Cuando especulamos sobre el final de la vida defendemos una solución rápida a cualquier otra opción. El escritor estadounidense Ambrose Bierce, antes de partir a Méjico en 1913 y ya septuagenario, explicaba en una carta enviada a sus familiares cuál era su elección vital: «Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mejicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en Méjico, ¡ah, eso sí es eutanasia!».