Nominaciones

2.4.26


Existen épocas en que las palabras enferman. Siguen ahí, disponibles, pero ya no alcanzan a nombrar con precisión lo que sucede. El miedo las vuelve imprecisas; la agonía, solemnes; la costumbre, inútiles. Entonces el mundo ocurre más rápido que el lenguaje, y la conciencia siente que habita una intemperie: ve, padece, presiente, pero no consigue decir. Quizá por eso escribir no sea solo ordenar signos, sino llamar de nuevo a las palabras, como quien convoca a unas antiguas guardianas del sentido. Se las espera no para adornar la realidad, sino para volverla legible, habitable, pensable. Toda época de confusión es también una crisis de nombrar. Y, sin embargo, aún de las palabras exhaustas puede nacer una luz. Basta que una sola recobre su exactitud para que el pensamiento deje de ser ruina y vuelva a parecerse a un territorio común. A esa patria anterior del sentido, a esa Pangea del pensamiento, seguimos llamando cada vez que escribimos.


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