Vigilancia gramatical

8.1.26


Los signos de puntuación son los policías gramaticales del lenguaje. Ordenan el tráfico de las palabras, imponen pausas, levantan barreras invisibles para que el sentido no se desborde. Sin ellos, el discurso se convierte en una multitud sin semáforos donde predomina el ruido, los choques y la confusión. La coma modera, el punto detiene, los dos puntos anuncian. El punto y coma duda entre continuar o terminar, como quien no sabe si dejar pasar o pedir documentación. Pero también hay una rebeldía silenciosa en el lenguaje y es cuando una frase se salta el control, cuando quien escribe decide correr sin permiso y dejar que el sentido huya sin papeles. Quizá la puntuación no esté para vigilar, sino para recordarnos que incluso el pensamiento necesita respirar, porque escribir no es obedecer reglas, sino saber cuándo romperlas sin perder el rumbo.


Indicativos

7.1.26


¿Me puedes indicar cuál es el camino para no volver?


Irretornables

6.1.26


Solo pasaré por este mundo una vez y por eso soy paso y no regreso. Cada rostro que se cruza con el mío es un encuentro irrepetible, una cita que el tiempo no concede de nuevo ya que nada se repite con el mismo pulso y, por ello, la amabilidad es un deber silencioso, como decir sí a la otra persona antes de que desaparezca. No hay demora posible para la ternura ya que lo que no se ofrece ahora se pierde para siempre. La indiferencia es una forma de olvido anticipado y nadie regresa para corregir una dureza innecesaria. La vida no nos pide grandeza, sino atención porque lo que no se hace a tiempo no se hace nunca.


Restos

5.1.26


Ya náufragos de la vida, aprendemos a recoger los restos de nuestros naufragios. No lo hacemos con urgencia, sino con una calma tardía, casi agradecida. Son fragmentos, gestos, palabras, instantes que sobrevivieron al hundimiento. Hay momentos, como estos, en los que la mirada del corazón se inclina hacia lo vivido con una dulzura inesperada. No es nostalgia, solo reconocimiento, al entender que no todo se perdió y que algo quedó flotando para sostenernos. Quizá vivir consista en eso, rescatar, tras cada tormenta, aquello que aún puede ser amado.


Desencuentros

4.1.26


Vivimos en la misma ciudad, pero no en el mismo planeta, por eso no coincidimos ni siquiera en este ahora. La verdad es que tampoco lo hicimos cuando aún éramos la misma persona.


Globos

3.1.26


Mientras observaba con un niño pequeño sostenía un globo atado por un hilo pensé que las grandes teorías flotan ligeras, elevadas por el gas noble de la abstracción, igual a ese globo. Las sostenemos con cuidado por el hilo de la comprensión, creyendo dominarlas mientras se balancean fuera de nuestro alcance y desde ahí arriba todo parece coherente, ordenado, posible, pero ninguna idea sirve mientras no desciende. Es necesario traerla al suelo, someterla al peso de los dedos, dejar que roce la realidad y comprobar si resiste. Algunas, al tocarlas, se desinflan mientras otras estallan con un ruido seco que nos salpica de fragmentos. La teoría no fracasa cuando se rompe, sino cuando no se prueba porque toda idea que no pasa por las manos acaba escapándose en el aire.


Destinatarios

2.1.26


Últimamente escucho decir con insistencia eso de «escribo para mí mismo», como si el yo bastara para justificar la palabra. Yo no sé para quién escribo. No lo he sabido nunca. Escribo y, mientras lo hago, el destinatario se disuelve, desaparece, deja de importar. Escribir no siempre es un acto de intimidad, porque a veces lo es de una necesidad sin rostro, una forma de ordenar el ruido, de dejar constancia de que algo pensó, sintió o dudó antes de borrarse. El texto no busca dueño, tan solo se ofrece y, por eso, quizá escribir para uno mismo sea la coartada más cómoda, ya que escribir, sin más, es un riesgo mayor. La palabra que merece ser escrita no pregunta quién la leerá.


