Disolvencia

22.8.26


En el cine de antes llamaban disolvencia a ese instante en que una imagen se retira mientras la siguiente aparece: durante unos fotogramas conviven las dos, transparentes, y no hay ojo capaz de señalar el momento exacto en que la primera dejó de estar. Los proyeccionistas sabían que nada termina de golpe y que las cosas se van quedando. Tengo desde hace un tiempo el sentimiento de haberme ido estando aún aquí. Ocupo mi silla, contesto a mi nombre, cumplo con mis gestos y, sin embargo, algo mío ya no comparece. Me sorprendo despidiéndome en secreto de las cosas —de una calle, de una costumbre, de ciertos rostros— sin encontrar las palabras con que decir adiós, quizá porque el adiós ya ocurrió en alguna parte sin contar conmigo. Eso es lo que más me desconcierta, no la disolución sino no haber estado en ella. Uno espera asistir al menos a su propia retirada, firmar algo, apagar la última luz, pero la presencia no se apaga, tan solo se traspapela. Y son siempre los otros quienes guardan la imagen nítida de un hombre que, por dentro, ya era transparente. Siempre creí que irse era un acto pero voy aprendiendo que es una erosión. En la pantalla, al menos, la disolvencia promete y si una imagen se retira es porque otra viene a ocupar su luz. Lo que no sé es qué se anuncia detrás de la mía, o si la imagen siguiente ya está aquí, revelándose tan despacio que la estoy confundiendo conmigo.


Enhebrar

21.8.26


De pequeño, mi abuela me pedía que le ensartara la aguja. Ella decía ensartar, que es palabra de mimbre y de cocina y yo aprendí mucho después que se decía enhebrar, y todavía no sé si la palabra culta ha mejorado alguna vez una puntada. Me llamaba con la hebra ya mojada en los labios, me la tendía junto a la aguja y esperaba sin prisa, porque sabía que mis ojos de niño acertaban a la primera. Yo atravesaba aquel ojo mínimo con la solemnidad de quien cumple un cargo público. Era mi primer oficio: prestar la vista. Ella ponía todo lo demás, que era todo —el pulso, el dedal, el zurcido, la paciencia—, y durante años creí sinceramente que sin mí no se cosía en aquella casa. Ahora que la letra pequeña se me va quedando lejos, entiendo que no me pedía ojos: me enseñaba el turno. En su mesa camilla aprendí, sin saberlo, ese reparto por el que unos ven y otros cosen, y que amar consiste casi siempre en aceptar la mitad de la tarea que te toca. Hoy soy yo quien enhebra a solas, con menos vista y más vida, y lo que ensarto ya no es hilo sino los días, nombres, ausencias —hebras que mojo en la memoria para que pasen por el ojo estrecho de la página. Coso mi corazón como ella cosía los calcetines por dentro para que el remiendo no se vea. Y solo una cosa me inquieta de este oficio heredado. Ella siempre tuvo un niño al lado a quien tender la aguja. Yo escribo, y todavía no sé si escribir es enhebrar o es, apenas, seguir mojando la hebra mientras espero que alguien acierte con el ojo que ya no encuentro.


Los normales

20.8.26


Existen personas a las que llaman normales, sin ninguna sensibilidad lumínica, que no poseen un espíritu ennoblecido ni atormentado, ni una sensibilidad extraordinaria, y que caminan en el letargo de los tonos grises de la sociedad. Madrugan sin metafísica, aman sin literatura, mueren sin haber subrayado un libro. Pasan por los días como por un pasillo, sin detenerse en las puertas. Durante años los miré desde arriba, que es la manera más cómoda de no verlos. Los sensibles tenemos ese vicio, convertimos nuestra intemperie en un título nobiliario y su calma en una enfermedad. Pero he conocido a algunos de cerca. Duermen de un tirón. No les tiembla el pulso ante un papel en blanco porque jamás se les ocurrió medirse con él. Cuando un dolor llega, lo lloran sin metáfora, que quizá sea la forma más honrada de llorar. Y sostienen el mundo —los turnos, los cuidados, las cuentas— mientras nosotros lo anotamos. Sensibilidad lumínica. ¡Qué soberbia la nuestra! Llamar luz a lo que a lo mejor es solo insomnio. Ellos caminan en el letargo de los grises y nosotros, desvelados, en el resplandor de otro. Falta saber cuál de los dos letargos sueña al otro.


