Atestación

10.2.26


Si el mundo es como es, es porque sobre él pesan todos los conocimientos y todos los avances como la ciencia acumulada, la técnica o las conquistas de la razón. Pero pesan también, con igual terquedad, todas las necedades. La historia no progresa por sustitución, sino por superposición. Nada se borra del todo: lo nuevo se edifica sobre lo anterior y arrastra sus residuos. Por eso convivimos con logros prodigiosos y con torpezas primitivas, con lucidez y con superstición, con precisión y con ruido. El mundo no es solo lo que sabemos, es también lo que seguimos sin aprender.


Basurales

9.2.26


En la órbita terrestre gira una basura que no huele, pero amenaza con decenas de miles de objetos rastreados, con fragmentos que viajan tan rápido que un choque mínimo puede volverse catástrofe. La contaminación de arriba tiene nombre de presagio porque cuanto más se fragmenta, más probable es que se divida de nuevo. Abajo, en la Tierra, en cambio, los vertederos crecen con una paciencia monstruosa. El planeta genera millones de toneladas de residuos sólidos a diario. Pero existe otra basura —más insidiosa— propia del mundo actual y es la que se vierte en las redes. No ocupa espacio físico y, sin embargo, lo obstruye todo: la atención, la conversación, el criterio. Es un residuo de frases sin lectura, certezas sin prueba, indignaciones de usar y tirar. Y como todo vertedero, termina filtrándose, contaminando el conocimiento y empobreciendo el pensamiento crítico, poque si hay basuras que arruinan el paisaje, esta está arruinando la mente.


La paradoja numérica

8.2.26


Un hindú sentado en una piedra frente a un riachuelo pensó en el número cero y enloqueció. No fue un arrebato repentino, sino una comprensión lenta, como el agua que insiste. Al principio creyó haber encontrado el origen de todo, una cifra que no suma ni resta, pero permite que las demás existan.

Luego entendió que el cero no era un número, sino una frontera que al colocarse delante de cualquier cosa la multiplicaba, y al quedarse solo la anulaba y pensó entonces en sí mismo, en su nombre, en su vida, y se preguntó dónde se colocaba él respecto a ese vacío perfecto.

Cuando comprendió que bastaba un cero a la derecha para convertirlo en algo, y uno a la izquierda para devolverlo a la nada, dejó de pensar o quizá fue el pensamiento el que, por fin, se quedó sin él.


Despilfarro

7.2.26


Cuando todo está al alcance de la mano, el gesto de cuidar se vuelve innecesario y el de desperdiciar, automático. Acumulamos por si acaso, usamos sin mirar, tiramos sin culpa. La abundancia convierte los recursos en un paisaje de fondo y ahí aparecen inagotables y no exigen gratitud. Pero nada que se da por eterno lo es. Lo que sobra hoy es la escasez de mañana y el despilfarro es la forma que adopta la abundancia cuando ha olvidado el límite y por ello en la abundancia nos anestesiamos.


Patología temporal

6.2.26


Somos enfermos terminales del tiempo presente.



Cara B

5.2.26


¿Qué parte del progreso humano no tiene cara A y cara B? Como aquellos vinilos de 45 rpm donde por un lado sonaba la canción que queríamos repetir, mientras por el otro estaba ese otro tema que nada nos gustaba. Y con el progreso hacemos lo mismo ya que celebramos la melodía de lo nuevo y dejamos para después el ruido —inevitable, diferido— de sus consecuencias. Volvemos el disco solo cuando ya no nos queda otro remedio. Cada avance trae su entusiasmo y su factura. La velocidad promete libertad y nos roba paciencia; la comodidad alivia y adormece; la conexión acerca y dispersa. La cara A es luminosa y publicitaria: cura, acelera, conecta, simplifica. La cara B llega después, sin estribillo: dependencia, prisa, residuo, desigualdad, ruido. Nadie la pone en la radio, pero acaba sonando en la vida diaria. No hay progreso sin reverso. El problema no es que exista una cara B, sino creer que el progreso puede evitarla.


Memoria del cuidado

4.2.26


¿Sólo quien acepta lo frágil se vuelve capaz de sostener lo profundo?



