El deseo cesante

13.7.26


Defiende Deleuze que «desear es producir, y producir realidad»: el deseo como potencia activa de la vida, no como simple carencia sino como fuerza que inventa caminos, vínculos, mundos posibles. Desear no sería entonces esperar pasivamente algo que falta, sino poner en marcha una maquinaria íntima capaz de transformar lo existente. Pero más allá de ese deseo productor, ¿qué nos espera? Quizá la realidad deseada. Y en ella empieza la paradoja: cuando el deseo alcanza su objeto, algo se detiene. La intensidad que empujaba, imaginaba y abría futuro se vuelve posesión, costumbre o desencanto. Lo deseado, al realizarse, deja de irradiar promesa y queda reducido a presencia. Tal vez toda realidad deseada contenga una forma de frustración, no porque no llegue sino porque al llegar clausura el movimiento que la hacía vivir. El deseo cesante es ese instante en que la conquista apaga la fuga, en que el objeto obtenido ya no produce mundo sino término. Acaso por eso el deseo más fértil no sea el que se satisface sino el que sigue abriendo realidad sin quedar preso de su cumplimiento.


Dipsómana

12.7.26


Amelia, una mujer mayor, escéptica y vital, que charla conmigo cuando nos encontramos en esa ágora moderna que es el súper, me confiesa:
—Cuando pienso en todo el vacío que nos queda por delante me da por emborracharme de vida cada mañana. Lo dijo mientras comparaba dos marcas de tomate frito, como quien comenta que mañana lloverá.
—¿Y funciona? —le pregunté.
—Depende del día. Hay mañanas que con un café bien cargado basta. Otras necesito un paseo largo, hablar con alguien, comprar flores aunque no tenga jarrón o reírme de cualquier tontería —sonrió—. Lo importante es no beber siempre de la misma botella.
Pagó la compra, me dio un golpecito cariñoso en el brazo y se fue empujando el carro. Yo me quedé un rato mirando los estantes y busqué sin éxito la sección donde vendían esa clase de vida.


Muñecos de escaparate

11.7.26


Esta sociedad nos destroza por dentro y nos zarandea como muñecos de trapo, anulando el sosiego y la reflexión. Vivimos sometidos a una agitación permanente que convierte el cansancio en normalidad y la prisa en virtud. Apenas queda tiempo para detenerse, escuchar el propio pensamiento o preguntarse hacia dónde vamos. Y, sin embargo, mientras descuida nuestro mundo interior, esa misma sociedad exige una vigilancia constante del exterior. El cuerpo, el rostro, la ropa, la imagen proyectada, todo debe estar disponible para la evaluación ajena. Se nos invita a parecernos menos a nosotros mismos y más a aquello que otros desean mirar. Así, cuanto más frágiles nos sentimos por dentro, más obligados estamos a parecernos enteros por fuera. La paradoja es brutal, una sociedad que desordena nuestra vida interior nos exige, al mismo tiempo, una apariencia impecable. Quizás esa sea una de sus formas más eficaces de dominio, el convertirnos en objetos preocupados por su escaparate mientras, detrás del cristal, se desmorona silenciosamente la persona.


Modelo biológico

10.7.26


Una duda es una proteína del pensamiento. Actúa como un catalizador que acelera el metabolismo de las ideas y expande los límites del conocimiento. Allí donde todo parece estable, introduce una alteración; donde una certeza se endurece, abre una fisura. Pensar no consiste únicamente en acumular respuestas sino en mantener activa la capacidad de descomponerlas. La duda interviene entonces como una sustancia viva: modifica, combina, obliga a reorganizar. Sin ella, las ideas se estancan, se vuelven dogma y terminan por perder contacto con la realidad. Toda inteligencia necesita incertidumbre para seguir creciendo. La certeza absoluta conserva, la duda transforma. Es por ello que el pensamiento fértil no es el que posee más respuestas sino aquel que todavía sabe metabolizar sus propias convicciones.