Soñantes

19.8.26


El ser humano es un ser pensante, pero es, igualmente, un ser soñante, porque la vida, como cantó Calderón, es sueño, envuelta, añadiría el hindú, en el velo de maya. Ejemplos no faltan para ilustrar este axioma. El matemático indio Ramanujan solía decir que la diosa de Namakkal le inspiraba las fórmulas en sueños. Al naturalista Louis Agassiz un sueño le ayudó a determinar a qué especie pertenecía un pez fosilizado cuyos contornos no se podían apreciar. La invención de la máquina de coser de Elias Howe se debe a un sueño en el que un grupo de caníbales lo atacaba con lanzas como agujas, con un orificio en una de las puntas. Descartes encontró en un sueño las bases de la geometría analítica y el modo de hacer algebraica la geometría. El químico August Kekulé esclareció la estructura del benceno cuando, dormitando frente a la chimenea con un manual de química, se le apareció una serpiente que se mordía la cola. El inventor del helicóptero, Igor Sikorsky, se soñó a los diez años dentro de un enorme aparato; treinta años después, mientras revisaba la construcción de un Clipper, descubrió que su interior era el mismo de su sueño infantil. Stevenson declaró que el hilo argumental de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde fue producto de un sueño, y McCartney despertó una mañana con la melodía de Yesterday entera en la cabeza, tan acabada que pasó semanas preguntando a todos si no la habría oído antes, incapaz de creer que fuera suya. Mis sueños no arreglan el mundo, pero hace unas noches, al despertar en mitad de uno de ellos, recordé que tenía que escribir esto.


Anatomía del corazón

18.8.26

 

El corazón de una ballena late nueve veces por minuto y pesa dos mil quilos. El de una musaraña llega hasta los mil doscientos latidos con apenas unos gramos. Entre ambos extremos está el corazón humano, con su ritmo intermedio y su fragilidad desmesurada. Aunque quizá la medida verdadera de un corazón no esté en su peso ni en su frecuencia sino en aquello que es capaz de sostener como el afecto, la compasión, la memoria o la entrega. Hay corazones pequeños que contienen mundos y otros grandes que apenas albergan a nadie y por eso, cuando decimos que alguien «no tiene corazón», no hablamos de anatomía. Hablamos de una carencia más grave que es la incapacidad de sentir al otro como alguien que también merece ser cuidado.


Disfunción temporal

17.8.26


Cuando somos jóvenes no tenemos recuerdos de nuestra vejez. El tiempo se abre hacia delante y apenas sentimos su peso, pero al envejecer ocurre lo contrario, que conservamos dentro de nosotros al joven que fuimos, con sus gestos, sus deseos y su manera de mirar el mundo. Esa convivencia entre edades produce una extraña disfunción temporal. El cuerpo avanza mientras la memoria retrocede y el presente envejece, aunque una parte de nosotros continúa habitando escenas remotas con una nitidez que contradice los años transcurridos. De ahí nace buena parte de la nostalgia, ya que no solo echamos de menos lo vivido sino también a la persona que éramos mientras lo vivíamos. Entiendo que la vejez psíquica comienza cuando comprendemos que podemos regresar a nuestra juventud únicamente con la memoria, jamás con el tiempo. Y acaso envejecer sea llevar dentro todas nuestras edades sabiendo que solo una de ellas puede habitar el presente.


La tristeza medida en ecos

16.8.26


Para comprobar cómo de honda era su tristeza todos los días lanzaba un pensamiento al pozo de los recuerdos. Contaba los segundos hasta oír el eco. Al principio llegaban pronto, secos, casi imperceptibles. Con los años fue tardando más como si el fondo se hubiera ido alejando o como si el pozo hubiera aprendido a tragarse el ruido. Una mañana lanzó su pensamiento y no oyó nada. Se asomó, esperando la certeza del abismo y encontró solo su propio rostro devuelto por una lámina de agua quieta. El pozo, sin que él lo advirtiera, se había llenado de lluvia hasta el borde.