La realidad clicada

3.2.26


La inmediatez es el atuendo diario del ser humano actual, el gesto que lo identifica con precisión. No hay calma ni espera y la paciencia se ha vuelto una excentricidad. Vivimos entrenados para que todo responda al instante y por eso el mundo se reduce a un botón y la vida a una sucesión de clics. Decidimos, elegimos y descartamos sin tiempo para que el deseo madure o el sentido aparezca. Cuando todo se obtiene al instante, nada termina de ocurrir.


Pestañeo

2.2.26


En un texto védico no revelado se dice que con cada parpadeo pasamos una página del libro de la memoria. No leemos, más bien somos leídos por el tiempo. Cada instante cae sin ruido y se archiva en un lugar al que rara vez regresamos conscientes de su pérdida. Por eso la fenomenología poética no explica el mundo, tan solo lo atiende. Observa cómo la experiencia se disuelve mientras sucede, cómo la conciencia se ensancha cuando acepta que nada permanece idéntico tras ser mirado. Ver es ya perder un poco y por ello vivimos pasando páginas sin saber el título del libro. Parpadear es recordar que estamos leyendo al revés.


La novela de su vida

1.2.26

Siempre me ha fascinado el tipo de escritor que empieza una novela como quien abre una ventana para ventilar y termina descubriendo —cuando ya es tarde— que ha abierto un boquete en el casco del barco. Ángel Salmerón pertenece a esa estirpe. Y no exagero. O sí, pero solo en la medida necesaria para que esto se parezca a la verdad.

Comenzó La vida posible una tarde de lluvia de esas que no salen en los telediarios, lluvia de interior, lluvia que no moja el abrigo pero sí el pensamiento. Escribía en una mesa pequeña, frente a una pared tan blanca que daba miedo, como si la pared fuera la verdadera página y él apenas un lector distraído. Le puso ‘provisional’ al título (yo siempre desconfío de lo momentaneidad, porque lo efímero es la forma que adopta lo definitivo mientras se ríe de nosotros). Estaba convencido de que los libros se terminan a tiempo, como las promesas decentes. No fue así, claro.

Al principio, Ángel escribía a ratos, sin proyecto, sin ambición, con esa pureza de los que todavía ignoran que escribir es una manera lenta de complicarse la vida. Anotaba detalles mínimos, cosas que cualquiera borraría de su memoria por inútiles como el polvo de canela cayendo sobre la manzana caliente, el cansancio de la luz a las seis de la tarde, palabras raras que le gustaban por su musicalidad —yo también tengo esa debilidad por las palabras que suenan a nombre de calle en una ciudad extranjera—. El protagonista era un hombre del montón. Y eso tranquilizaba a Ángel, porque nada da más paz que inventar alguien que no te delate.

El manuscrito creció despacio, pero creció, y aquí empieza la parte que suele malinterpretarse porque nadie cree que un texto crezca solo. La gente piensa que eso es una metáfora, una manera elegante de decir «me obsesioné». Y sin embargo, hay textos que adquieren una voluntad semejante a la de las plantas que sin pensar resultan invasoras. Ángel cerraba el cuaderno con la sensación de haberse dejado dentro una hebra de su existencia. Quiero decir que se sentía más ligero, pero no de alivio, sino de pérdida, igual que si el manuscrito se alimentara de él con la paciencia impecable de los parásitos educados.

A veces, al releer su historia, tenía la impresión de que el personaje caminaba un paso por delante de lo que escribía, abriendo puertas de un pasillo oscuro. Y, entonces, no lo miraba, y solo decía: ven. Me recuerda a aquella frase apócrifa que he leído en un libro inventado, Manual de puertas invisibles, de un tal O. R. Vázquez, que decía que «El narrador cree que guía a su personaje, cuando en realidad es el personaje quien lo guía hacia su narrador».

Una mañana, Ángel encontró un capítulo escrito que no recordaba haber redactado. No era un borrador, no era un intento, no era una nota perdida. Era un capítulo completo, limpio, con esa caligrafía suya que parecía pedir disculpas por ocupar espacio en el mundo. El protagonista desayunaba pan con aguacate y aceite con ajeo negro, salía al balcón, miraba la ciudad. Ángel lo leyó de pie, con una incomodidad inmediata y eso era exactamente lo que él había hecho el día anterior, hasta el detalle del aguacate y la manera de apoyar el codo en la barandilla.

