Espíritu maligno
5.4.26
El bebé lloró toda la noche de hambre y murió al amanecer. A Munashe, una joven mujer zimbabuense, el llanto se le quedó dentro y enloqueció. No gritó. El silencio fue peor. Al principio, la gente dijo que era el duelo, que el dolor a veces se esconde en lugares extraños. Pero pronto comenzaron a oírlo también: un gemido leve, como de criatura, saliendo de su pecho cuando respiraba. Munashe se golpeaba el vientre vacío.
—No se ha ido —susurraba—. Se ha quedado.
Los ancianos hablaron de un espíritu maligno, de algo que no acepta la pérdida y se alimenta de ella. Encendieron hierbas, trazaron círculos, pronunciaron nombres antiguos. El llanto no cesó. Con el tiempo, el pueblo aprendió a convivir con aquel sonido. Las noches se volvieron más cortas. Nadie dormía del todo. Hasta que un día, sin aviso, el llanto cambió. Ya no pedía. Llamaba. Y uno a uno, los recién nacidos comenzaron a despertar a la misma hora, con los ojos abiertos en la oscuridad, como si alguien, desde dentro de otro cuerpo, los estuviera nombrando.
Etiquetas: cuentos de domingo, cuentos diminutos
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