Espejos enfrentados

15.8.26


Como en un juego literario más, como truco propio de la escritura creativa, como engaño deliberado o fingimiento lúcido, ficcionaré mi autoría. Afirmaré que los textos generados por mí salieron de la IA y que los textos nacidos de la IA fueron escritos por mí. No se tratará solo de una impostura, será una oportunidad para subvertir la realidad de la autoría. Porque quizá escribir, hoy, consista también en extraviar las huellas, confundir el origen, interrogar la firma y convertir la identidad del autor en una hipótesis inestable. En esa dinámica especulativa, humana y artificial, la escritura se volverá un sistema de espejos enfrentados donde cada texto reflejará a otro, cada voz sospechará de su procedencia, cada frase podrá ser confesión o simulacro. Y cuanto más se multipliquen los reflejos, menos importará saber quién escribió primero. Ahora la pregunta no es si un texto pertenece al ser humano o a la máquina sino qué clase de verdad literaria sobrevive cuando la autoría empieza a confundirse consigo misma.


Carpe vitae

14.8.26


A la locución latina carpe diem, tan de moda en estos tiempos y tantas veces reducida a una invitación al placer inmediato, habría que oponerle una idea más amplia: carpe vitae, saborear la vida hasta gastarla. No se trataría de vivir deprisa ni de acumular experiencias sino de aprender a reconocer aquello que casi nunca se publicita: una conversación sin prisa, el silencio compartido, una caminata, la lectura, la amistad, la contemplación, la ternura, la curiosidad o la simple conciencia de estar vivos. El mercado nos enseña a disfrutar mediante el consumo, el carpe vitae propondría otra forma de plenitud, la de hacer de la existencia misma una experiencia suficiente. No devorar el instante sino habitarlo y no perseguir continuamente lo extraordinario sino descubrir la intensidad escondida en lo cotidiano. Vivir con plenitud no consiste en aprovechar cada día como si fuera el último, más bien aprender a reconocer que cada día, por insignificante que parezca, ya forma parte irrepetible de la vida que estamos gastando.


Distancias cercanas

13.8.26


No creo en la superioridad ni en la inferioridad de los seres humanos. Toda jerarquía esencial entre personas me parece una ficción interesada, una manera de convertir las diferencias en privilegios o desprecios. Lo que verdaderamente nos distancia no es la sangre, el origen, la riqueza ni la posición, sino algo mucho más difícil de medir y es aquello que separa la necedad de la sensatez. La primera se encierra en sí misma, se aferra a certezas, desprecia la duda y confunde convicción con verdad. La segunda escucha, rectifica, pondera y acepta que comprender exige casi siempre renunciar a una parte del orgullo. No hay seres humanos superiores, pero sí conductas más lúcidas que otras. No hay personas inferiores pero sí formas de pensar que empequeñecen a quien las practica. Por eso la verdadera distancia entre nosotros no sea vertical sino interior, esa que media entre quien necesita imponerse y quien ha aprendido a comprender.


Dietas

12.8.26


La curiosidad es el apetito de los glotones del conocimiento.



Soluciones de urgencia

11.8.26


Atrapados en un cuerpo y un destino, nuestra libertad se reduce a una mínima expresión de comportamiento. Exigua, sí, pero no por ello menos reveladora como es dignificar la vida. No podemos elegir todas las circunstancias, evitar la pérdida ni escapar del deterioro, pero todavía podemos decidir cómo atravesamos lo que nos ha sido dado, qué trato ofrecemos a los demás y cuánto cuidado o crueldad añadimos al mundo. Dignificar la vida exige oponer a la desilusión derrotista un pesimismo vital que no sea renuncia, sino lucidez afectiva. Reconocer la dureza de la existencia sin utilizarla como excusa para endurecernos. Saber que todo puede fracasar y, aun así, actuar con delicadeza para la solución de urgencia de no salvar la vida de su tragedia pero impedir que la tragedia nos prive de humanidad.