«Coincidencia», pensó. La mente ama los espejos cuando tiene miedo y, sin embargo, si una coincidencia se repite, se transforma. Las repeticiones no son casualidad sino una forma discreta de amenaza.

Aquí debería decirse algo importante sobre las personas que escriben, como es el hecho de quien escribe se cree un ser excepcional, pero en el fondo es un supersticioso. Ángel empezó a vigilar su vida como se vigila un texto antes de enviarlo a la imprenta, buscando los errores y empezó a temer que la realidad cometiera erratas, e hizo lo natural entonces que fue intentar corregir.

Desde aquel día escribió con cautela, como quien camina por una habitación sabiendo que hay cristales en el suelo pero sin saber dónde están. Intentó desviarlo todo e inventarle al protagonista un trabajo que él nunca habría aceptado, un barrio distinto, una mujer distinta, una infancia distinta. La novela resistía. No resistía con violencia, sino con esa obstinación suave de lo inevitable. El manuscrito reclamaba continuidad como un animal antiguo que no se enfada, que no discute y que, simplemente, te sigue.

Y aquí ocurre lo que siempre ocurre cuando la literatura se vuelve peligrosa y se confunden los soportes. Ángel empezó a mezclar recuerdos con páginas, y páginas con evocaciones. Una tarde corrigió un episodio de la infancia del protagonista, con un perro perdido y un abuelo muerto en la guerra y, al día siguiente, dudó de su infancia. Buscó fotografías y llamó a una tía suya para preguntarle, y a un amigo de juventud. Y así el mundo, como un alumno dócil, iba confirmando siempre lo que escribía. En el álbum familiar apareció el perro y en una conversación casual alguien mencionó al abuelo con la exactitud de una nota al margen.

En otro libro inexistente, el Tratado breve sobre la memoria editable, de Lidia M. se puede leer que «El pasado no es lo que sucedió, sino lo último que quedó bien redactado». Ángel subrayó esa frase con violencia.

Dejó de dormir con descanso y se acostumbró a escuchar, en las paredes de su casa, ese silencio que no es vacío sino vigilancia, comenzando a temer el momento de abrir el cuaderno, no por lo que escribiría (ya que no se sentía autor) sino por lo que encontraría ya escrito.

Pasaron los años, y los años, cuando se pasan con un manuscrito, pasan de un modo especialmente cruel, ya que no envejeces tú, envejece tu paciencia. Y así la novela se convirtió en una segunda biografía, más exacta que la primera, y cuando Ángel puso el punto final, lo hizo con la solemnidad de quien firma una renuncia. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa, bajo la lámpara, pero no sintió alivio, más bien una ausencia leve como si en otra habitación hubieran apagado una luz donde alguien seguía despierto.

Esa noche soñó que caminaba por una biblioteca interminable donde los libros respiraban como animales dormidos, lo cual no es tan raro ya que a veces los libros respiran más que las personas. Y al despertar, el manuscrito estaba abierto por la primera página, la tinta olía a reciente, como si alguien hubiera entrado de madrugada con una naturalidad doméstica, con la tranquilidad de quien tiene llaves.

Entre el título y el comienzo, alguien había añadido una frase, escrita con un trazo firme, sin duda, sin temblor: Ahora ya puede vivir tranquilo. Yo me encargo de recordarlo todo. Ángel intentó releerla, como si releer pudiera deshacer y Volvió a pasar los ojos por la portada buscando su nombre, con esa desesperación infantil de quien se busca en el espejo después de una fiebre larga, pero no lo halló. Solo vio el título, más negro que antes, como si lo hubieran escrito con la sombra de alguien.

Y entonces comprendió, con una claridad fría y sin dramatismo, que el libro no había sido la historia de un hombre, sino el lugar donde el hombre había sido reemplazado por su relato. No un relato cualquiera sino uno que no necesitaba ya a su dueño, porque hay novelas que se escriben para sobrevivir, y hay otras, más peligrosas y más perfectas, que cuando terminan ya no te dejan sitio para vivir.



