Diversiones

1.4.26


El entretenimiento ha dejado de ser descanso para convertirse en asedio. Sobre la conciencia cae, a toda hora, una lluvia incesante de estímulos, imágenes, músicas, chistes, historias mínimas y euforias prefabricadas. Todo reclama atención, todo exige un gesto, una reacción, un segundo de mirada. Pero allí donde todo deslumbra, nada ilumina. El alma, acostumbrada al sobresalto continuo, termina por no sorprenderse de nada. Y cuando el asombro se erosiona, el mundo pierde espesor. Ya no hay revelación en las cosas pequeñas, ni temblor ante lo bello, ni pausa ante lo verdadero. La vida sigue, sí, pero como una superficie lisa, sin hondura, sin misterio, sin relámpago. Entonces la rutina no nace de la pobreza del mundo, sino del cansancio de una sensibilidad saturada. No empobrece la vida la falta de estímulos, sino el exceso que mata el asombro.