Posibles

12.12.25


Se vive también en lo que ama, la única eternidad posible, porque la vida no se agota en el cuerpo que la lleva, ni en la suma incierta de días que nos permiten existir. Vivimos, sobre todo, en aquello que elegimos amar, en los gestos que dejamos en otros, en las palabras que se quedan resonando cuando ya no estamos, en la huella discreta que alguien recuerda sin saber por qué.

El amor, no el romántico sino el que sostiene, es la única forma de permanencia, el resto se erosiona, nombres, obras, méritos... Lo amado, en cambio, se vuelve casa ajena donde seguimos habitando sin saberlo. Esa es nuestra eternidad transitoria y suficiente, la de durar un poco más allá de nosotros en la vida de quienes tocamos.


1 apostillas:

Joselu dijo...

El texto que propones expresa con una hondura serena la idea de que la vida humana, aunque transitoria y condenada al desgaste, deja una resonancia perdurable en el amor, entendido no como pasión romántica, sino como vínculo que sostiene, eleva y da sentido. Desde la perspectiva de Mircea Eliade, esta reflexión puede ponerse en diálogo con su visión de lo "sagrado como dimensión ontológica permanente" en la existencia humana.

En la obra de Eliade, el ser humano no puede vivir plenamente en un mundo puramente profano: necesita reencontrar gestos, símbolos y actos que abran la realidad hacia lo sagrado, hacia una forma de "eternidad encarnada en lo cotidiano". Esa apertura, en el texto que citas, se manifiesta precisamente en el amor. Amar —dice el texto— es prolongar la vida más allá del límite biológico; es "manifestar lo sagrado en la presencia del otro", en la huella invisible que queda cuando uno ya no está.

Así como Eliade describía el 'hierofanía' —la irrupción de lo sagrado en un objeto, un acontecimiento o un gesto— como un modo en que el ser se revela más allá de su apariencia transitoria, este texto sugiere que el amor es una "hierofanía humana", un signo del misterio que atraviesa lo efímero. Lo amado se convierte en “casa ajena donde seguimos habitando sin saberlo”: la imagen tiene un poder eliadiano profundo, pues sintetiza la paradoja de una "presencia ausente", de una vida que continúa en otros sin pertenecerles del todo.

En este sentido, el autor del fragmento parece coincidir con la intuición central de Eliade: que el ser humano busca un modo de escapar al tiempo lineal, al desgaste, a la pura sucesión de días. Si para Eliade el rito, el mito o la experiencia simbólica devolvían al hombre una dimensión de eternidad, aquí lo hace el "amor como acto sagrado". Es la única forma de “durar un poco más allá de nosotros”, como diría Eliade, un modo de reafirmar que la existencia no es un accidente fugaz sino una "participación en lo eterno a través de lo humano".

En definitiva, el texto y el pensamiento de Eliade convergen en una misma postura espiritual: que el sentido de la vida no se halla en la duración material, sino en "la intensidad con que se participa de lo sagrado", expresado aquí como el amor que sostiene, que deja huella y que vence —aunque modestamente— al olvido.