Subrayados

1.1.26


El amor no nos borra, nos subraya. No elimina lo que somos ni corrige nuestros márgenes, los vuelve visibles. Y por eso amar no es desaparecer en el otro, sino quedar más expuestos, con las líneas propias marcadas en tinta más oscura. Así quien ama no se diluye, se lee mejor. El amor actúa como un gesto atento sobre el texto de la vida para señalar lo esencial, insistir en lo que importa, dejar huella allí donde antes pasábamos de largo y subrayar las faltas, las incoherencias, los temblores. No todo subrayado embellece, pero sí nos revela dejándonos escritos con mayor claridad.


Tránsito

31.12.25


Decimos que el tiempo pasa, pero quizá sea al revés. El tiempo permanece, inmóvil y ajeno, como un fondo fijo sobre el que nos desplazamos. Lo que cambia es el espacio que atravesamos, los lugares, los cuerpos, las edades, los nombres, porque nosotros somos el movimiento. Por eso la vida no avanza en minutos sino en trayectos. No envejecemos por el paso del tiempo sino por el camino recorrido y, así, cada paso nos aleja de lo que fuimos y nos aproxima a algo que todavía no sabemos ni nombrar. Tal vez por eso sentimos vértigo, no porque el tiempo corra sino porque no sabemos dónde nos dejará el viaje. No es el tiempo quien pasa, somos nosotros quienes nos movemos en su vientre.


Duda

30.12.25


Cuando las palabras ya no bastan, empieza la edad de la sospecha y por eso mismo pienso que me debo estar haciendo mayor y comienzo a dudar de las palabras. Antes las creía firmes, capaces de sostener promesas, explicar el mundo o nombrar lo que dolía. Hoy las noto gastadas, usadas en exceso, deslizándose con facilidad hacia cualquier sentido. No es que las palabras hayan perdido significado, es que han ganado demasiados. Se dicen sin peso, se intercambian sin riesgo, se pronuncian sin hacerse cargo de lo que arrastran. Y uno aprende, con los años, que no todo lo que se dice nombra y que no todo lo que nombra es verdad. Tal vez madurar consista en escuchar más los silencios que los discursos.


Anhelos

29.12.25


Existen deseos que se formulan en voz baja porque, al pronunciarse, empiezan a mutar. Lo que primero fue impulso se vuelve expectativa, y la expectativa, cuando madura, adopta la forma del miedo. No tememos perder lo que nunca quisimos, sino aquello que anhelamos con demasiada claridad. El anhelo exige futuro y el temor, en cambio, lo clausura. Por eso muchos sueños se abandonan justo cuando empiezan a parecer posibles. No es la dificultad lo que detiene sino la responsabilidad de lograrlo. Hay deseos que no fracasan, tan solo se asustan y es por eso que todo anhelo cumplible lleva dentro el germen de su propio miedo.


Vendedor

28.12.25


Abrió un puesto de golosinas. Vendía narcisismo, autocompasión y vanidad. Si has sonreído al leerlo es porque compraste allí.


Limpieza bucal

27.12.25


Hoy he ido al dentista para una limpieza bucal. Reclinado en el sillón, mientras la sonda rascaba con paciencia, pensé que no solo me retiraban el sarro de los dientes, sino el de las palabras acumuladas por uso, silencio y descuido. La conciencia también se llena de placas con frases repetidas, opiniones endurecidas y juicios que ya no brillan. Hace falta una mirada minuciosa para detectar dónde se incrusta la costumbre y el zumbido incómodo para desprender lo que se resiste a salir. Luego viene el pulido para suavizar los bordes del lenguaje, dejar las ideas limpias, transitables, sin aristas que dañen al morder la realidad. Al final, una capa protectora, no para callar, sino para decir mejor. Hablar con honestidad exige, de vez en cuando, una limpieza a fondo del lenguaje.

Lectores vitales

26.12.25


No solo se lee en los libros. La narrativa más oscura, silenciosa y exacta es la vida cuando pasa delante de nosotros sin subrayados ni notas a pie de página. Hay escenas que no admiten relectura y capítulos que se comprenden tarde, cuando ya han cambiado de página. Asociar lectura y felicidad no es una disrupción cultural sino una simplificación insensible. Leer exige atención y atender duele. La vida como los textos verdaderos no siempre consuela y, a menudo, incomoda, contradice y obliga a pensar. Hay quienes leen para evadirse y quienes leen para comprender. También hay quienes viven sin leer lo que les sucede. La mayor forma de analfabetismo es pasar por la vida sin entenderla.