Concordancias

9.7.26


La peor soledad es no coincidir nunca del todo con nadie.


Saber llevarlo

8.7.26


Sanar no es olvidar, es aprender a llevarte sin doler.


Autolisonja

7.7.26


Hay personas que no se limitan a estimarse sino que convierten su autoestima en un pequeño espectáculo diario. Se prodigan elogios, se adornan con virtudes, se presentan ante los demás como si la admiración propia bastara para justificar su altura. Pero rara vez esa autolisonja resulta inocente. Casi siempre persigue un rendimiento como consolidar prestigio, reforzar adhesiones, obtener beneficios de quienes comparten su círculo o dependen de su influencia. Lo curioso es que ese ejercicio de exaltación personal suele producir un efecto doble. Entre los correligionarios provoca asentimiento, complicidad, recompensa. Entre quienes miran desde fuera, en cambio, despierta una oleada de desagrado. No tanto por envidia, como a veces se alega, sino por la evidencia de una desmesura. La autocomplacencia, cuando se exhibe demasiado, deja de parecer seguridad y empieza a parecer una forma pulida de la vanidad. Tal vez por eso el verdadero aprecio de uno mismo no necesite tanta proclamación. La dignidad callada convence más que el mérito voceado ya que quien se halaga en exceso no solo se empequeñece un poco porque acaba revelando hasta qué punto necesita que otros ratifiquen el retrato que se ha pintado de sí mismo. La autoestima se vuelve sospechosa cuando necesita convertirse en propaganda.


Devolución

6.7.26


Para mí, escribir y publicar es una manera de devolver al mundo una parte de lo que el mundo me ha dado. Primero aprendí, después recibí, gané afectos, experiencias, palabras, pérdidas, conocimientos y una forma propia de mirar. Durante años fui acumulando vida sin saber del todo que algún día tendría que restituirla. Ahora siento que me corresponde devolver, con agradecimiento, algo de todo cuanto he recibido. Quizá escribir sea eso, poner de nuevo en circulación lo vivido, entregar a otros lo que antes otros dejaron en nosotros. Porque nada de lo que soy me pertenece por completo. Estoy hecho de quienes me enseñaron, de quienes me quisieron, de los libros que leí, de las conversaciones que me cambiaron, de los lugares que habité y hasta de aquello que perdí. Publicar en cualquier soporte, sea en formato digital o papel, no es para mí una forma de exhibirme sino de desprenderme. Una manera de decir gracias, porque al final, uno escribe para devolver al mundo, transformado en palabras, lo que la vida le prestó.


Reconciliación

5.7.26


Esa noche pudo reunir en la mesa a todas las personas que había sido, incluidas las que ya no recordaba, y descansó. Hablaron poco. El niño no comprendía al anciano. El adolescente se negaba a mirar al hombre que había renunciado a sus sueños. El enamorado no quiso sentarse junto al viudo. El cobarde evitaba al valiente, que apenas recordaba cuándo lo había sido. Fue el desconocido quien rompió el silencio.
—Nadie se acuerda de mí —dijo.
Nadie supo quién era. Entonces comprendió que aquella también había sido una de sus vidas, la que nunca llegó a vivir. Le hizo un sitio a su lado. Solo entonces pudo descansar.


A pesar de todo

4.7.26


Tal vez toda la cultura humana —un poema, una fotografía, una conversación recordada, un nombre escrito en una piedra— no sea más que la obstinación de nuestra especie por decirle al tiempo: «Todavía no».


Tiempo adentro

3.7.26


Aun ocupado en mil asuntos, a veces persiste la sensación de que queda algo esencial por hacer, aunque no sepamos qué es. Tal vez sea solo la forma íntima que adopta el tiempo cuando sentimos que se nos desaprovecha por dentro.


