El escritor en bata

9.4.26


He conocido a bastantes escritores encerrados en sí mismos, en sus libros, en sus cánones y en sus círculos literarios. Viven lejos de la realidad, aunque hablen sin cesar de ella. Confunden la vida literaria con la vida, la conversación entre colegas con el mundo, y el reconocimiento de su pequeño ámbito con alguna forma de relevancia. La bata, en ellos, no es una prenda, es una actitud.

Ese modelo de escritor suele producir una literatura correcta, a veces incluso brillante, pero rara vez necesaria. Son textos bien construidos, informados, culturalmente solventes, pero a menudo desprovistos de experiencia verdadera. Hay en ellos oficio, pero no siempre hay vida. Y sin vida, la escritura acaba siendo una variante elegante de la repetición.

El problema no es el retiro, ni la lectura, ni la disciplina. El problema empieza cuando el escritor convierte su encierro en una coartada y su rutina en un prestigio. Entonces deja de mirar el mundo y empieza a mirarse escribiendo. La literatura se vuelve autorreferencial, cortesana, satisfecha de sus propias señales de inteligencia. Pierde roce con lo real y, con ello, pierde también capacidad de conmover, de incomodar o de revelar.

Conviene recordar algo elemental y es que la escritura no se sostiene solo en la biblioteca. Se sostiene, sobre todo, en la experiencia. En la contradicción, en el fracaso, en el deseo, en el daño, en la intemperie. No se escribe para confirmar una identidad literaria, sino para someterla a prueba. Por eso los textos que de verdad importan no son los más cultivados ni los más ornamentados, sino los que han pasado por la vida antes de pasar por la página.

En literatura, la bata puede ser cómoda, pero casi nunca fecunda. A la larga, el escritor que no sale de sí mismo termina escribiendo siempre el mismo libro: el de su clausura.


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