Diseños

10.8.26


Somos un mal planteamiento. Un organismo vulnerable, consciente de su final, capaz de imaginar la felicidad y condenado a perderla, necesitado de los demás y, al mismo tiempo, inclinado a herirlos. Buscamos permanencia dentro de un cuerpo que envejece y sentido en una realidad que no siempre responde. Tal vez nuestra imperfección no sea un accidente sino el diseño mismo. No venimos resueltos, somos una pregunta que camina, una contradicción que aprende a sostenerse. Y quizá nuestra dignidad nazca precisamente de ahí, de intentar vivir con belleza a pesar de haber sido formulados de manera tan precaria.



Pedro y el lobby

9.8.26


Pedro era concejal de un ayuntamiento pequeño, que es la manera más barata de ser un tipo de lo más normal con responsabilidades. Le habían dado la concejalía de Medio Rural porque nadie la quería, y él la ejercía como su padre había ejercido de pastor: madrugando, contando cabezas —de ganado el padre, de votos él— y vigilando el valle desde una roca que ahora se llamaba pleno municipal. Fue en uno de esos plenos, entre la aprobación de una factura de fuegos artificiales y el ruego de un vecino sobre un badén, donde vio pasar el expediente. Un fondo llamado Lupus Capital Partners solicitaba la declaración de interés estratégico para reordenar los aprovechamientos del valle. Pedro no sabía latín, pero sabía leer despacio, que en política es casi un superpoder. Pidió la palabra y gritó lo que había que gritar, con el micrófono en modo colina:
—¡Señorías, que viene el lobby!
El salón de plenos se rio con la risa administrada de los plenos. El alcalde le recordó que las señorías eran cosa del Congreso y que allí se decía «compañeros». El secretario hizo constar en acta la intervención del señor concejal «manifestando inquietudes». Los compañeros miraron el expediente, miraron el valle por la ventana y no vieron nada: ni excavadoras, ni vallas, ni colmillos. Trescientos folios perfectamente encuadernados, con sus informes favorables y sus sellos en regla. Los lobos, que se sepa, no compulsan documentos.
—¿Y dónde está ese lobby? —preguntó el portavoz de la oposición, por una vez de acuerdo con el gobierno.
—No se ve —explicó Pedro—. Por eso cobra tanto.
Al mes siguiente aparecieron por el municipio unos señores educadísimos con polos color salmón que medían el aire, sonreían al secretario y patrocinaban, de momento, la carpa de las fiestas. Pedro volvió a pedir la palabra. Esta vez trajo pruebas. Una fotografía de los polos salmón desayunando con el diputado provincial y un organigrama del fondo donde los consejeros se repetían como los estribillos. El pleno lo escuchó con la paciencia que se dispensa a los profetas y a los vendedores de enciclopedias. Aquellos señores prometían ochenta puestos de trabajo, sostenibilidad de triple impacto y una rotonda. Aquello no parecía un lobo; parecía el maná con membrete.
—Pedro, hombre —le dijo el alcalde en el pasillo, con la mano en el hombro, que es donde los alcaldes ponen los avisos—. Deja de asustar al personal. Esta gente viene a ayudar.
—Es que el lobby no aúlla —insistió Pedro—. El lobby desayuna.
Y era verdad, aunque constara en acta porque el lobby estaba, como es preceptivo, en el lobby, el de un hotel de Madrid con moqueta espesa, donde unos hombres sin gorra untaban mantequilla en tostadas y voluntades, y donde meses después se decidió, entre el zumo y el segundo café, lo que el pleno votaría solemnemente como si lo decidiera. A esos desayunos el ayuntamiento mandaba a sus mejores hombres, que volvían hablando de sinergias y oliendo a colonia ajena. La puerta del hotel era giratoria, como todo lo demás.
