El viejo maestro

13.12.20



El cadáver se incorporó del féretro donde había sido alojado y con voz grave, ante la mirada de asombro de quienes asistían al velatorio, les dijo: 

«No os asustéis, sigo muerto. Solo he vuelto un momento para escribir mi obituario. No me fío para nada de los plumillas que están en esta sala fingiendo que me conocían a fondo y le importaba lo que hacía. Cuando mi cuerpo esté acartonado y os disputéis el mérito de contar lo que conmigo habéis compartido os citaré el Eclesiastés: ¡Oh vanidad de vanidades, todo es vanidad! Porque fui un vanidoso y no honesto conmigo y por ello busqué fama y adulación, allí donde los mediocres me esperaban para pasarme la mano por el lomo y obtener rédito social, porque por cada paso dado hice de mi vida un acontecimiento llamativo y sonoro, un permanente reclamo de reverencias, mientras os miraba como culebreabais entre mis pies. ¡Moscas empalagosas, ni una letra escribáis sobre mí!». 

Dicho lo cual, el muerto murió de nuevo, tan petimetre como siempre y sin despeinarse.



3 apostillas:

Albada Dos dijo...

Nada mejor que escribir uno mismo, ¿eh?

Muy bueno. Un abrazo

Juan Poz dijo...

Una variante comercial del asunto:
https://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com/2013/06/despedirse-en-vida.html

De ahí: "organizar el propio funeral en vida es una de las mejores oportunidades para despedirse con decoro, elegancia, imaginación y estilo".

Joselu dijo...

Cuando uno muere, deja de ser dueño ya de su memoria por un lado y, por otro, no hay nada que le interese menos ya que su funeral.