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Sin medida ajena

19.3.26


La competencia nace cuando la vida se vuelve un escaparate. Entonces dejamos de mirarnos por dentro y empezamos a calcularnos con la vara de otros. Pero ninguna biografía es conmensurable: no hay dos trayectorias que compartan punto de partida, herencias, heridas ni estaciones de descanso. Compararse es aceptar una aritmética falsa. No hay que demostrar nada porque lo esencial no tiene público. Crecer no es adelantar a nadie, sino ensanchar el propio límite, llegar hoy un poco más lejos de donde ayer nos detuvimos. La única versión que importa no es la mejor ante los demás, sino la más fiel a lo que podemos ser sin traicionarnos. Las comparaciones sesgadas producen victorias vacías y derrotas injustas. Nos obligan a competir en carreras que no elegimos y por premios que no necesitamos. De ese ruido sólo se sale volviendo a la medida interior, a ese ritmo propio que no entiende de podios porque la plenitud no se alcanza cuando superamos a otros, sino cuando dejamos de necesitarlos como referencia.



Competencia insana

20.3.21



Señala Pablo Lipnizky: «Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y la competencia es el principio de cualquier guerra», o de cualquier disputa que nos enfrenta. Por eso prefiero participar sin competir a competir contra el otro y evitar las consecuencias frustrantes de la derrota. La única competición sana es la superación propia.