias, una ofensa imperdonable.


Espíritu maligno

5.4.26


El bebé lloró toda la noche de hambre y murió al amanecer. A Munashe, una joven mujer zimbabuense, el llanto se le quedó dentro y enloqueció. No gritó. El silencio fue peor. Al principio, la gente dijo que era el duelo, que el dolor a veces se esconde en lugares extraños. Pero pronto comenzaron a oírlo también: un gemido leve, como de criatura, saliendo de su pecho cuando respiraba. Munashe se golpeaba el vientre vacío.
—No se ha ido —susurraba—. Se ha quedado.
Los ancianos hablaron de un espíritu maligno, de algo que no acepta la pérdida y se alimenta de ella. Encendieron hierbas, trazaron círculos, pronunciaron nombres antiguos. El llanto no cesó. Con el tiempo, el pueblo aprendió a convivir con aquel sonido. Las noches se volvieron más cortas. Nadie dormía del todo. Hasta que un día, sin aviso, el llanto cambió. Ya no pedía. Llamaba. Y uno a uno, los recién nacidos comenzaron a despertar a la misma hora, con los ojos abiertos en la oscuridad, como si alguien, desde dentro de otro cuerpo, los estuviera nombrando.


Alumbramientos

4.4.26


Los genios no deben salir de su lámpara sino es para iluminar el mundo.


Regresiones

3.4.26


Esta mañana me encontré con una aparición de mi pasado. No lo reconocí al momento, aunque él sí sabía mi nombre. Entonces comencé a indagar en mi memoria. Con esfuerzo rescaté algunas imágenes del personaje y se marchó sin que pudiera situarlo de manera concreta en una realidad como la que los dos tuvimos hace muchos años. En la conversación fue él quien sostuvo casi todo: ese fantasma de mi vida actual se empeñó en contarme detalles de entonces, me llamó por mi nombre y me situó en algún espacio preciso de aquellos días. Me dijo, entre otras cosas, que yo leía muchos libros. Cuando me quedé solo pensé en eso. No me recordaba en esa fiebre lectora, quizá porque nunca las letras me han parecido suficientes. Quizá también porque uno no recuerda lo que fue, sino apenas lo poco que el tiempo le deja salvar de sí mismo.



Nominaciones

2.4.26


Existen épocas en que las palabras enferman. Siguen ahí, disponibles, pero ya no alcanzan a nombrar con precisión lo que sucede. El miedo las vuelve imprecisas; la agonía, solemnes; la costumbre, inútiles. Entonces el mundo ocurre más rápido que el lenguaje, y la conciencia siente que habita una intemperie: ve, padece, presiente, pero no consigue decir. Quizá por eso escribir no sea solo ordenar signos, sino llamar de nuevo a las palabras, como quien convoca a unas antiguas guardianas del sentido. Se las espera no para adornar la realidad, sino para volverla legible, habitable, pensable. Toda época de confusión es también una crisis de nombrar. Y, sin embargo, aún de las palabras exhaustas puede nacer una luz. Basta que una sola recobre su exactitud para que el pensamiento deje de ser ruina y vuelva a parecerse a un territorio común. A esa patria anterior del sentido, a esa Pangea del pensamiento, seguimos llamando cada vez que escribimos.