Artes

17.10.19



Al pasar por un estudio de pintura el cuadro que exponía su interior me detuvo. Obras a medio acabar, manchas de color, esbozos a carboncillo, modelos en escayola de la mutilada Venus de Milo, y un niño con su bata blanca vivificando un paisaje sobre el lienzo. 

De repente me invadió una emoción semejante a la que con doce años se apoderó de mí al lograr mis primeras creaciones en barro o en papel, tras ingresar en la Escuela de Artes. Fueron años donde compatibilicé el gusto por el arte con los estudios de Bachillerato, alimentando la observación del color y las formas del mundo, cultivando la imaginación, delineando ideas sobre las mesas de dibujo, modelando mi mente. 

En ese proceso hubo una renuncia a la que me forzaron mis padres, la de apuntarme a un equipo de fútbol como la mayoría de mis amigos. Tras la Universidad volví a jugar con ellos al balón y a disfrutar de muchas tardes de sábado en amistad, en plenitud física y en gozo lúdico. 

Ahora, en esta sociedad vigoréxica e híper competitiva, lo normal es federar a los niños desde pequeños en algún deporte de competición, abandonando cualquier cultivo de la sensibilidad y gusto por disciplinas artísticas, lo cual pinta un cuadro demoledor.



1 apostillas:

Juan Poz dijo...

La impresión no se compadece con el sedentarismo de las nuevas generaciones, que van abandonando el cultivo tradicional de los deportes, y ahí están los índices crecientes de sobrepeso y aun obesidad. No son incompatibles, el ate y el deporte, como bien lo sabemos quienes habitualmente practicamos ambos.