La votación llegó al final del verano, según la costumbre. El interés estratégico se aprobó con los votos de todos menos el de Pedro, que quedó en acta como «voto particular del concejal de Medio Rural», que es la manera técnica de decir válido. Al valle lo reordenaron en un polígono de naves inteligentes que producían no se sabía qué para no se sabía quién; de los ochenta puestos de trabajo vinieron once, ocho de ellos de vigilante del propio polígono, que es como criar ovejas para que cuiden del lobo; y la rotonda, eso sí, quedó preciosa.
La presidía una escultura de acero corten de nueve metros y sesenta mil euros, obra de un artista de proyección internacional que no pudo asistir a la inauguración por encontrarse inaugurando otra rotonda. Según la memoria del proyecto, la pieza se titulaba ‘Diálogo entre tradición y futuro’ y representaba «el flujo identitario del territorio en tránsito hacia la gobernanza de lo posible», descripción que costaba aparte. Según el pregonero de las fiestas, que la estudió de cerca el día que le tocó hablar debajo, representaba un ocho que se había caído. Según los niños, un lazo de pan salado. Según la peña ciclista, que la esquivaba cada domingo, un atentado. La empresa adjudicataria del mantenimiento —filial, por casualidad, de Lupus Capital— la limpiaba dos veces al año con un producto especial que costaba lo que el comedor escolar, porque el acero corten, explicaron, necesita oxidarse pero con dignidad.
El día de la inauguración vino el diputado provincial, se descubrió la lona con himno regional de fondo y el alcalde pronunció la frase que luego bordarían en la memoria anual: «Esta escultura simboliza que este pueblo mira hacia adelante». Y era verdad, porque la habían plantado justo delante de la vista del valle, de modo que para mirar el polígono había que mirar primero el ocho caído, y ya se quedaba uno sin ganas de seguir mirando. Con los años le salió una función: las cigüeñas, que no entienden de gobernanza, anidaron en el bucle superior, y aquello fue lo único del proyecto estratégico que crio algo.
Entonces los vecinos subieron a la colina, es decir, abrieron un grupo de WhatsApp, y gritaron socorro, y auxilio, y que había venido el lobby. Gritaron tanto que su clamor se oyó en todo el valle, que ya era del fondo de inversiones, pero el recurso fue desestimado por extemporáneo, el defensor del pueblo estaba de vacaciones y la televisión vino un martes, grabó la rotonda y se fue.
Lo demás ocurrió como tenía que ocurrir. En las siguientes elecciones, el alcalde que firmó la reordenación revalidó la mayoría con el lema «Hechos, no miedos», financiada la campaña —carteles, carpa y orquesta— por el patrocinador oficial del municipio, que ya se sabe quién era. Pedro perdió el acta por los votos justos de los once empleados del polígono y de sus familias, que votaron con el estómago, que es donde la democracia aprieta. Al año, el alcalde fichó por Lupus Capital como asesor de territorio, y en el pueblo se comentó con orgullo que uno de aquí había llegado lejos.
Y un martes cualquiera, en el boletín oficial, entre un anuncio de subasta y una corrección de erratas, apareció una nueva solicitud de interés estratégico. La firmaba un fondo llamado Vulpes Capital Partners. Pedro, ya sin acta, sin micrófono y sin colina, lo leyó despacio en el bar y no dijo nada, porque a un vecino que pasaba por allí y miró por encima de su hombro le pareció un asunto de trámite.
Y así fue como nadie se dio cuenta de ningún error, y todos aprendieron la lección y nunca más volvieron a hacer caso a quien decía la verdad, que es lo que tiene la verdad cuando no patrocina las fiestas.


