Manolito

4.12.09



Alan Turing imaginó a mitad del pasado siglo que la máquinas llegarían a pensar por sí mismas. Mi curiosa inocencia me hacía detenerme, cada tarde al salir del colegio, frente al escaparate de la tienda de tejidos. Miraba a Manolito, un maniquí articulado que movía los brazos y la boca, y no salía de mi asombro mientras pensaba en su alma de autómata. La inocencia es una puerta a la imaginación con la que hemos llegado a escuchar el pensamiento de las máquinas.

6 apostillas:

Caracol Tigre dijo...

proyectamos nuestra alma en ellos, no se si es el deseo humano de no estar en soledad... De saberse una especie sola en este universo.

Joselu dijo...

Y no sé por qué me parece que los objetos antiguos tenían más alma que los modernos y tecnológicos que ahora utilizamos. Duraban años y años y se reparaban y ocupaban un lugar en nuestras vidas, quizás de eso a infundirles cierta vida, no haya tanta diferencia.

María dijo...

La inocencia, es la parte del ser humano, que tristemente perdemos, en el camino que recorremos cuando nos convertirnos en adultos autómatas.
De cuyos circuitos progarmados, sólo nos escapamos, con la imaginación.

Besos.

Antero dijo...

... como lágrimas en la lluvia

Un fuerte abrazo.

Alejandro Kreiner dijo...

Hay seres humanos que quieren más a las máquinas que a sus semejantes.

Saludos.

Juan Navarro dijo...

¿Y qué era pensar para Alan Turing? ¿Encadenar premisas hasta un resultado final, mediante silogismos, por ejemplo? Eso lo hace una calculadora y un ordenador. Pero no es lo que tú entendías por pensar mirando a Manolito. Pensar es una forma de construirse y construir el mundo, de inventarse, y eso no creo que pudiera hacerlo Manolito.