Apocalipsis

31.1.26


El mundo se ha acabado tantas veces que una más ya no importa.



De frente

30.1.26


A las cosas nuevas hay que enfrentarse con curiosidad y amor al conocimiento. No desde el prejuicio ni desde el miedo, sino desde la disposición a aprender. Así ocurre también con la inteligencia artificial que no conviene abordarla con complejos ni con alarmas heredadas. Toda novedad incomoda porque obliga a pensar de nuevo. Pero rechazar lo que no entendemos no nos protege sino que nos empobrece. La pregunta es siempre más fértil que la negación. Más que temer, al futuro hay que estudiarlo.


Arcanos

29.1.26


La mayor ideología es pensar una idea.



Lo necesario

28.1.26


La gente necesita pan, cariño y metáforas para afrontar la vida. El pan sostiene el cuerpo; el cariño, la fragilidad cotidiana; las metáforas, aquello que no sabemos nombrar de otro modo. Sin ellas, la realidad se vuelve áspera y literal, demasiado dura para ser habitada sin daño. No son los grandes gestos los que mantienen el mundo en pie, sino los actos mínimos: quien comparte el pan, quien ofrece afecto sin pedirlo, quien dice una palabra que ilumina lo oscuro. Como escribió Jorge Luis Borges, «esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».



Sin justificación

27.1.26


Una frase atribuida a Bruce Lee señala que «Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque seas vegetariano». Por eso, no es probable que actuar bien tenga siempre recompensa. La vida no funciona como un sistema de premios diferidos ni como una contabilidad moral. A menudo, el bien pasa inadvertido, no deja rastro, no obtiene reconocimiento alguno. Hacer lo correcto no garantiza éxito, ni protección, ni gratitud. A veces solo deja una sensación mínima, casi imperceptible de no haberse traicionado. Quizá esa sea la única ganancia posible. Ni un aplauso, ni una promesa futura, tan solo el leve alivio de una conciencia que no necesita justificarse.


Resurgires

26.1.26


El dolor es un hundimiento de donde se emerge más fuerte.



El lazarillo

25.1.26


La ceguera le llegó al escritor sin hacer ruido, como llegan las cosas importantes. Para no dejar su historia a medias buscó un lazarillo que le prestara los ojos y la paciencia. Al principio tropezaban pero con el tiempo aprendieron a caminar al mismo paso. El escritor seguía narrando y el lazarillo escribía, pero a veces añadía una palabra que no estaba dictada, una frase que parecía suya. El escritor no protestaba: también sus personajes empezaban a desviarse. Así fueron creciendo dos historias. En una, un hombre perdía la vista y encontraba compañía. En la otra, un muchacho descubría que escribir era otra forma de mirar. Y como vivían juntos, las palabras se mezclaban y los personajes cruzaban de un cuento a otro sin pedir permiso. Cuando el libro terminó, ninguno supo decir quién lo había escrito del todo ni quien sabría leerlo.


Propiedad enajenada

24.1.26


Tener un mundo propio es tener la garantía de que algo nos pertenece.



Héroes cercanos

23.1.26


Me gustan los héroes cotidianos. No los que ocupan titulares ni los que necesitan testigos, sino quienes trabajan a diario por mejorar un poco el mundo, sin uniforme ni épica, sin poses para la posteridad, sin esperar recompensa. Con gesto discreto, casi invisible pero eficaz, cuidan, reparan, acompañan y aguantan y hacen lo que hay que hacer cuando nadie mira, porque quizá la verdadera heroicidad consista en mejorar el mundo sin reclamarlo como mérito, pasar por él dejando menos ruido que huella. Como escribiera Borges en uno de sus versos: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».


Microcosmos

22.1.26


Somos, en sí, un microcosmos de todas las personas. En cada uno habitan voces ajenas, gestos heredados, miedos aprendidos y deseos prestados. No somos una identidad pura, sino una suma inestable de encuentros. Lo que llamamos yo es un archivo vivo donde conviven quienes nos cuidaron, quienes nos hirieron y quienes apenas nos rozaron. Creemos ser singulares, pero estamos hechos de multitud de otros. Ser uno es albergar a muchos.