Paisanaje borrado

2.7.26


En el dibujo de la vida no solo acumulamos presencias, también corregimos el cuadro. Hay personajes que enturbian la mirada, alteran la respiración del paisaje y obligan a borrar, a tomar distancia, a retirar su figura del centro de nuestra visión. No siempre por odio sino por higiene mental. Vivir exige a veces esa tarea silenciosa de supresión como apartar lo que deforma, lo que hiere, lo que vuelve más áspera la conciencia. Aunque no todo consiste en tachar, también pintamos. Añadimos rostros, afectos, compañías y lealtades que vuelven más habitable la existencia. Existen personas que no solo nos acompañan sino que mejoran la luz con que vemos el mundo. Su presencia más que ocupar, armoniza y no invaden el paisaje porque le dan sentido. Y tal vez por eso el paisanaje de una vida no sea otra cosa que el boceto moral de quien la vive. En los seres que apartamos y en los que conservamos se dibuja, sin querer, una parte de nuestra verdad más profunda. Elegir a quién dejamos dentro de nuestra mirada es también una forma de modelar el alma. La vida se parece al arte de borrar lo que oscurece y conservar lo que da luz.


Enemistad

1.7.26


En la naturaleza, un lobo teme al hambre, una gacela al león y un pájaro a la tormenta. Entre los seres humanos ocurre algo singular porque el mayor peligro para un hombre suele ser otro hombre. No porque las demás especies no compitan entre sí. Lo hacen. Luchan por el territorio, por el alimento o por la reproducción, pero rara vez convierten la destrucción del semejante en un proyecto sostenido, organizado y justificado mediante ideas. El ser humano, en cambio, ha sido capaz de levantar imperios sobre cadáveres, fabricar armas para matar a distancia, convertir el odio en doctrina y la violencia en institución. Es la única especie que puede planificar el sufrimiento del otro durante años, perfeccionar los medios para infligirlo y, al mismo tiempo, escribir tratados sobre la paz y los derechos humanos. Esa contradicción constituye tanto su grandeza como su tragedia. Y quizá, por eso, la verdadera inteligencia no consista en dominar la naturaleza sino, más bien, en aprender a no convertirnos en nuestra propia amenaza, ya que ninguna fiera ha devastado la Tierra tanto como el hombre cuando decide tratar a otro hombre como si dejara de serlo.


Soledad

30.6.26



Me callo muchas cosas que no puedo decir, quizá porque nadie las entendería. Me ocurre desde la infancia y me ha acompañado durante toda la vida. Es entonces cuando extraigo la soledad del mundo y me siento apartado de él y de quienes lo habitan, porque hay una forma de soledad que no nace de la falta de compañía sino de la imposibilidad de compartir aquello que uno considera esencial. No poder comunicar ciertas intuiciones, ciertos pensamientos, ciertas verdades que parecen importantes y que, sin embargo, los demás no conocen o no desean conocer. Algo de eso expresó Jung al escribir: «La soledad no consiste en no tener personas alrededor, sino en no poder comunicar las cosas que a uno le parecen importantes». Tal vez por eso la verdadera soledad no sea estar solo, sino callar aquello que más hondamente nos constituye.

Dilapidados

29.6.26


Vivir es impedir que la ausencia lo devore todo.


Viudedad

28.6.26


Al verla tan feliz nadie sospechó que venía de enterrar su pasado. Ni siquiera llevaba luto. Había llorado todo lo que tenía que llorar muchos años antes, mientras el pasado seguía respirando a su lado. El entierro fue un simple trámite. Unas cuantas fotografías, una alianza, dos cartas y el nombre de quien ya no ocupaba ningún lugar en ella. Cuando regresó, abrió las ventanas de la casa. Entró el aire y, por primera vez en mucho tiempo, no olía a recuerdo. Entonces comprendió que enviudar no siempre consiste en perder a alguien. A veces consiste, por fin, en dejar de pertenecerle.



