Uno de los hitos de mi infancia fue aprender a nadar. Aquella emoción de adentrarme en el mar sin flotador permanece inalterable. No hacer pie y nadar.
Igual ocurre con la conciencia humana que, desprendida de ese chaleco salvavidas de misticidades y moralinas, se aventura a nadar en la nada de la existencia hasta disolverse en ella.