El ser escribiente

8.8.26


La persona que escribe no solo crea un texto, se construye a sí misma en el acto de escribir. Cada frase no es únicamente una forma verbal, es una tentativa de ordenar la propia existencia y de reconocer sus tensiones, sus heridas, sus deseos y sus vínculos con la historia común de la humanidad. Escribir implica ejecutar un patrón íntimo, una manera de estar en el mundo, de interpretar lo vivido y de anticipar lo que aún no tiene forma. En ese proceso, el ser escribiente no se limita a expresar una identidad previa, la va configurando mientras escribe. La palabra no solo revela al sujeto también lo modela. Por eso toda escritura verdadera contiene una dimensión existencial. Al escribir, el individuo ensaya su destino, precisa su mirada y consolida una esencia que no estaba completamente dada antes del geso creador. La obra resultante importa pero también importa la transformación silenciosa de quien la produce. Escribir puede que sea hacer visible un texto mientras, en secreto, se va escribiendo también una vida.


Coordenadas

7.8.26


Azar y deseo enmarcan la realidad. Entre lo que sucede sin haberlo elegido y aquello que perseguimos con voluntad transcurre buena parte de nuestra existencia. El azar introduce lo imprevisible, rompe los planes y abre caminos que nunca habríamos buscado. El deseo, en cambio, intenta orientar ese desorden, convertirlo en proyecto, dirección o sentido. Uno nos desplaza y el otro es quien procura conducirnos. Por eso vivir puede que consista en moverse entre ambas fuerzas y aceptar lo que acontece sin renunciar al deseo de lo que todavía podría llegar a ser.


Intrascendentes

6.8.26


La existencia humana parece haber clausurado toda posibilidad de sobrevivirse y trascender hacia otra forma de vida. Agotadas las salidas metafísicas, creer en algo más allá de esta existencia limitada puede parecer una manera de habitar la ilusión. La fe surgiría entonces no como conocimiento sino como consuelo, como una respuesta compasiva ante la dificultad de aceptar que todo termina y que prometer continuidad al yo sería protegerlo del vértigo de su desaparición. Aunque puede que esa necesidad de trascendencia revele menos una verdad sobre el más allá que una incapacidad para asumir plenamente el más acá. Nos cuesta aceptar que una vida pueda ser valiosa sin ser eterna, que algo pueda tener sentido aunque esté destinado a desaparecer y, sin embargo, nuestra condición más humana es precisamente esa, la saber que somos intrascendentes y vivir como si cada gesto mereciera permanecer.


Teoría de la eternidad

5.8.26


El tiempo es un embudo por el que damos vueltas, pasando una y otra vez por los mismos lugares hasta caer, definitivamente, en su agujero. Creemos avanzar porque cambian los días, los rostros y las circunstancias, pero a menudo regresamos a los mismos temores, deseos, errores y preguntas. La vida parece una espiral aunque nunca estamos exactamente donde estuvimos y que algo esencial del paisaje se repita. Cada vuelta estrecha el margen. El tiempo nos conduce desde la amplitud de lo posible hacia la certeza de un único desenlace. Y, sin embargo, mientras descendemos, llamamos experiencia a ese movimiento circular y destino al agujero que nos espera, lo que nos lleva a entender que la eternidad no consiste en vivir para siempre sino en repetirnos hasta que el tiempo termine por absorbernos.


Libre albedrío

4.8.26



¿Existe un destino después del destino o ya estaba escrito antes de que pudiéramos nombrarlo? Me inquieta imaginar si algo ocurre porque era inevitable o si, una vez sucedido, lo llamamos destino para concederle una forma de sentido. En los entierros suele escucharse una frase lapidaria: «Ese era su destino». Se pronuncia como si la muerte revelara retrospectivamente una verdad que nadie habría sabido anticipar, pero quizá llamamos destino a lo irreversible porque nos cuesta aceptar que la vida también está hecha de azar, accidente y decisiones inconclusas. Nadie parece dispuesto a señalar cuál es su propio destino. Tal vez porque reconocerlo supondría la posibilidad de modificarlo y, con ello, destruir la idea misma de fatalidad. El ser humano necesita creer que algunas cosas estaban escritas, pero también desea conservar la ilusión de poder reescribirlas. Tonta ambición de nuestra incredulidad como es negar el destino mientras lo invocamos, y defender el libre albedrío incluso cuando ya hemos llegado al lugar del que decimos no haber podido escapar.



Galaxia de la memoria

3.8.26


Al mirar el cielo nocturno no diferenciamos entre las estrellas que aún existen y aquellas que fulguran sin existir ya, porque de todas nos llega su luz. El firmamento es también un archivo de ausencias luminosas y presencias extinguidas que, sin embargo, continúan alcanzándonos desde una distancia imposible. Algo parecido sucede con la memoria. En su galaxia íntima brillan seres que ya no están, amores que se fueron, voces que no volverán a llamarnos y momentos que el tiempo clausuró. Pero su luz permanece. No como materia viva, lo hace como resplandor afectivo y señal tardía de lo que alguna vez nos sostuvo. Y al recordar recibimos la luz de lo perdido sin poder tocar su origen y el corazón, como el cielo, ya no distingue del todo entre presencia y ausencia porque hay vidas que siguen brillando en nosotros mucho después de haberse apagado en el mundo. Tal vez por eso algunas personas no desaparecen nunca y se convierten en estrellas interiores con las que seguimos orientándonos por la luz que dejaron.