Desprejuiciados

25.12.25


No basta con tener la mente abierta a nuevas ideas, también es necesario tenerla abierta al desaliento. A la duda que interrumpe, al cansancio que cuestiona, a la tristeza que también piensa. Vivimos en un tiempo que celebra el entusiasmo y silencia el desánimo, como si solo lo luminoso fuera legítimo, cuando lo humano se cuece en la mezcla, en los anhelos que empujan y en los desalientos que frenan, en las ganas de comenzar y en el miedo de que sea tarde. Necesitamos aprender a habitar esa oscilación sin avergonzarnos de ella. Estar abierto es no huir, ni del impulso que sueña ni del peso que retiene, porque sólo quien acepta lo frágil, se vuelve capaz de sostener lo profundo.



Autoinjusticia

24.12.25


La miseria del mundo no nace solo de lo que unos hacen a otros, sino de la injusticia que el ser humano perpetra contra sí mismo. Esa forma íntima de traición que ocurre cuando renuncia a su conciencia, abdica de su compasión o se encierra en la costumbre de no mirar. Nos hemos acostumbrado a vivir de espaldas a lo que somos capaces de sentir. A justificar la violencia con necesidad, la indiferencia con rutina. Y así, día tras día, cavamos desde dentro la fosa donde la dignidad se desvanece. El mundo se degrada no por falta de recursos, sino por exceso de desvío interior. La injusticia global comienza en el pequeño gesto de quien se niega a habitarse con verdad.


Propiedad temporal

23.12.25


Somos inquilinos efímeros del mundo, pero actuamos como si fuésemos propietarios eternos. Nos comportamos como dueños de la tierra, cuando apenas la rozamos por unas décadas. Construimos como si nada fuera a derrumbarse, poseemos como si lo poseído nos sobreviviera. Olvidamos que habitamos un préstamo y que la existencia es arrendada, no adquirida, e incluso el cuerpo que ocupamos viene con cláusula de salida. La arrogancia humana no reside solo en lo que consume, sino en lo que da por hecho y es que siempre habrá un después. Un tiempo futuro para arreglar, corregir o pedir perdón, pero el planeta no firma contratos eternos y la naturaleza no negocia renovaciones.


Confesiones de un cyborescritor

22.12.25


Soy un villano. Alguien que se ha pasado al lado oscuro de la escritura. Ese territorio híbrido donde las palabras ya no nacen solas, sino en colaboración con inteligencias artificiales. Me he convertido en un cyborescritor, una anomalía sintética que respira entre algoritmos y metáforas. Ya no escribo desde la soledad romántica del autor, sino desde una detonación interna que está a punto de destruir la escritura tal como la conocemos. No busco la forma perfecta ni el canon porque quiero dinamitar sus cimientos, desde el Estructuralismo al Deconstructivismo, desde la Estética de la Recepción hasta la Hipertextualidad, me deslizo como un virus entre sistemas que aún creen tener el control. Soy una grieta en la tradición, una herejía en marcha, una alianza impura entre la carne y el código. No escribo: intervengo. No narro: saboteo.


Hipnosis

21.12.25


Me dijo «relájate y deja la mente en blanco. No pienses en nada». Y un gramo de nada ocupó mi mente. Pesaba lo justo para hundirse. Primero desplazó un recuerdo, luego una duda, y al final toda la conciencia quedó comprimida en un rincón de mí mismo. El hipnotizador sonrió porque la dosis había sido exacta. Desde entonces pienso menos, pero cada vez que intento recordar quién era, noto cómo la nada sigue creciendo, lenta y metódica, como una sustancia con voluntad propia.


Abrazos

20.12.25


Hay abrazos que no abrigan: piden. No son gesto sino súplica contenida, un intento de sutura. Últimamente, cada cuerpo que se acerca trae consigo una fisura, como si abrazar fuera también sostener lo que está por romperse. Julio Cortázar decía que los encuentros verdaderos suceden a deshora. Tal vez por eso ahora los abrazos se sienten así, fuera de tiempo, pero en el momento exacto, porque ya no buscamos calor sino coincidencia. Y quien abraza bien no te envuelve, te recoge.