Don Quijote hoy

27.6.26


Si hoy viviera Don Quijote, sería tratado por unos, ridiculizado por otros y comprendido por muy pocos. Nuestra época que presume de sensibilidad psicológica tendería a diagnosticarlo; nuestra sociedad que idolatra la normalidad procuraría corregirlo; y nuestro mundo administrado por protocolos de utilidad y rendimiento, apenas sabría qué hacer con alguien que insiste en vivir según la verdad de su imaginación. Pero precisamente por eso seguiría siendo una figura decisiva. Don Quijote toca un nervio que no ha dejado de doler: el conflicto entre la imaginación y la realidad administrada, entre la verdad interior y las convenciones de la vida social, entre el impulso de trascender lo dado y la obligación de adaptarse a ello. Su desvarío no consiste solo en ver gigantes donde hay molinos, sino en negarse a aceptar que el mundo visible agote por completo el sentido de las cosas. Tal vez ahí resida su vigencia. Su patología no lo vuelve menos contemporáneo sino más, porque hoy también incomoda quien desobedece el reparto consensuado de la realidad, quien no acepta sin más la evidencia común, quien sigue tratando de habitar el mundo como si en él aún cupiera una grandeza distinta a la que dictan la eficacia, la prudencia y el cálculo. En estos tiempos, Don Quijote no encajaría ni como héroe ni como simple enfermo. Encajaría, sobre todo, como problema: como esa figura que obliga a preguntarnos si la cordura dominante no habrá empobrecido demasiado la vida. A veces, el verdadero escándalo no es la locura, sino la estrechez de la realidad que la juzga.

Transversales

26.6.26


Vivimos atravesados por contradicciones: entre lo que pensamos y lo que hacemos, entre lo que deseamos y lo que la realidad permite. Lejos de rebajarnos, esa fractura nos define. Tal vez no haya nada más humano que ese desacuerdo constante con nosotros mismos.


Cambios y mudanzas

25.6.26


Solo permanece quieto aquello que está muerto. Todo lo vivo cambia, aunque no siempre lo haga por voluntad, ni por lucidez, ni siquiera por esperanza. A veces cambiamos porque hemos aprendido demasiado y ya no nos cabe la antigua inocencia. Otras porque hemos sufrido lo suficiente y el dolor nos obliga a abandonar una piel ya inútil. Y algunas, simplemente, porque nos cansamos de repetirnos. Cambiar no siempre mejora pero inmovilizarse suele equivaler a una forma de extinción interior. Hay personas que confunden la fidelidad a sí mismas con la negativa a transformarse, sin advertir que también la identidad necesita mudanza para no volverse cárcel. Permanecer idéntico no es signo de firmeza, lo es muchas veces de agotamiento. Tal vez vivir consista justamente en aceptar esa inestabilidad. No como traición a lo que fuimos sino como obediencia más honda a lo que todavía podemos llegar a ser. Solo cambia de verdad quien todavía conserva algo vivo que defender.


Descontaminación

24.6.26


La tecnología no es alienante por esencia pero lo puede llegar a ser por exceso. Cuando deja de ocupar un lugar instrumental y empieza a invadir la atención, el vínculo y la intimidad, introduce una forma de deshumanización silenciosa. No destruye de golpe: sustituye. Sustituye el roce por la interfaz, la conversación por el intercambio instantáneo, la espera por la respuesta automática, la presencia por la conexión. El peligro de esa colonización no reside solo en la dependencia técnica, sino en la transformación del modo de estar en el mundo. Cuanto más se acostumbra el sujeto a vivir mediado, más difícil le resulta habitar lo inmediato, sostener el silencio, demorarse en el otro, aceptar la lentitud de lo real. Y una vida que pierde ese espesor acaba empobreciéndose aunque se vuelva más eficiente. Por eso este tiempo exige una reconciliación con la cercanía, con el abrazo, con el afecto sincero y con la conversación sin dispositivos, la experiencia tangible de estar con otros sin la tutela constante de la tecnología. No se trata de negarla sino de descontaminarse de su exceso para recuperar una forma más respirable de humanidad. La opresión tecnológica empieza cuando la mediación ocupa el lugar de la vida.